EL CORREO CATALAN
ARCADI ESPADA
Querido J:
Me pides con insistencia, y yo diría que con un punto de perversidad, noticias acerca del frenopático catalán, pero no voy a dártelas. No haberte ido. Mientras te escribo, el candidato a la Presidencia Artur Mas acaba de anunciar que una parte de los ciudadanos catalanes, los inmigrantes recientes y preferentemente negros, ejercerán algunos de sus derechos sociales si se portan bien. Es decir, no en razón de la ley, sino de la buena conducta catalana. Una cartilla, semejante a la de racionamiento o semejante quizá a la de los Cupones del Ahorro del Hogar, irá reflejando, mediante su traducción en puntos, los episodios francamente aplaudibles de la conducta inmigrada. A mejor conducta, más puntos y más derechos asistenciales: esto es lo que el heredero de Jordi Pujol, y favorito en las encuestas, ha propuesto al pueblo llano. Muy llano, por cierto: esta mañana en los bares ya se percibía el inconfundible tufillo popular de agradecimiento al fascismo: «Molt bé l'Arturu, ha agafat el toru per les banyes.»
Y aquí se acaba. No haberte largado, repito. La nación catalana ya no necesita cronistas sino ansiolíticos. Este es un país profundamente racista al que las circunstancias le han permitido disimular; pero a medida que el autogobierno progresa, su verdadera cara emerge. Ésta sería una de las grandes ventajas morales de la independencia: la posibilidad, absolutamente inédita, de que se encontraran un catalán y otro cara a cara y se dijeran: «Som com som». Una devastación.
Y basta ya, y agradece que te considere mi ansiolítico.
El asunto que nos importa es que esta semana pasó por aquí Gil Courtemanche, quebequés, periodista y novelista. Lo de quebequés lo solucionamos en el aperitivo: hace un tiempo caminaba por una calle de Montreal y se paró a su lado el coche del jefe del Gobierno autonómico. Habían sido amigos. El jefe bajó la ventanilla y le dijo: «¡Traidor!». Y el coche y el hombre siguieron su camino.
Ahora no recuerdo bien si fue explicando esa anécdota nacionalista cuando Gil Courtemanche empezó a toser, a escupir baba de un modo torrencial, y a ponerse tan sumamente malo que sus acompañantes en un rincón del Hoffman creímos por un momento que se nos iba. Cuando pudo hablar, al cabo de cinco angustiosos minutos, explicó que una lámina de magret se le había adherido letal a la garganta. Ahora pienso si no fue el traidor; pero no me gusta hablar sin pruebas. Lo cierto es que en el traidor quedó todo, y que no iba a tomarme dos horas de recreo en el frenopático local para ingresar en el correspondiente quebequés.
Courtemanche estaba en Barcelona para tareas de presentación de Una muerte singular, la última de sus novelas, publicada por la Editorial Sirpus. Una historia centrada en una cena de Nochebuena burgués y francesa. Pueden imaginar fácilmente la fragancia ambiental y el color de los vinos, y el ruido de las medias rozándose. La sorpresa dramática es que el gran padre sentado a la mesa, aunque enfermo de Parkinson, ya no puede hablar ni comer, que fueron los dos grandes placeres de su vida. En fin, me gustaría leerla. Pero yo quería hablar con Courtemanche de Ruanda, de su primer libro (éxito imponente: Un domingo en la piscina en Kigali), de los libros de Jean Hatzfeld y Philip Gourevitch, también sobre el genocidio, y en especial del papel que jugaron los medios en el desencadenamiento de la matanza de la primavera de 1994, que en un mes y medio dejó en el martirizado país más de medio millón de cadáveres (la inmensa mayoría, como sabes, de la etnia tutsi, minoritaria en el país) víctimas de miles de asesinos hutus (la etnia mayoritaria).
- ¿Medios?, me interrumpió Courtemanche. Sólo había un medio digno de tal nombre. La radio. La radio de las Mil Colinas.
- ¿No había periódicos, televisión?
- No, no había periódicos. Sólo semanarios, que se vendían por la calle. Jugaron su pequeño papel. Todo el tiempo mentían. Mentiras personalizadas sobre la gente. De un amigo mío tutsi, por ejemplo, una pequeña mentira destinada a caldear el ambiente: que tenía cinco hermanas, todas prostituidas. ¡Cuando sólo tenía una y vivía santamente en el extranjero! En cuanto a la televisión había un pequeño canal, sin ninguna incidencia.
Me ha interrumpido cuando iba a explicarte que este septiembre Courtemanche volvió a Kigali. Asuntos interiores. La última de sus dedicatorias de su Piscina dice: «Finalmente, a Gentille, que me sirvió huevos o cerveza, y que no sé si está muerta o viva». Gentille (digamos) vive.
Es sabida la responsabilidad de la radio en el genocidio. Courtemanche matizó que la radio sólo lo hizo más eficaz y más rápido. Igual que se mató a machete se podrían haber dado las indicaciones boca a boca. Y de hecho así se dieron en gran medida. Lo que más me interesaba, sin embargo, era saber cómo se organizó el discurso del odio.
- Lo más eficaz fueron siempre los mensajes emparedados, entre la música o en programas no estrictamente informativos. De repente alguien decía que quizá ahora mismo algún tutsi estaba violando a tu mujer o preparándose para hacerlo, y que indiscutiblemente debías tomar tus medidas.
- Parece un cuento.
- Las fábulas funcionan sobre la ignorancia. Lo que necesitan las matanzas es ignorancia.
- ¿Qué dijo la radio mientras se mataba?
- Que había que seguir y completarla. Era frecuente que dieran indicaciones del tipo en la aldea tal aún queda bastante trabajo por hacer. Y trabajo era la palabra. Esto es muy interesante porque esta palabra se acabaría apoderando, por así decirlo, de la palabra asesinato. Los asesinos mataron con la eficacia, regularidad y conciencia del que está haciendo un trabajo.
Más importante aún que lo que la radio hizo fue lo que no hizo. En ningún momento devolvió el eco de lo que estaba pasando. Ni los asesinos ni las víctimas tuvieron durante las semanas de la matanza una respuesta. Éste es un asunto crucial. Al igual que sucede en los estudios radiofónicos o en los platós televisivos no llegaba el sonido de respuesta. «No me oigo», dice el que actúa. No se oían, los asesinos.
Está muy publicitado el papel de los medios como inductores de la actividad. Los acusan incluso de propagar el suicidio cuando informan de suicidios. Pero ha recibido mucha menos atención su capacidad de bloqueo. La evidencia de que los actos que registran son, por así decirlo, mucho más reales que los que permanecen en la penumbra, y la posibilidad de que este conocimiento pueda atajar las conductas inmorales. Respecto de los sucesos, la actividad de los medios permite ver el producto acabado, el coche fuera de fábrica, y no las sucesivas piezas que han acabado formándolo. Esto es útil incluso para los asesinos. Así acabé preguntándole a Courtemanche por la imposibilidad del genocidio (le aclaré que me refería al genocidio y no a la guerra, a Ruanda y no a Irak) en una estructura comunicativa como la de nuestro mundo, donde siempre hay sonido de respuesta. Se mostró sombrío.
- Creo que, dada la voluntad, el genocidio acabaría encontrando su camino.
Yo no lo creo.
Sigue con salud.
A.
© Mundinteractivos, S.A.

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