LA OTRA MIRADA

De los encuentros electoralistas de las últimas horas me ha llamado la atención la frase de un universitario dirigida a Carod-Rovira: «Me siento un hugonote», una expresión tan erudita como sorprendente en el contexto en que se pronunció, y que se interpreta como el estado de ánimo de un «hereje» en la Cataluña de los siete millones de habitantes y del mestizaje en los albores del siglo XXI. Pero, antes de seguir, hay que retroceder a la Francia de mediados del siglo XVI, donde la palabra huguenot se aplicaba a los seguidores de Calvino, una de las figuras destacadas de la reforma protestante.

La noche del 24 de agosto de 1572, día de San Bartolomé, muchos calvinistas fueron degollados, agarrotados o muertos a tiros en una carnicería que pasó a la Historia con el nombre del santo.Años después, los hugonotes descendientes de los supervivientes tuvieron que emigrar a Inglaterra, Holanda o Prusia. ¿Puede alguien imaginarse una noche de San Bartolomé en nuestras plazas y calles aunque sea en un sentido figurado? Rotundamente, no, pero aunque el estudiante no tenga razón en esta asociación de ideas, tal vez le asistan razones que deben ser tomadas en consideración, porque todos somos responsables en gran medida de lo que colectivamente nos sucede. Hay conurbaciones que no son integradoras y toleran mal la diferencia; no es el caso de Barcelona, una sociedad de naciones en pequeño, donde los de fuera en modo alguno deben experimentar efectos negativos de la diversidad, ni la convivencia de opuestos ni nada que suene a incompatible.

Pero, en un país pequeño como Cataluña se han abierto paso recientemente algunos complejos, sobre todo de inferioridad, que han encontrado una caja de resonancia mediática buscando la comparación y la competencia con el otro, y también su reconocimiento. La prensa de aquí se esfuerza en demostrar que Barcelona es mejor que Madrid, o que Madrid goza de un trato de favor del que carece Barcelona, sin considerar que la población está mucho más allá de esta trifulca.El caso es que en la cúspide de la virulencia puede parecer que las relaciones entre una y otra capital son las mismas que las que existen entre las dos Coreas.

He vivido un total de nueve años repartidos entre ciudades tan dispares como Londres y Roma, y nunca mis colegas y yo nos hemos sentido unos «hugonotes», aunque también nos hemos esforzado en hacer nuestro un principio, precisamente, de la cultura calvinista: no hay derechos sin el deber y el esfuerzo correspondientes.Porque, a fuerza de sentirse uno desplazado y menospreciado, busca afinidades y solidaridad en almas gemelas que no aportan más que argumentos para aguzar el conflicto de voluntades. Dime con quién andas y te diré qué hora es, reza un proverbio apócrifo.

Este tema requiere un debate, y éste es el mejor momento. El político auténticamente integrador y aglutinador de intereses podrá ser un verdadero líder porque habrá desterrado al séptimo averno recelos e incomprensiones, y habrá creado un espacio moral y un método de convivencia válidos para las futuras generaciones.

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