SABATINAS INTEMPESTIVAS

El próximo jueves hará treinta años que salió a la calle, y en Barcelona, la revista Arreu.Yo había previsto el homenaje recordatorio, digámoslo así, desde hace mucho tiempo y guardaba en secreto mi intención de dar una sorpresa a muchos viejos amigos convocándoles a un ejercicio de memoria, la más hermosa de las gimnasias del recuerdo que es la de rememorar la ingenuidad cuando aún no era pecado. Me hacía ilusión reconstruir la ilusión, así de redundante era la cosa, y evocar lo que fue para mí una aventura genial e incomprensible.

Uno ha pasado en su vida por casi todo, si exceptuamos la grandeza y el crimen. Nos faltó la grandeza porque no tuvimos ni un día de gloria; ni ganamos batalla alguna, ni tan siquiera estuvimos presentes sin saberlo, a la manera del personaje de Stendhal, aunque fuera a los pies de los caballos y acojonados por los estampidos de la historia. Una putada, ya lo sé, pero por más que escudriño en mi pasado no encuentro una gran batalla que llevarme a la memoria. ¿Vietnam? Algo inmenso, pero nuestro papel apenas si pasó de tres o cuatro manifestaciones en la calle Serrano de Madrid, frente a la embajada de Estados Unidos, y una buena manta de palos. ¿Cuba? Cabría avergonzarnos del resultado y, por si fuera poco, Franco tuvo un trato preferencial hacia Fidel, mientras el icono del Che se paseaba por la Ciudad Universitaria de Madrid, haciéndose entrevistar por el diario Pueblo; papel amarillo para el culo del Régimen. ¿El proceso de Burgos? Una gesta haber salvado a aquellos seis de la muerte segura, pero allí asistimos al paritorio del monstruo que empezó devorándoles a ellos y luego no paró hasta acabar con muchos de los nuestros. De otra cosa no, pero de monstruos mi generación sabe mucho.

No, no hubo grandeza que se pueda contar a los nietos sin una pizca de rubor. Tenemos el suficiente sentido del humor para no considerar una hazaña el recital de Raimon, la visita de los Beatles, el último tango en Perpiñán o la sórdida vida clandestina. No hubo grandeza y punto. Tampoco crimen, porque no nos tocó matar y eso que resistimos con cierto complejo de inferioridad a aquellos tigres del papel que llamaban a la lucha armada, popular y prolongada, hoy en su mayoría instalados en una sonrisa esquiva y una memoria breve.

Este país, España, que dio de todo y casi nada bueno, no vivió los años de plomo de los italianos pijos y radicales, y tampoco hemos tenido el valor de recordar a todos aquellos que nos incitaban hacia esa salida temeraria y sangrienta. El terrorismo en España no prosperó fuera de Euskadi por una cuestión testicular, no por falta de gentes que lo defendieran, lo justificaran y lo ensayaran. Aquí sería de mal gusto dar los nombres, porque hoy toca amable melancolía, pero podría hacerlo sin una pizca de remordimiento, porque hube de asumir durante once años de mi vida mi condición de socialtraidor,revisionista y enemigo del pueblo.

¿Qué puedo hacer ahora, después de haber tenido la ilusión de dedicar un artículo a la revista Arreu,si resulta que todo se ha complicado y este 25 de octubre próximo, aniversario de la aparición de Arreu,se cruza con unas elecciones en Catalunya? ¿Voy a renunciar a escribir lo que pensaba en función de la cercanía del vomitorio del 1. º de noviembre? Hubiera preferido que no ocurriera, pero ya me pilla muy mayor la corrección política. Peleamos durante un montón de años tratando de que la gente pudiera votar para que ahora las urnas se conviertan en una excusa para callar. ¿Qué era Arreu?Un semanario legal en catalán hecho por comunistas.

Situémonos. Octubre de 1976. No hace un año que murió Franco, Suárez ha sustituido a Arias Navarro, estamos ya en plena carrera de sacos de la transición, todos los partidos siguen prohibidos pero asoman la cabeza con descaro y legítima ambición, la represión bate el cobre con ansiedad y ciertas dudas. Nadie sabe muy bien hacia dónde vamos, pero todos tenemos muy claro que no se puede retroceder. Ahí cabe situar la iniciativa de Arreu.¿Por qué no sacar una revista?, se preguntan tres tipos que disponen de una imprenta, de algunos fondos publicitarios y de una voluntad inequívoca de participar en el debate que se abre en Catalunya. Está claro que el invento habrá de ser en catalán, y esto es un hecho de una importancia trascendental en el devenir de la política catalana. Si se trata de alumbrar lo nuevo, lo nuevo ha de ser en catalán y no en castellano. Y esto lo afirman y lo cumplen tres catalanes voluntarios, por decirlo así, que serán los promotores y sufrientes paganos de este proyecto genial e insensato. Àngel Abad, Jordi Sánchez y Paco Montalvo, tres veteranos que habían conocido represiones y cárceles, que nunca cantaron el Virolai ni bailaron sardanas - uno de ellos era cojo- y a los que en principio nadie hubiera supuesto ingenuidad alguna.

Llevo años tratando de explicar que el equilibrio de la sociedad catalana durante la transición se debe en gran parte a la actitud benevolente de los comunistas catalanes del PSUC. Políticamente impecable, por más que habrá de ser suicida, porque en su éxito táctico estará su liquidación estratégica, por definirlo en pedante expresión de otra época. Cuando en 1967 Comisiones Obreras de Cataluña hace un llamamiento a manifestarse y reivindicar el Onze de Setembre se ha dado un salto histórico en este país, comparable a escala de butifarra-amb-secas con la legendaria svolta de Salerno de Palmiro Togliatti en el 44, cuando recién aterrizado en territorio liberado italiano aceptó cualquier resultado democrático, incluida la monarquía. Sólo que Catalunya no era Italia, ni siquiera el Piamonte, el PSUC no era el PCI y ni siquiera había ganado una guerra partisana, Comisiones Obreras sobrevivía en la clandestinidad y ni siquiera podían soñar con ser un sindicato y, por si fuera poco, Antonio Gutiérrez Díaz, a quien los dioses tengan en el limbo, ése que ahora ha desocupado la Iglesia católica, no era más que un marrullero en política sin otro talento que el aprendido con Santiago Carrillo, el mejor prestidigitador de la política española. (Lo escribí cuando estaba vivo, no tengo por qué cultivar las ofrendas votivas a los muertos a que tan dados son por estas tierras, que primero los matan y luego los beatifican).

El semanario Arreu durará poco, desde octubre de 1976 hasta marzo de 1977, exactamente hasta la legalización del PCE-PSUC. Es decir, que se ve obligado a cerrar, cargado de deudas y de aislamientos, quizá porque no había sido submarino de nada en el momento que los suyos alcanzaban la gloria. Hoy no me cabe ni la menor duda de que la actitud de los líderes del PCE-PSUC hacia Arreu fue de una distancia absoluta. Las iniciativas que no partían de ellos les daban auténtico pánico, tratándose de gentes desconfiadas hasta la paranoia. La edad me ha vuelto conservador en algo; no tirar ni un solo papel, ni siquiera los anónimos. He vuelto a hojear los 24 números de la revista - salieron 23 y un número 0, una auténtica joya en la que se transcribe una discusión de la izquierda catalana ¡sobre los Países Catalanes! Me cuesta imaginar una discusión de la izquierda radical española sobre la Hispanidad.

Lo importante consiste en bucear hoy en aquellos textos. Si el último número fue el dedicado, muy desvaídamente, a la legalización del PCE-PSUC, el primero estaba consagrado al Primer Congreso de los Socialistas Catalanes, el PSC recién nacido, donde se puede leer una entrevista antológica de Josep Ramoneda al primer secretario Raimond Obiols - "Pósem Raimon encara que al carnet d´identitat digui Josep Maria..."-. Allí está todo de lo que fuimos, un retrato de época que quizá explique muchas de las cosas que vinieron luego. Nunca fuimos buenos profetas. Un trabajo brutal de Manolo Campo Vidal sobre Samaranch y los "especuladores franquistas catalanes". Una entrevista soberbia de Joaquim Ibarz a Johan Cruyff, hablando de política. Unos trabajos de Xavier Vinader y de Huertas Clavería y de Bru Rovira que hoy causarían sensación. Las impecables crónicas de comarcas firmadas por Enric Juliana, Eugeni Madueño y Francesc Baltasar, bajo la dirección de Carles Esteban. "La Mina unida jamás será vencida".

MESEGUER Las estelares colaboraciones de Manolo Vázquez Montalbán, Montserrat Roig, Víctor Mora y Josep Benet. Jordi Borja en la cuestión vecinal - "Las asociaciones de vecinos se han puesto de moda..."-. Toni Batista en la música. Ignasi Riera en la literatura - afronta la duplicidad de Josep Pla, su categoría literaria, "¡quin escriptoràs!", y suscribe el rechazo a que se le conceda el Premi d´Honor de les Lletres. Benet i Jornet en la crítica teatral y muchos otros que harían infinito el relato... También estoy yo, bisoño cronista desde Madrid, lo que obtuve a duras penas porque Josep Ramoneda quería que fuera Jorgito González Aznar, entonces la gran promesa de la información política y sindical. Me traducían todo, es obvio, hasta el nombre. Aún recuerdo la paciencia de los tres traductores al catalán - dos mujeres y un hombre, si la memoria no me falla-, que tenían un entusiasmo a prueba de Pompeu Fabra y que gozaban haciendo su trabajo, y yo tratando de encontrar fórmulas que trascribieran mi retorcido castellano de entonces, peor que el de ahora, porque salía de las catacumbas y se notaba la falta de oxígeno.

Orgullo, ninguno, pero fui muy feliz. Tenía 29 años. No recuerdo si me pagaban, supongo que sí. Supe luego que hubo quien exigió al trío beatífico de Abad, Sánchez y Montalbo indemnizaciones por daños y perjuicios. Ahora que he vuelto a pasar las hojas me he encontrado con muchas cosas que había olvidado y la que más me llamó la atención es la ausencia casi absoluta de publicidad, como no fuera de alguna editorial políticamente cercana. Y la de una agencia de viajes que ofertaba breves estancias en Vietnam y en San Francisco. Al menos, en esto, quizá lo único, fuimos dialécticos.