Pocas, poquísisimas veces quienes amamos la buena literatura nos hayamos en la feliz tesitura de decir que estamos de enhorabuena por la aparición de un libro.
Ahora la editorial barcelonesa Belacqua acaba de publicar una de esas obras mayores que por sí mismas justifican la existencia de un sello. Me refiero a la primera parte de un vasto frasco narrativo llamado «Ciudades de sal», de Abderraman Munif, considerado el más grande de entre los novelistas en lengua árabe.
En efecto, «Ciudades de sal» es una pentalogía de varias miles de páginas, y recientemente se ha publicado su primera parte.Impecablemente editada, con una traducción excelente -dicen los expertos-, «Ciudades de sal» es una de esas novelas-joya con las que nuestros sentidos gozan cada mucho tiempo, demasiado.
También, aunque dado el estado de lamentable barbecho en el que se encuentra esa buena literatura a la que aludía antes, «Ciudades de sal» constituye una oportunidad para que Barcelona, como capital del mundo editorial español -cosa que fue en los años 70 y hasta en los 80-, vuelva a competir en buena lid con Madrid. Porque recuerdo a los lectores que el público ha acabado inclinándose a creer que «Sombras del viento» y «Catedrales del mar», son las novelas barcelonesas por antonomasia, algo que si bien sería cierto puesto que tales libros versan sobre la ciudad, no puede decirse lo propio respecto a que la representen.«Ciudades de sal», en ese sentido, no reúne los requisitos para convertirse en un fenómeno de ventas (gracias al cielo y lo siento por sus osados editores) pero sí para ser sin duda uno de los libros ya no sólo del año, sino posiblemente de la década.
La buena literatura es aquella que se cuece en las altas regiones del espíritu, y lo hace a fuego lento, superando modas y clichés comerciales. Esa literatura, atemporal e inmemorial, en el fondo carece de patria y se escribe en un lenguaje unívoco y universal.Explora territorios innotos y nos abre puertas de percepciones que creíamos olvidadas.
Nos hace comprender mundos ajenos y complejos, pero explicándonos, de paso, más de nosotros mismos. En dicho sentido Abderraman Munif es un clásico de primer orden, y no se me antoja baladí parangonar a este autor árabe con Marcel Proust y su también voluminosa «A la recherche du temps perdu», titánico esfuerzo por ahondar en la conciencia de toda una civilización.
Acaso sean Hermann Broch y Musil, quienes, junto a Proust, mejor encarnan ese ideal. Munif nos abre la puerta secreta al universo de la civilización árabe, no sólo por su metáfora del desierto sino por el modo en el que ahonda en el sentir de sus gentes.
Es un clásico, y por ello si dentro de varios siglos queremos entender qué eran los árabes, cómo sentían, qué configuraba el núcleo de su pensamiento, mucho me temo que habrá que recurrir a la minuciosa lectura de «Ciudades de sal». Es lo que tiene la gran literatura, la única, la de verdad.
© Mundinteractivos, S.A.

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