Los bombardeos de ciudades republicanas habían ido en aumento desde comienzos de 1938, pero entre el 17 y el 20 de marzo Barcelona sufrió unos terribles ataques que suponían un gran salto cualitativo con respecto a todos los anteriores.
No se limitaron, como generalmente se había hecho hasta entonces, al puerto, estaciones de ferrocarril o depósitos de gasolina, sino que castigaron los barrios residenciales y el superpoblado casco viejo, y llegaron a afectar a la misma catedral.
Los archivos vaticanos recientemente abiertos a los investigadores confirman y amplían las noticias que teníamos sobre las protestas que formuló monseñor Ildebrando Antoniutti, encargado de negocios cerca de Franco, y las respuestas de éste.
Ya el 6 de febrero de 1938 informaba Antoniutti a Pacelli de que había instado a Franco a no bombardear poblaciones civiles. Reiteró sus gestiones en marzo, pero en un telegrama cifrado de Antoniutti se lee: "Franco dice que Barcelona es plaza militar con unos 200 objetivos de guerra y que las víctimas fueron causadas sobre todo por el estallido de depósitos de municiones colocados dentro de la ciudad". Seguramente aludía Franco al camión cargado de trilita que estalló delante del teatro Coliseum, en la Gran Via, pero no se podía generalizar el caso y atribuir todas las víctimas al estallido de polvorines.
La campaña internacional de protestas obligó a la Santa Sede a hacer públicas las suyas. L´Osservatore Romano del 24 de marzo decía que ya en febrero la Santa Sede había formulado "un cálido llamamiento a los católicos y nobles sentimientos del generalísimo Franco". Éste "se mostró muy sensible al paterno interés de Su Santidad a favor de las víctimas inocentes de la guerra, y por medio del encargado de negocios de la Santa Sede, S. E. monseñor Antoniutti, hizo llegar al
Santo Padre filiales y tranquilizadoras explicaciones y declaraciones". Y terminaba diciendo:
"A tantas víctimas se han añadido ahora otras, causadas esta vez por los recientes bombardeos aéreos de Barcelona: víctimas inocentes, que la Santa Sede más que nunca deplora, mientras, fiel a su misión, continúa haciendo llegar palabras de moderación y consejos de blandura para atenuar lo más posible los horrores de la guerra. Y por ello, el Augusto Pontífice, siempre por su iniciativa e independientemente de la acción de otras potencias, el 21 del corriente ha encargado al antes citado monseñor Antoniutti que haga con tal fin un nuevo y urgente paso cerca del generalísimo Franco".
El informe del 24 de marzo del encargado de negocios ante el Vaticano, Churruca, con el recorte de L´Osservatore de la misma fecha, tardó algo más de lo corriente en llegar a Burgos. Los desconocía aún el subsecretario de Asuntos Exteriores, Espinosa de los Monteros, cuando en su oficio del 6 de abril a Churruca comentaba moderadamente la gestión de Antoniutti, sin saber que el Vaticano la había hecho pública, pero debió de llegar a Burgos muy poco después. El 8 de abril por la tarde dio Franco la orden fulminante de ejecutar la sentencia de muerte que desde hacía ocho meses pendía sobre el nacionalista católico catalán Manuel Carrasco i Formiguera, por quien habían intercedido Gomá y Antoniutti de parte del Papa. Fue fusilado la madrugada del 9. Influyó probablemente en la decisión de Franco un propósito de ejemplaridad, coincidiendo con el comienzo de la ocupación de Catalunya (toma de Lleida el 3 de abril y derogación del Estatuto autonómico el 5) y quizás también con la ejecución en Barcelona, por espionaje, el 16 de febrero, de dos comandantes y de la señorita Carmen Tronchoni, pero seguramente quiso también Franco dar un bofetón moral al Papa, que repetidamente había implorado el indulto de Carrasco.
L´Osservatore Romano remachó el clavo el 10 de junio diciendo que los bombardeos de poblaciones civiles habían suscitado protestas e indignación en la opinión europea. Y añadía: "Tales protestas son justificadas, porque los centros bombardeados no tienen ningún interés militar, ni se hallan en la proximidad de centros militares o de edificios públicos que de cualquier modo sean de interés para la guerra", sino que constituyen una "inútil matanza de la población civil".
Entre tanto, el Vaticano había accedido (¡después de casi dos años de guerra!) a elevar sus relaciones diplomáticas con Franco, que eran de encargados de negocios, al máximo nivel: embajada y nunciatura. Para esta última, tanto el Gobierno de Burgos como el cardenal Gomá pedían que fuera designado Antoniutti, pero Pío XI nombró a Gaetano Cicognani, que era nuncio en Viena y se había quedado sin cargo por la invasión de Austria por Hitler. Como los bombardeos continuaban, Antoniutti presentó al ministro de Asuntos Exteriores una nota verbal (que no es un escrito formal, sino que es como si se dijera de palabra, aunque se entrega por escrito), fechada en San Sebastián el 16 de junio, que decía: "La Santa Sede desea hacer un nuevo llamamiento para que se den disposiciones a fin de ahorrar víctimas inocentes, y esto en propio interés de la causa nacional". Al mismo tiempo, expresaba el deseo de que la llegada del nuncio no coincidiera con nuevos bombardeos: "Fácilmente se comprende cuál sería la repercusión en el mundo católico si aquel fausto acontecimiento debiera coincidir con bombardeos que causaran víctimas inocentes entre la población civil".

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