EL RUNRÚN

Hoy culmina la semana de Movilización contra la Pobreza, una de las numerosas acciones que las Naciones Unidas han promovido en los últimos tiempos con el objetivo de denunciar el incumplimiento de los objetivos de desarrollo del milenio. Es sin duda indispensable tratar de presionar a los gobiernos para que actúen contra la pobreza que mata. Pero aquí no voy a hablar hoy de esa miseria, sino de otras más nuestras. Porque no todas las pobrezas matan de hambre. Las hay que no matan pero tampoco dejan vivir. Son nuevas modalidades de pobreza que han arraigado en el seno de nuestra opulenta sociedad occidental y se consolidan día a día. No hablo de los clásicos vagabundos que siempre han poblado nuestras aceras y que, de algún modo, podrían hasta sentir cierto orgullo por vivir al margen.Hablo de aquellos que, habiendo conseguido integrarse a través de innumerables esfuerzos, se ven obligados por el sistema a llevar una vida miserable.

Nuestra especialidad nacional, puesto que somos un país de propietarios, serían los Pobres con Techo.

Ya el otro día hablé de los Pobres con Piso Caro:personas hipotecadas hasta el cuello que tienen que hacer filigranas para llenar el cesto de la compra. Muchos son profesionales: periodistas, abogados, médicos. Y eso es nuevo. Antes, un médico pobre era una contradicción en los términos. Ahora no. También están los Pobres con Piso

Pagado,cuyos miembros son básicamente jubilados con una exigua pensión que les impide pagar nada que no sean los gastos mensuales de los servicios básicos.

Si nos situamos en otro oasis de la opulencia, Estados Unidos, hallamos la ya conocida tipología de los ejecutivos defenestrados: la inseguridad laboral lleva años multiplicando el número de ciudadanos que, privados de subsidio alguno, han pasado de tener un sueldo sustancioso a quedarse en la calle. Y como allí son más amantes del alquiler que de la propiedad, pasar directamente del apartamento de lujo a las alcantarillas de Manhattan es algo que se da en un número de casos nada despreciable.

Pero es en el oasis japonés donde se ha detectado el tipo de pobres más original y estrambótico: los Sintecho con Corbata.Tienen un trabajo remunerado, pero por la noche se aflojan la corbata, se quitan la americana del traje y se disponen a dormir en el coche porque viven en él. Bien mirado no es tan grave: trabajan tantas horas que si tuvieran casa apenas podrían poner los pies en ella. En Daikoku Futo, inmenso dédalo de autovías unos 40 kilómetros al oeste de Tokio, hay enormes áreas de parking donde viven, es decir, donde aparcan, estos miles de empleados. Los ínfimos salarios (en una época en que los beneficios de las grandes empresas japonesas se han disparado) no les permiten pagar el anticipo necesario para alquilar un cuchitril. Pero visten traje y corbata por exigencias del trabajo, tienen una tarjeta de visita e incluso cobertura sanitaria, lo cual más bien contribuye a resaltar la esperpéntica paradoja de su situación.

Habrá quien diga que éstas son pobrezas relativas. Pero es que la pobreza siempre ha sido relativa a los tiempos que corren y al grado de contraste con los ricos. También habrá quien diga que morir de hambre es peor que vivir asqueado. Pero eso, sin ánimo de frivolizar, depende de los gustos de cada cual.