DADO nuestro sistema educativo, y que la Historia perdone a quienes lo han fraguado, si quiero referirme a Noé para esbozar una alegoría tendré que empezar por el principio. La estéril discusión entre la Iglesia católica y el Estado español sobre la enseñanza religiosa sólo ha servido para que nuestros jóvenes -algunos ya talluditos- ignoren quién fue Abraham, hacia dónde iba la burra de Balán o cómo Elías subió a los cielos. Son asuntos de cultura antes que de fe; pero, ya digo, tendré que empezar diciendo que Noé, junto con Job y Daniel, formaba parte del trío de hombres justos del viejo Israel. Añadiré, para acortar el antecedente, que Yahvé le encargó a Noé, según el Génesis, la construcción «con maderas resinosas», de una embarcación de 150 metros de largo, 25 de ancho y 15 de alto en la que habrían de refugiarse siete parejas de animales puros, dos de los impuros y siete de aves, además de él y su familia. La nave estuvo a la deriva los 150 días que duró el Diluvio y, tras otros 150, se detuvo en el monte Ararat.
En Cataluña, donde las tradiciones duran más que en el resto de España y forman parte del sentido pragmático que fortalece a los catalanes, se contaba en las escuelas de hace un siglo que a Noé, mientras construía su singular navío, se le iban pudriendo las maderas que utilizaba. Aclaraban los mestres de minyons a sus alumnos que, para remediar el mal, el Señor indicó a Noé que sólo debiera talar los árboles en cuarto menguante. Lo sabe cualquier pagés, vote a quien vote.
El seguimiento de la campaña electoral para las próximas elecciones autonómicas catalanas nos demuestra que, al menos tres de los candidatos a la presidencia -José Montilla, Josep Lluís Carod-Rovira y Joan Saura- no es que no aprendan del pasado remoto, ni tan siquiera lo hacen del inmediato, del que acaban de protagonizar. Fueron sus partidos, encabezados por Pasqual Maragall, los que, sin esperar a cuarto menguante, talaron la legislatura, la acortaron. Cierto es que lo hicieron para evitar una catástrofe mayor a la que ya habían generado, pero eso no les autoriza a sacar pecho y presentarse, uno a uno, como seres virginales y aptos para la adoración colectiva.
De hecho, sólo Artur Mas y Josep Piqué, dos viejos enemigos de cuando el primero servía a Lluís Prenafeta y el segundo a Javier de la Rosa, están diciendo algo coherente, por discutible que resulte, en la campaña electoral en la que los del tripartito tratan de esconder sus vergüenzas tapándose la cara, para evitar la identificación, mejor que tratando de ocultar los bajos en los que suele instalarse el pudor. Así que, entre la ignorancia y la desmemoria, los catalanes se disponen a elegir el primero de noviembre a su nuevo president. Habrá que averiguar en el Calendario Zaragozano la fase lunar de ese día.

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