La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

24 Octubre 2006

La campaña electoral la ha ganado Ferreres, de Ivan Tubau en El Mundo de Cataluña

Al Perich le disgustaba ser llamado humorista. Argüía que así llamaban a los graciosos de la tele. Él, cabreado pertinaz, no quería ser gracioso: «Lo gracioso es lo contrario del humor», sentenciaba.

Dado que soy ateo como lo era él, puedo polemizar impunente con el Perich (que así firmaba). Cuando los políticos con nombre y cara protagonizan el humor gráfico de actualidad -que es ya casi el único existente-, se hace difícil separar al gracioso del humorista. El gracioso de la tele es con frecuencia caricato porque imita a los políticos reales; el dibujante de humor se ve obligado a ser caricaturista (algunos lo consiguen a duras penas y mediante trucos diversos) porque si el lector no reconoce a los personajes famosos que protagonizan los chistes, apaga y vámonos.

Personajes he dicho, sí, porque el lector o telespectador solo ve a los personajes públicos. En estos momentos, en Cataluña, mayormente y hasta en la sopa Mas, Montilla, Carod, Piqué y Saura (nadie ha osado aún hincarle el lápiz al ciudadano Albert Rivera).Pero un caricaturista, para no ser un pintamonas vulgar, debe saber descubrir a la persona -máscara a su vez como sabe cualquier latinista- que se esconde detrás del personaje: força difícil tot plegat. Y ahí, en ese concurso en principio cuatrienal de caricaturas que son las elecciones al Parlamento regional catalán, el vencedor es Ferreres.

En España hay humoristas gráficos que son a la vez excelentes caricaturistas. Pero hoy solo me ocupo de los que ejercen en la prensa diaria de Cataluña. Entre los sintéticos -«un seis y un cuatro aquí tienes tu retrato»- la palma se la lleva Toni con su tira en La Vanguardia. Entre los digamos clásicos (que dibujan como los grandes de la caricatura decimonónica, y esto no es para nada peyorativo) dicho ha quedado que la primacía es de Ferreres. A él no le hace falta -como a otros-) que el maletín de Mas diga «Mas», ni poner sobre la mesa de Montilla el cartelito «Montilla»: el lector ve sin lugar a dudas que son Mas y Montilla.

Ferreres sabe -lo sabían ya el siglo pasado los maestros Ras y Del Arco- que la esencia del personaje no reside en detalles accesorios y facilones (orejas enormes, narizota) como creen los pésimos caricaturistas rambleros, sino en la expresión: en el modo de mirar y sobre todo en las comisuras de la boca, en los pliegues que se forman entre nariz y labios. Ahí está lo que uno es.

Pero Ferreres no es Loredano, que clava al personaje y santas pascuas. Ferreres además fabrica chistes. Sin un socio que le dé ideas -como Gallego a Rey-, para ser buen humorista tiene que disponer o bien de un talante educado y gélido (véase al respecto la autobiografía de Llàtzer Moix titulada «Mundo Mendoza») o bien de muy mala leche. Desde la discrepancia (no comparto ni su antijudaísmo obsesivo ni su catalanismo xenófobo, del mismo modo que abomino el nazismo de Céline, enorme escritor), me quito el sombrero del alma ante la espléndida y lúcida mala uva de Ferreres, que le ha permitido ganar ya esta campaña electoral.

© Mundinteractivos, S.A.

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