La Coctelera

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23 Octubre 2006

Premio para el control de los genes, de Pere Puigdomènech en El Periódico

Los premios Nobel de Medicina y Fisiología y de Química del 2006 han premiado trabajos dirigidos a entender un mismo proceso: cómo se regulan los genes, una de las cuestiones clave que necesitamos saber si queremos entender cómo funcionan los seres vivos. En el caso de Química, se premia la resolución a nivel atómico de la maquinaria que pone en marcha los genes, un mecanismo conocido desde hace decenas de años, mientras que en el otro se premia una de las mayores sorpresas que la Biología Molecular ha tenido en los últimos 10 años. Como ocurre a menudo, aparte del indiscutible interés y la calidad del trabajo de los premiados, se crea una cierta sensación de injusticia hacia quienes no han sido premiados. Y se perpetúa también la sensación de impotencia que tenemos desde Europa ante la enorme calidad de la ciencia de EEUU y de sus centros punteros que, si seguimos como hasta ahora, van a continuar siendo imbatibles.

SI QUEREMOS entender cómo funcionan los organismos vivos tenemos que entender cómo se regulan los genes. Basta considerar que, con pequeñas diferencias, el ADN de un individuo es el mismo en todas las células del organismo, que en la especie humana se cuentan por billones. Pero no hay dos células idénticas en el cuerpo. Por tanto, tan importante es el mensaje genético como la manera cómo este se expresa de forma selectiva en cada célula o en cada momento de la vida. Desde los años 60 se sabe que este proceso, que llamamos transcripción, pasa por un intermediario que transporta la información de los genes que la célula necesita en cada momento y que tiene la forma química de RNA (el RNA mensajero o mRNA). El Nobel de Química ha sido concedido a Roger Kornberg por haber resuelto la estructura de la maquinaria que copia los genes para producir mRNA. Es una cuestión clásica en la biología moderna, pero que ha requerido un trabajo complejísimo de más de 10 años. Ahora tenemos la visión fascinante, átomo a átomo, de la estructura de este enorme complejo de una docena de proteínas que se une al ADN de un gen y lo copia produciendo un mRNA que permitirá que aparezca la actividad codificada por el gen y que la célula requiere en un momento preciso.

Sin embargo, la regulación de la transcripción no es el único sistema que tiene la célula para controlar la expresión de los genes. El Nobel concedido a Andrew Fire y Craig Mello lo demuestra. Trabajando en uno de los sistemas modelo que tiene la Biología, un gusano del que se conoce todo su genoma y todas sus células, se dieron cuenta de que el mRNA puede ser destruido en la célula por un proceso desconocido hasta el momento y que se ha demostrado que afecta a un 30% de los genes. Este sistema utiliza unos RNAs pequeños que sirven para identificar el mRNA que hay que destruir interfiriendo así en la expresión del gen. Se ha demostrado que este sistema se usa para proteger a la célula de la invasión por virus y, por tanto, las implicaciones médicas son muy claras. Este mecanismo era desconocido y su novedad e interés explican la velocidad con la que el Nobel ha recaído en sus descubridores solo ocho años después de su publicación.

Tras la concesión de un premio, queda la sensación de que no se ha hecho toda la justicia que se podía, algo que suele ocurrir cuando hay que escoger entre una lista de excelentes candidatos. No sería difícil encontrar investigadores que han contribuido tanto o más que Kornberg al estudio del control de la expresión de los genes. Pero a muchos nos duele que no se haya reconocido que el descubrimiento de la interferencia de RNA fue descrito un par de años antes en plantas que en el gusano. Desde los tiempos de Mendel, los sistemas vegetales han sido el origen de grandes descubrimientos en Biología. Estudiando cómo las plantas se defienden de los virus y cómo silencian genes que se introducen en ellas, se descubrió el mismo mecanismo de interferencia. Que sea el Instituto Karolinska de Estocolmo, gran centro de investigación biomédica, el que propone a los premiados y que el número de estos es limitado, puede explicar que no se hayan reconocido los trabajos en plantas.

FINALMENTE, hay que insistir en el continuo goteo de premios Nobel que van a parar a un número reducido de instituciones norteamericanas. En este caso se trata de la Universidad de Standford en California y el MIT en Boston. Podemos considerar el caso de Roger Kornberg, hijo de premio Nobel, que creció en un entorno de intensa reflexión científica. En algún momento se habló de él como un privilegiado al que se le hacían muchos favores. El trabajo imaginativo y metódico durante más de 10 años que le ha llevado al trabajo premiado desmiente esta impresión. En cualquier caso, sí han tenido los tres galardonados el privilegio de estar rodeados de un ambiente que aprecia y estimula la creatividad y el trabajo a largo plazo. Centrar esfuerzos en instituciones que suministren a los jóvenes científicos el entorno humano, de instalaciones y de sistemas de financiación adecuados y que entiendan las necesidades de la ciencia creativa y a largo plazo es un reto que tenemos que afrontar en Europa. Si no lo hacemos, la ciencia puntera se seguirá haciendo en la otra orilla del Atlántico.

Pere Puigdomènech, director del Laboratori de Genètica Molecular Vegetal CSIC-IRTA.

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