Elecciones legilastivas en Estados Unidos

El 15 de septiembre del 2004, una mujer encerrada en un baño llamó al teléfono de emergencia, el 911, para pedir socorro porque su amante la quería estrangular. La escena se desarrolló en el apartamento del congresista republicano Don Sherwood, en Washington. La policía no presentó finalmente cargos contra el presunto agresor. Él adujo que sólo le estaba frotando la espalda y que ella era una "conocida casual". El caso no vio la luz pública hasta un año después. Sherwood, de 65 años y diputado por Pensilvania en la Cámara de Representantes desde 1999, acabó confesando que había mantenido una relación extramarital de cinco años con Cyntia Ore, a la que doblaba la edad. La mujer lo denunció por malos tratos y pidió una indemnización de 5,5 millones de dólares. Un acuerdo extrajudicial puso fin al pleito en noviembre del 2005.

Bush no tuvo reparo en arropar a Sherwood en un acto para promocionar su reelección. Hasta elogió su "hoja de servicios". Los donantes republicanos pagaron 350 dólares por asistir al refrigerio. El portavoz de Bush, Tony Snow, justificó así el respaldo a un candidato tan polémico: "Es cierto que el señor Sherwood admitió lo que pasó, y el presidente también cree que todos somos pecadores, todos buscamos el perdón". En el mitin, Bush se refirió elípticamente a la infidelidad de Sherwood. Alabó a su esposa, Carol, por la carta que envió a los votantes quejándose de la instrumentalización del escándalo por el rival de su marido. "Sus palabras me conmovieron - dijo el presidente, mirándola-. La carta de Carol muestra que es una mujer con mucha bondad y coraje". Quiso ser un halago, pero Carol y su hija se sintieron incómodas. Luego Bush y la familia Sherwood fueron juntos a comer un helado.

Es tanto el temor de los republicanos a perder la mayoría en el Congreso en las elecciones del próximo 7 de noviembre que los estrategas de Bush no ahorran esfuerzos para ayudar a todos los candidatos con problemas. Además de Sherwood, el presidente también defendió al senador George Allen, de Virginia. Su reelección parecía bastante segura hace unos meses, pero el ambiente general contra los republicanos y los deslices de Allen hacen que peligre su escaño. El senador llamó "macaco" a un colaborador de origen indio de su contrincante y actuó torpemente al reconocer el pasado judío de su propia familia.

El problema de Bush y los suyos es que la lista de pecadores es demasiado larga, empezando por el otrora todopoderoso Tom Delay, obligado a dejar la jefatura republicana en la Cámara de Representantes por un sinfín de irregularidades político-financieras. Algunos ya no tienen redención, como el congresista Mark Foley, que dimitió hace poco por haber enviado e-mails de contenido sexual a ayudantes adolescentes, o Bob Ney, aún congresista por Ohio, que está a la espera de ir a prisión por corrupto. Otros, como Conrad Burns, senador por Montana desde hace 18 años, salpicado por el escándalo Abramoff, aún luchan por sobrevivir. En el bucólico estado del ancho cielo no descartan que el Air Force One aterrice cualquier día por allí para echarle una mano.