La campaña de las elecciones del 1 de noviembre cruza hoy el ecuador y lo hace sin que se hayan alterado, aparentemente, sus dos principales vectores: Convergència i Unió parece mantener una cierta distancia en la carrera, pero persiste la incerteza sobre cómo se van a poder negociar los pactos a partir del día de Difuntos. Es por eso que los dos principales partidos - CiU y PSC- tensan desde ahora sus electorados. Los nacionalistas, tras su sonoro viaje al notario para dejar constancia de que no pactarán con el PP, confían en haber abierto una vía de agua para el retorno de votantes que en su día se pasaron a Esquerra Republicana. De ahí esa especie de opa incruenta que van a sufrir hasta el final los republicanos y que ya se inició con el famoso DVD crítico con el tripartito. El PSC, por su parte, llega a la última semana confiado en que aún hay partido y que puede dar la vuelta a las encuestas. Seguramente, con la duda de si la estrategia de campaña debe o no buscar un mayor cuerpo a cuerpo con CiU. También con la necesidad de despertar a sus votantes del cinturón de Barcelona, gélidos hasta la fecha según reconocen abiertamente sus alcaldes socialistas. Aunque no hay consenso en las encuestas, parece creíble que tienen una cierta fuga de votos hacia Iniciativa. De cómo unos y otros resuelvan estos enigmas dependerán en buena medida el resultado y el gobierno de Catalunya para los próximos cuatro años.