LA OTRA MIRADA

Leonardo, sin pretenderlo, imprimió la ambigüedad italiana en la sonrisa de Mona Lisa, motivo de largos estudios y controversias entre los científicos y expertos en arte. Parece demostrado que una de las primeras respuestas del recién nacido, la sonrisa, es una reacción innata a la estimulación táctil y orgánica, aunque no se ha estudiado bien su evolución. Para algunos, es el comienzo de la organización del yo, con el principio del pensamiento, la comprobación de la realidad y las relaciones objetales. Otros ven en ella puras reacciones faciales inespecíficas, como las que esgrimen algunos políticos, que la llevan pintada, haga frío o calor, en la abundancia y en el desastre, como una especie de mueca permanente de anuncio publicitario.

Una señal de que no corren buenos tiempos para la épica la tenemos en los ritmos faciales de los candidatos, que pretenden globalizar su sonrisa como si el mundo viviera un permanente fin de semana.Todos se empeñan en hacer felices a sus conciudadanos aún tratando los temas más espinosos, y en ocasiones nos recuerdan la ingenuidad de aquellas postales de rostros radiantes que estuvieron tan de moda en los años 60 y 70. El único que se puede permitir ocultar la dentadura es el presidente en funciones de la Generalitat, Pasqual Maragall, tal vez porque no se presenta a la reelección, y acude a los actos con la seriedad de un empleado de Correos.Los demás, en cambio, marchan con su sonrisa incombustible, que suelen acompañar de sonoros besos, así arda el hacha.

En el debate televisivo de la noche del viernes no menudearon las sonrisas, ni siquiera el moderador del programa, Josep Cuní, se las pudo permitir, tal era el ambiente de mesa de póquer que se respiraba. De vez en cuando, Montilla asomaba su sonrisa profesional, y Josep Piqué le mostraba a un taciturno Mas la clase de sonrisa que le dedicaría al dentista. Carod y Saura no se acordaron de este recurso ni en los intervalos publicitarios.

En otros tiempos, la sonrisa daba igual porque no aportaba votos.Era voluntaria, como la de aquel ministro sindicalista, José Solís, conocido como la «sonrisa del régimen» y a quien sus paisanos de Cabra aclamaban en la plaza del pueblo al grito de «¡Pepe, colócanos a todos!». El sentido del humor no era una de las cualidades más notorias del franquismo, pero el artífice de la reforma política, Adolfo Suárez, utilizó la sonrisa con maestría y sentido de la complicidad. Después, hemos tenido sonrisas profesionales, de canino orificado, sonrisas de calavera, sonrisas de alquiler, sonrisas demenciales o sonrisas rijosas. Carmen Alborch, que fue ministra de Cultura en el Gobierno de Felipe González, no podía reprimirla, y cuando visitó las cenizas del Liceu, doce años atrás, Jordi Pujol tuvo que advertirle de que no era la ocasión más propicia para mostrar su impecable dentadura.

La sonrisa institucional, como los experimentos serios, debe mezclarse con gaseosa, no sea que resulte mal interpretada. El mejor consejo es el de la sonrisa inteligente que tantos éxitos brindó al añorado Groucho Marx.

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