Como Munich y Yalta, Suez evoca uno de los momentos determinantes del siglo XX. Ahora hace cincuenta años, el canal de Suez fue escenario de un conflicto que cambió el mapa político de Oriente Medio.

Gran Bretaña, Francia e Israel se confabularon contra el presidente egipcio, Gamal Abdel Nasser, que había nacionalizado el canal, y el resultado fue una crisis cuyas consecuencias llegan hasta nuestros días: agrandó la estatura política de Nasser, dio pábulo a la teoría de la conspiración occidental antiárabe, humilló a Gran Bretaña y, sobre todo, pasó a Estados Unidos el testigo como poder hegemónico en Oriente Medio.

La crisis de Suez comenzó a gestarse cuando Nasser, que cuatro años antes había derrocado al rey Faruk, accedió a la presidencia egipcia. Entre los grandes proyectos de Nasser figuraba la construcción de la presa de Asuán, que inicialmente iba a ser financiada por Estados Unidos, Reino Unido y Banco Mundial. Washington, sin embargo, desconfiaba de Nasser, un nacionalista que reconoció sin tardanza a la China de Mao.

Molesto con el silencio de Washington, el presidente egipcio amenazó con recurrir a la Unión Soviética. Craso error. La reacción fue fulminante: el 19 de julio de 1956, Estados Unidos decidió no participar en la construcción de la presa. Otro error. Mohamed Heikal, periodista y confidente de Nasser, ha escrito que el telegrama de Washington "fue un insulto" (Suez through egyptian eyes,1986). Y la respuesta egipcia fue la nacionalización del canal. Heikal propuso hacerse con el 50 por ciento de la compañía que administraban británicos y franceses. Pero Nasser, cuyo gobierno recibía un miserable millón de libras anuales por el canal, optó por la vía rápida: la compra de todas las acciones al precio que cotizaban en París.

Anthony Eden, primer ministro británico, se ofuscó y bendijo una confabulación con franceses e israelíes que encierra una gran ironía. Francia y Gran Bretaña lanzaron un ataque preventivo contra un régimen árabe que detestaban, pero Estados Unidos manifestó en laONU su preocupación por el carácter ilegal de la acción. Foster Dulles, secretario de Estado de Eisenhower, dijo que el ataque "aumentaría el número de enemigos en Oriente Medio". Medio siglo después, cuando la guerra de Iraq, nadie recordó en Washington la crisis de Suez.

El 24 de octubre de 1956, en Sèvres, cerca de París, y coincidiendo para alivio de Moscú con el levantamiento húngaro contra la ocupación soviética, Francia y Gran Bretaña sellaron un acuerdo con el primer ministro David Ben Gurion por el que Israel debía lanzar un ataque contra Egipto que sirviera de pretexto para que las potencias europeas intervinieran, separaran a los contendientes y recuperaran el canal. Eden ordenó que todas las copias del acuerdo fueran destruidas, pero Israel ocultó una, que hace diez años emergió a la superficie.

Israel desencadenó las hostilidades el 29 de octubre. Y un día después, Londres y París formularon un cínico ultimátum a los dos contendientes para que cesaran los combates. Nasser se negó y las fuerzas aéreas británicas y francesas entraron en acción. La Asamblea General de la ONU aprobó entonces una resolución patrocinada por Estados Unidos contraria a la intervención militar. La libra comenzó a caer vertiginosamente, a causa de la presión de Washington, y Eden, al borde del cisma con el gran aliado, cedió.

Oriente Medio nunca volvió a ser el mismo. Eden, que vio en Nasser el primer Saddam Hussein, condujo a Gran Bretaña al desastre: Suez significó el canto del cisne del imperialismo británico. Francia salió mejor parada de la aventura, en la que también participó para castigar a quien acusaba de suministrar ayuda al Frente de Liberación Nacional argelino; pero seis años después tuvo que retirarse de Argelia. Y Nasser se instaló en la gloria, que le duró hasta la guerra de 1967.

Nasser fue contagioso. En 1958 fue derrocada la monarquía que los británicos se inventaron en Iraq, donde cinco años después hizo sus pinitos Saddam Hussein como militante del nacionalista Baas. En Siria, otra rama del Baas tomó el poder en 1963. Y los Hermanos Musulmanes, perseguidos por Nasser, se refugiaron en Arabia Saudí, que en 1962 creó la Liga Mundial Musulmana, cantera de un panislamismo que contó con el apoyo estadounidense para enfrentarse al panarabismo. "Resulta una ironía que Estados Unidos confiara, en las décadas de 1950 y 1960, en una alianza de estados islámicos a fin de contrarrestar el comunismo sin Dios que Nasser representaba", ha escrito Fawaz A. Gerges ( "Estados Unidos y el islam político", Vanguardia Dossier,abril-junio 2002).

Una leyenda mantiene que Churchill, encorvado perezosamente un domingo sobre un mapa, trazó las fronteras de Jordania. Después de Suez, el único que no notó el cambio fue el rey Hussein de Jordania, que lamentó la retirada británica, pero siguió cobrando de los servicios secretos occidentales, aunque ya no en libras, sino en dólares.