La Coctelera

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23 Octubre 2006

Europa no debe olvidar a América Latina, de Miriam Gidrón en Expansión

Con la excepción de España, la opinión pública europea presta cada vez menos atención a lo que ocurre al otro lado del Atlántico. Latinoamérica se ha vuelto “irrelevante” respecto a Asia o Europa del Este, lamenta el secretario general iberoamericano, Enrique Iglesias.

Latinoamérica podría convertirse en el subcontinente olvidado. La pujanza de las economías del Sudeste asiático y la ampliación de la Unión Europea (UE) hacia el Este están desviando la mirada en dirección contraria al Atlántico. El secretario general iberoamericano, Enrique Iglesias, reconoce que “América Latina ya no está en las candilejas de la opinión pública europea, excepto en España. La región ha dejado de atraer la atención, menos cuando se producen focos de preocupaciones puntuales en ciertos países”. “Es importante recordar que, felizmente, la reciente cumbre euro-latinoamericana de Viena ha contribuido a recordar en Europa que América Latina existe”., explica el secretario general durante una reunión del Consejo Editorial de EXPANSIÓN y Actualidad Económica.

El representante de los 22 países que conforman la comunidad iberoamericana, incluidos España y Portugal, achaca el desapego del Viejo Continente a la emergencia de otros mercados más atractivos o cercanos, como los antiguos regímenes soviéticos. “Nunca hubiéramos pensado que el Este europeo iba a ser un gran competidor, junto al Sudeste asiático”, señala Iglesias. El resultado es que “América Latina pierde relevancia” y muestra de ello es el fracaso de las reuniones para firmar un acuerdo de asociación entre la UE y Mercosur. “En Bruselas están cansados de negociar y en Mercosur también”, asegura el anterior presidente de Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

En la misma línea, Miguel Ángel Belloso, vicepresidente del Consejo Editorial de EXPANSIÓN y Actualidad Económica, considera que la inestabilidad permanente de estos países produce un cierto “cansancio intelectual en Europa”. Salta a la vista que el esfuerzo de los últimos años por mantener el equilibrio en las cuentas públicas ha reportado crecimiento. Sin embargo, el buen desempeño económico latinoamericano no parece suficiente: América Latina es la región del mundo que menos crece, incluso por detrás de África.

Para más inri, la zona está viviendo la vuelta de los movimientos populistas –aquellos que buscan el apoyo público con promesas difíciles de cumplir– con una novedad: la llegada al poder de líderes indigenistas. “Este foro es la respuesta a la etapa anterior al Consenso de Washington –teoría de los años noventa que implantó medidas liberales en estas economías–, que ni consiguió reducir la pobreza ni evitó un aumento de la desigualdad”, apunta Iglesias. En opinión de Belloso, “es cierto que estos países han consolidado las balanzas fiscales, pero este avance ha costado cincuenta años y no se sabe si algunos gobiernos lo echarán por tierra”.

Luis de Guindos, técnico comercial y economista del Estado, tiene la impresión de que “América Latina ha perdido peso en el mundo”. Enrique Iglesias no se siente del todo pesimista. “Predomina una corriente de sentido común y pragmatismo entre los gobiernos latinoamericanos que se suma a la abundancia de recursos naturales en la región”. Latinoamérica es rica en energía y agua, dos bienes de gran valor económico. “Esta nueva etapa es similar a la de finales del siglo XIX, en el sentido de que la revalorización de las materias primas va a continuar gracias a China, que irrumpe en el mercado con 1.300 millones de consumidores”, recuerda Iglesias.

Juan Pérez Campanero, analista financiero del Grupo Santander, se pregunta si existe “una respuesta articulada” a la sed de materias primas de China. La extensa visita del presidente Hu Jintao a Latinoamérica, en noviembre de 2004, dio comienzo a una intensa relación comercial que se ha materializado en la firma de varios acuerdos. China percibe América Latina como un gran proveedor de commodities y un mercado potencial de consumidores. A cambio, promete inversiones que, de momento, no se han producido. Desde América, el fenómeno chino se interpreta como un comprador de materias primas, un vendedor de productos de alto consumo y un potencial inversor.

Iglesias matiza que “no quisiéramos ver en China una relación decimonónica de intercambio como la establecida con Inglaterra, donde se exportaba carne, lana y cereales, mientras que se importaba maquinaria”.

Oportunidad española

El letargo en Europa no impide que España se haya posicionado como el líder de las relaciones transatlánticas. Los lazos históricos y culturales permanecen fuertemente arraigados desde la conquista española del Nuevo Mundo, en el siglo XV. Las últimas dos décadas añaden un tercer punto de conexión: la oleada de inversión de las empresas españolas, que predominan en el mercado latinoamericano solamente por detrás de las estadounidenses.

“España desprende un interés afectivo. Aquí, América cuenta porque es una clara prolongación del interés nacional”, afirma el secretario general iberoamericano. Su análisis va más allá: “La relación iberoamericana es natural, mientras que la europea está más trabajada”, dice. Por ejemplo, los Veinticinco no comparten solo dos lenguas, como ocurre en esta comunidad con el castellano y el portugués.

Esta relación privilegiada ha hecho de España “el único país de fuera de la región que puede dialogar con todos los gobiernos”, una virtud de la que ya no presumen otros países, recuerda Iglesias. De hecho, la estrategia diplomática del Gobierno socialista es mantener un cauce de diálogo con todos los Estados, incluidos los regímenes no democráticos, como el cubano. Este enfoque ha despertado duras críticas en el Partido Popular por considerarlo inadecuado para preservar los intereses españoles. En todo caso, Iglesias concluye que “la capacidad de interlocución de España con América es única”. Un valor agregado de gran utilidad para intermediar en cualquier conflicto internacional.

Desde su llegada a Madrid hace un año, Iglesias se empeña en dar sentido y utilidad a las cumbres iberoamericanas de jefes de Estado y de Gobierno de los 22 países miembros. A su juicio, estos foros anuales son un complemento de las relaciones bilaterales. “Los dos tipos de cooperación son compatibles”, asegura. Las cumbres se encargan de unir al colectivo iberoamericano, que alcanzará próximamente los 600 millones de habitantes.

Los 22 países comparten intereses comunes, tradiciones, valores e idioma. Iglesias señala que “la vertiente fundamental de este colectivo es la cultura, pero ésta se puede potenciar hacia otros niveles”.

El papel de la Casa Blanca

EEUU aporta un contrapunto. Iglesias, que pasó una larga etapa en Washington, considera que la relación norte-sur es errática. “La Casa Blanca ha mostrado periodos de gran interés, otros de escasa o nula relación, y etapas en las que concentra su atención en determinados países o temas”.

Desde los atentados del 11-S, “los problemas de Oriente Medio han comprometido su capacidad de atención política a otras áreas”, relegando su patio trasero a un segundo plano. Solamente los temas centrales de la agenda mundial (terrorismo y narcotráfico) producen interés. El segundo campo magnético es la firma de acuerdos comerciales bilaterales, tras el intento fracasado por crear un bloque regional, el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA). La política comercial de la última década de EEUU con América Latina ha sido la más activa de la historia. Y, en tercer lugar, un apoyo solidario a los países que afrontaron crisis financieras violentas.

En busca de un modelo de desarrollo

América Latina lleva cuatro años consecutivos creciendo, aunque lo hace a un ritmo más lento que el resto de las regiones emergentes. Los sucesivos gobiernos llevan décadas buscando el modelo más eficaz para salir del subdesarrollo. Tras el rechazo social de las teorías neoliberales de los años noventa, concentradas en el denominado Consenso de Washington, Enrique Iglesias detecta “un enfoque más pragmático que surge de haber aprendido las lecciones del pasado”.

En su opinión, el Consenso de Washington tuvo aspectos positivos como lograr la estabilidad fiscal sin dejar de respetar la independencia de los bancos centrales, así como una mayor apertura externa. En cambio, el error fue la reducción del papel del Estado a un mínimo. “Se pasó de un Estado omnipresente y centralizador al otro extremo”, explica el secretario general iberoamericano.

La gran conquista de los años noventa es el respeto por las estabilidad macroeconómica, una premisa que aceptan los regímenes tanto de derechas como de izquierdas. “Hoy en día se reconoce que el Estado es necesario para regular el funcionamiento del mercado, responsabilizarse de los grandes déficits sociales y generar un clima adecuado para la inversión”, afirma el experto. “Las políticas públicas vuelven a tener peso en América Latina, sin olvidar que es posible una alianza entre el sector privado y el público, donde hay mecanismos por explorar”, añade. Iglesias señala que este modelo de desarrollo no es nuevo, aunque sí más pragmático que los anteriores, porque aprende de los errores y privilegia la buena conducción macroeconómica.

Latinoamérica pasa una fase de bonanza económica tras crecer cuatro años seguidos

Después de las últimas crisis económicas y financieras, desde el tequilazo de México en 1994 al default argentino en 2001, la región cumplirá este año con el cuarto ejercicio consecutivo de crecimiento. “El frente económico está marchando razonablemente bien. Hay mucha liquidez, los intercambios de materias primas con China siguen creciendo, y el contexto internacional es favorable”, señala el ex presidente del BID, Enrique Iglesias.

La bonanza económica llega tras “un proceso de aprendizaje violento sobre cómo administrar la macroeconomía en América Latina”. La combinación de una buena gestión macroeconómica y un contexto externo positivo dan como resultado la expansión que vive la zona. El promedio del ritmo de crecimiento ha sido del 4% del PIB en los últimos años, mientras que en 2006 se espera una tasa próxima al 5%.

El panorama es prometedor gracias a varios factores. El superávit en la cuenta corriente, “un fenómeno exótico en la historia latinoamericana” que el año pasado registró un 1,3% del PIB, permite una abundancia “espectacular” de reservas acumuladas y una ocasión excepcional para reducir la deuda externa y prolongar sus plazos. Iglesias añade que países como Brasil y Argentina “están tan exuberantes en recursos que han pagado la deuda al FMI, al BID y al Banco Mundial”, los principales organismos de financiación multilateral en la región. Otro elemento favorable es la flexibilidad del tipo de cambio. Además, la caída de los tipos de interés favorece el crecimiento y el retorno de la inversión extranjera.

“Hace un cuarto de siglo que no se registraban cuatro años consecutivos de crecimiento”, afirma Iglesias. No obstante, critica que América Latina sea la región del mundo que menos crece. Una razón por la que los países se sienten acomplejados. José Manuel Campa, profesor de IESE, añade que la bonanza económica no ha rebajado la dependencia de las materias primas.

Insatisfacción

En el aspecto social, Iglesias destaca dos rasgos. Uno positivo: la llegada al Gobierno del indigenismo boliviano y el mayor activismo de una comunidad indígena de 50 millones de personas. Y otro negativo: el crecimiento de la violencia urbana. El latinobarómetro muestra “una sociedad insatisfecha”, señala Iglesias. “El buen ciclo económico ha mejorado algo esta percepción, pero persiste una cierta insatisfacción que da pie a que las recetas políticas fracasen”. La pobreza, la mala distribución del ingreso y el desempleo actúan de telón de fondo.

La mala distribución de la riqueza es el mayor problema

No hay lugar en el mundo donde la diferencia de renta entre ricos y pobres sea mayor. En otras palabras, el crecimiento económico no beneficia a todos por igual, sino que, por el contrario, contribuye a que se multipliquen los multimillonarios y los indigentes.

Esta lacra crea graves tensiones sociales que, con el tiempo, estallan en revueltas en las calles. “La mala distribución del ingreso es el problema más grave de la región”, afirma Enrique Iglesias. La pobreza, que afecta a un 40% de la población latinoamericana, se puede recortar, pero la diferencia de la renta va en aumento. Juan José Dolado, catedrático de Economía de la Universidad Carlos III, coincide con Iglesias en que la solución está en mejorar la calidad de la educación y dar acceso al crédito bancario a toda la sociedad.

Otros problemas urgentes por resolver son la falta de competitividad y la inseguridad jurídica, que ahuyentan las inversiones. La próxima Cumbre Iberoamericana se celebrará del 3 al 5 de noviembre en Montevideo (Uruguay). Por segundo año, los empresarios y la sociedad civil estarán representados en unos foros paralelos a la reunión de jefes de Estado y Gobierno.

El auge de los empujes populistas y nacionalistas

Los procesos electorales del último año ponen de manifiesto que “los partidos políticos tradicionales están en crisis, porque no han avanzado al mismo ritmo que las transformaciones sociales y las demandas económicas”. Enrique Iglesias explica que, en su lugar, surgen líderes carismáticos que representan “empujes nacionalistas y populares en la región”. Al mismo tiempo, se ha producido un giro ideológico hacia el progresismo, donde “es muy difícil hablar de una izquierda, ya que cada país tiene sus matices”, señala.

Las jóvenes democracias latinoamericanas padecen aún de una debilidad institucional que propicia la inestabilidad política. Los cambios bruscos de gobierno por las protestas sociales están a la orden del día. Emilio Lamo de Espinosa, catedrático de Sociología de la Universidad Complutense, considera que “la crisis política refleja la debilidad del Estado” en estos países. “El círculo vicioso de funcionarios corruptos, una Administración pública ineficiente y violencia social sólo se puede romper con un Estado de Derecho y reformas fiscales, apunta Lamo de Espinosa. El secretario general de las Cumbres Iberoamericanas coincide en que el Estado latinoamericano ha sido siempre débil por “estar hipotecado ideológicamente o tecnocráticamente”.

Iglesias explica que hace un par de décadas predominaba un Estado centralizado, capturado por intereses políticos o privados; en los noventa, el Consenso de Washington propugnó un Estado prácticamente inexistente para abrir los mercados; y ahora, la estructura estatal necesita una reforma para crear “un servicio civil independiente, eficiente y bien remunerado”. De forma paralela ha surgido un nuevo modelo de Estado, el de corte indigenista, que está experimentando Bolivia con el presidente Evo Morales. “La forma indígena de administrar el país corresponde a una visión muy particular del mundo”, explica el economista uruguayo.

Pone el caso de los recursos naturales, una política nacional que ha obligado a las empresas petroleras a renegociar su contrato para pagar más impuestos y ceder la mayoría de la propiedad sobre el petróleo que extrae. “Aprendí de dirigentes bolivianos que ellos no consideran que los recursos naturales les pertenezcan, sino que son ellos los que pertenecen a la Tierra”.

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