Saparmurat Niyazov, presidente vitalicio de Turkmenistán, contribuye al acervo cultural de la humanidad con un nuevo libro de poemas, titulado Turkmenistán, mi felicidad.Presentado el sábado 14 de octubre en el Parlamento de la república centroasiática - en un acto al que fueron convocados el Gobierno, los diputados y la elite cultural del país-, este poemario encierra un canto de amor a la patria y a su historia.
Niyazov rige su país desde que obtuvo la independencia, en 1991, a resultas de la desmembración del imperio soviético. Y lo hace con puño de hierro, enguantado en veleidades literarias e identitarias. Desde el año 2001, da a la imprenta un nuevo título cada año. Entre ellos destaca el Ruhnama,un tratado de moral y civismo que ha impuesto como libro de texto escolar.
Si el lector ha llegado hasta aquí, ya se habrá dado cuenta de que Niyazov fomenta el culto a la personalidad como pocos lo han hecho antes. La imagen de Niyazov se reproduce hasta el empacho en todos los rincones de su país. Preside las principales dependencias oficiales y los más recónditos negociados. Está en los billetes de banco y también en las etiquetas de las botellas de vodka, y así alcanza a todos, ya sean adictos al régimen o ciudadanos que sólo aspiran a olvidarlo.
Las estatuas - de Niyazov, por supuesto- son muy abundantes en Turkmenistán. Se ha llegado a erigir una donde nadie la ve: en medio del desierto de Karakum. Pero la mayoría son bien visibles, y entre ellas destaca la que corona un edificio de la capital, Achkabad, equipada con un mecanismo rotatorio que permite mantenerla todo el día con el rostro iluminado por los rayos solares. Es decir, cara al sol.
Niyazov es también muy aficionado a cambiarle el nombre a las cosas. Se ha rebautizado como Turkmenbachi (líder - o padre- de todos los turkmenios), ha rebautizado su pueblo natal, y también un meteorito, e incluso el mes de abril, cuyo nombre homenajea ahora a la difunta madre del líder.
¿Qué impulsa a Niyazov - al fin, un ser humano, como usted, amable lector, o como yo- a comportarse de este modo? ¿Es un brote de demencia? ¿Es una enfermedad de perfil ignoto? Pues no. Al decir del gran timonel, todo obedece al deseo de dotar a su país de una cultura y una identidad nacionales, que el presidente ha decidido moldear a imagen y semejanza de su propia persona.
El asunto de la cultura y la identidad nacionales vuelve a dar que hablar estos días, y acaso con mayor intensidad que de costumbre, en la escena política catalana. En buena medida, ante la posibilidad de que ERC logre, merced a los imprevisibles pactos postelectorales, su objetivo de hacerse con la Conselleria de Cultura y, a continuación, la convierta prioritariamente en una fábrica de identidad nacional.
Lejos de mi intención comparar al mandamás turkmenio con los dirigentes republicanos. Pero sí me permito recordar que la cultura acepta pocos adjetivos. Le sientan bien algunos, como clásica, libre, excelente, abierta, innovadora o plural. Y la debilitan cuantos significan sometimiento a una política de partido o personal, lastrada por prejuicios, inmovilismos y una visión parcial de la realidad; cuantos priman la imposición y la discriminación sobre la convivencia.
Gustará más o menos, pero así son las cosas. Porque, como dice Donald Sassoon en su reciente y monumental Cultura.El patrimonio común de los europeos (editorial Crítica, 2006), "la diversidad y el cambio son componentes genéticos del proceso cultural".

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