Algo más de 30 años, casi recién llegado a la metrópoli, tiene mi primer recuerdo de Bertolt Brecht en un escenario comercial madrileño: el Teatro Lara. José Luis Gómez puso en escena La resistible ascensión de Arturo Ui y los guerrilleros de Cristo Rey organizaron expediciones de castigo contra el Lara. Bertolt Brecht se presentaba así como una amenaza a los valores eternos de una España crepuscularmente franquista. Esta violenta persecución dio al autor alemán una aureola de malditismo que acreció su bien ganada fama de antinazi. El conocimiento hasta entonces de Brecht era más teórico que práctico.
Los primeros encuentros con Brecht resultaban imposibles: política y teatralmente. Era una visión de la vida negadora del asfixiante clima de la dictadura. Teatralmente, suponía una dramaturgia también antagónica con lo que se llevaba entonces. Lo primero que se necesitaba era un actor nuevo, lejos de la grandilocuencia retórica y lejos también del naturalismo de Stanislavsky, tan en boga. Quizá por eso, posteriores representaciones de Brecht han resultado insuficientes, animadas más por una conciencia militante de izquierdas que por el verdadero conocimiento de su obra teórica. Y de su teatro.
La sospecha de que lo mejor de Brecht podía ser su condición de poeta y de luchador era una heterodoxia minoritaria que no ayudaba a transitar por las trincheras del teatro de resistencia. Brecht resultaba intocable e indiscutible y, sin embargo, era su significado político lo que más se resaltaba. Lo cual, sin una técnica adecuada, acababa devaluando el mensaje.
Cincuenta años después de su muerte, la significación de Brecht se ha engrandecido y, sobre todo, se ha aclarado. La teoría de la distanciación no supone ya el acartonamiento frío y sin alma de los actores; y la aceptación crítica de sus teorías acaso no sea ya la muerte del drama por inoperante. Su teatro épico y didáctico, y su marxismo, fueron simplificados hasta límites esterilizantes. Los problemas en torno a Brecht han surgido especialmente por un intento vano de aplicar su teoría a su teatro.
No digo que sea un imposible, mas conlleva ciertas dificultades. No es del todo cierto que Bertolt Brecht pretendiera el exterminio de la sentimentalidad en beneficio de la razón. Y no lo es porque ambos movimientos del espíritu no son necesariamente contradictorios; su aplicación canónica es lo que ha producido esa sensación de insoportable pesadez que ha marcado muchas veces la presencia de Brecht en los escenarios españoles.
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