La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

24 Octubre 2006

Fe de erratas, de Oriol Izquierdo en La Vanguardia

UNA NUEVA TEMPORADA LÍRICA Los presupuestos

Me viene a las manos un libro reeditado tiempo atrás, y me sorprende descubrir, entre las últimas hojas impresas, una fe de erratas a la primera edición. ¿Cuántos libros hace que no veía algo similar? Antes no era extraño encontrar, entre las primeras páginas del libro recién editado, una hoja suelta con una relación de enmiendas que el propio lector podía efectuar. O incluso, como digo, la fe de erratas impresa, formando parte del libro mismo, testificando la perfectibilidad siempre inacabada de los procesos humanos, o lo que es igual, que en las tareas editoriales los errores son inevitables. Ahora, en cambio, una fe de erratas más bien parecería afear la actividad de autor, editor y cuantos profesionales intervienen o debieran intervenir en el proceso que culmina en ese objeto aún preciado.

Uno de los efectos de la incorporación de las herramientas informáticas al circuito editorial ha sido facilitar la introducción de correcciones en los textos cada vez que cabía la posibilidad de reimprimirlos. Y nos felicitamos por ello. Pero tal vez lo que hemos ganado en apariencia de pulcritud lo estamos perdiendo por otro lado. Alguien puede pensar que una fe de erratas, especialmente cuando era una hoja suelta incluso mecanografiada e inserta entre las páginas del libro acabado, es por naturaleza algo cutre. Y no le falta razón.

Pero esa hoja era también la constatación de que aquel libro contenía por lo menos la posibilidad del error. Y podía ser vista, pues, como una invitación, si no a la desconfianza del lector, por lo menos a mantener abierto su ojo crítico.

Hoy casi han desaparecido las fes de erratas. ¿Tal vez porque se edite mejor que nunca? No lo creo. Más bien porque admitir la posibilidad de equivocarse parece debilitarnos. Seguro que el editor espera que nadie llegará a percatarse de los errores, si los hubiere. O, a lo sumo, que siempre tendrá tiempo, cuando el mercado lo precise, de lanzar una nueva edición corregida sin apenas coste de corrección. Antes, en los ya lejanos tiempos del plomo, modificar una sola palabra conllevaba volver a montar la línea carácter por carácter, retirándola físicamente de la página y colocándola luego otra vez allí. Vaya, que era más fácil con ello introducir nuevos errores que culminar con éxito la operación. Luego, ese proceso se ha ido simplificando hasta el presente, y ahora el paso del texto desde la pantalla del ordenador hasta la página impresa es dulce, es casi automático.

Vivimos ya bajo el modelo de la transmisión on line de datos, que permite actualizar la información que aparece en las pantallas al momento. A medida que conocemos los hechos podemos ir reescribiendo los textos. Y el imperativo de lo instantáneo, como un valor fuera de discusión, nos empuja a lanzarlos al exterior ya sin revisarlos. Erratas, errores e imprecisiones serán detectados y alterados sobre la marcha. Y sin ni avisar de que lo hacemos.

El lector de blogs y de periódicos electrónicos ya se va acostumbrando a ello: cuando algo le llama la atención, corre a salvarlo en su disco duro o lo imprime al momento. Regresar allí después puede ser tarde. Porque el mundo de la textualidad virtual tiene estas cosas: donde ayer leímos blanco hoy aparece un matiz gris. O la nada. Ya no estaremos nunca seguros de lo que leímos. Aunque también cabe la opción de olvidarse de la memoria y leerlo todo de nuevo siempre sólo ahora. Sin tiempo de reconocer los errores. Ni miedo de cometerlos.

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