DIARIO DE CAMPAÑA

Reglas impuestas. Muy parecidas al resto de la campaña fueron las más de dos horas de debate a cinco del viernes por la noche en los estudios de TV3. Desorden, pisotones en el turno de palabras y querellas estériles. Mucho ruido y pocas nueces, y además nueces bastante pequeñas, miniaturizadas. Resultó además una discusión de vuelo rasante, sin épica, con muy escasos destellos, por lo que me atrevo a aventurar, sin conocer los índices de audiencia, que sólo los muy adictos a la política aguantaron hasta el final, que llegó pasada la medianoche. Hay que añadir en este punto que la hora y el día de emisión no eran los más indicados, lo que me lleva a pensar que a alguno o algunos no le hacía gracia un seguimiento masivo. La mesa y la disposición de los candidatos, extrañísimas, como el debate mismo. El mueble tenía forma de triangulo, con Josep Cuní, el moderador, sentado en la base y Saura en el vértice, de cap de taula. Cuní -que aportó la nota de color gracias a una bonita corbata rosa y unas gafas con toques rojos- intentó administrar como pudo las reglas que los partidos habían pactado entre ellos tras agrio tira y afloja. Como los candidatos tenían potestad para autoadministrarse el tiempo, aquello enseguida empezó a zozobrar. El periodista actuó con profesionalidad e hizo todo lo que pudo, poniéndose incluso muy serio, pero la verdad es que la nave devino con frecuencia ingobernable.

Cancerbero tripartito.En muchos momentos se convirtió el debate en un pim-pam-pum contra Artur Mas. Como estaba cantado, fue Saura el principal ariete contra el convergente. Convertido en el cancerbero del tripartito, Saura mezcló tópicos, demagogia y cifras bien aprendidas al servicio de su doble objetivo: socavar a Mas y presentar al tripartito como la séptima maravilla. El de Iniciativa era el único miembro del Gobierno sentado en la absurda mesa y además su única opción de continuar de consejero es más tripartito, a lo cual hay que sumar el grave maniqueísmo que padece el hombre, que maneja una moral binaria según la cual o eres de izquierdas o eres un tipo aborrecible. Pese a ello o precisamente por ello, Saura ganó puntos ante su público, que al final es de lo que se trata.

Ni radical ni frívolo. A mi entender también Carod-Rovira satisfizo a su parroquia. Se arrogó un tono institucional, contemporizador y reflexivo, lo que le situó al margen del enmarañamiento reinante.Evitó con todas susfuerzas aparecer como un radical o un frívolo y flirteó con el centrismo y el liberalismo. Gracias a su extraña relación con el pasado inmediato -estuvo en el tripartito pero no está, como finalmente le ha ocurrido también a su partido- y a que seguramente tanto CiU como el PSC e Iniciativa van a necesitarlo después de los comicios, gozó de una confortable bula, recibiendo escasos ataques. Y se fue de rositas, como si él pasara por allí y no fuera responsable de nada. Cayó en el juego sucio en una ocasión, al manipular el sentido de unas palabras de Mas dando a entender que éste se metía con Montilla por su origen inmigrante. Además de una mentira, fue un acto feísimo e impropio.

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