“Sí, cariño. Sí, cariño. Sí, cariño. Sí, mi princesita. ¿Ya has cenado? ¿Y estaba rico? Ah, qué bien. No, mi amor, papá no puede ir hoy a darte un beso antes de que te duermas porque está de viaje, está en un premio. Un premio de novelas. Bueeeno, pues una novela es… como un cuento muy largo. Cuando seas mayor, si quieres, tú podrás escribir novelas para que otros las lean, ¿verdad? Ah, que no quieres. Pues nada… Mira, ¿y sabes quién ha ganado? Mejor dicho, casi ha ganado, ha quedado finalista, o sea segunda en el concurso… ¿A que no lo adivinas? ¿No? Pues una compañera de papá en la radio, tú la conoces: Marta, ¿te acuerdas de Marta? Pues esa es la que ha quedado finalista… Hala, acuéstate y duerme, mi vida. Un besito. Otro. Otro. Otro. Hasta mañanaaa…”
Inci sorprendía, sin poderlo remediar, esta tierna conversación telefónica en el autobús que le llevaba, a las ocho de la tarde, desde el hotel Princesa Sofía hasta el Palacio de Congresos de Cataluña, ambos en la avenida Diagonal de Barcelona. El amoroso padre que charlaba con su hijita era, deduzco, periodista; estaba sentado detrás de mí y daba tales voces por el móvil que no quedaba más remedio que enterarse de todo. Mimos aparte, el buen hombre le estaba contando a la criatura, con toda naturalidad, quién había quedado finalista del premio Planeta 2006… cuatro horas antes de que el jurado “votase”, en la famosa y multitudinaria cena, qué obras se llevaban los premios.
Otra anécdota que contaba, en los prolegómenos de esa misma cena, el gran J. R.: en el aeropuerto de El Prat, bastantes horas antes de la conversación que acabo de relatar, había un señor esperando a alguien. Como los empleados de las agencias de viajes, llevaba un cartel con el nombre del interesado. El cartel decía: “Premio Planeta 2006”. Varios de los pasajeros del vuelo que acababa de aterrizar estaban invitados a la cena y se acercaron a él, pensando que era el encargado de llevarlos al hotel. El señor del cartel les miró a todos, uno por uno, y les dijo: “No. Yo no estoy aquí por ninguno de ustedes. Yo espero al ganador del premio Planeta, don Álvaro Pombo, que es un señor ya mayor con barba blanca”. Los invitados soltaron una tremenda carcajada y se fueron a buscar taxis.
A ver si nos entendemos. A mí me parece estupendo que el magnate José Manuel Lara Bosch, dueño del “imperio Planeta”, le conceda el goloso premio (unos 600.000 euros) a quien le dé la gana. Él y su padre lo han venido haciendo desde hace medio siglo largo. Están en su derecho. Unas veces han premiado a perfectos desconocidos para potenciar nuevos valores literarios. Bien. Otras, a firmas consagradas para vender cientos de miles de ejemplares. Bien también. Otras, sólo a mujeres durante años; o sólo a hombres; o a mitad y mitad. Estupendo, magnífico. Lo que no entiendo es por qué los Lara, primero el padre y luego el hijo, tienen que organizar esa aburrida representación teatral de la cena, las votaciones eliminatorias del jurado y, por fin, la apertura de la plica y el descubrimiento de los nombres ganadores. ¡Pero si todo el mundo sabe que es mentira! ¡Pero si hasta el señor que han mandado al aeropuerto sabe que el premio está dado y quién es el ganador, que para eso lo está esperando!
Llevar a la cena al Príncipe de Asturias y a dos mil personas más, entre ellas nombres incontestables de la literatura española y numerosísimos periodistas, garantiza a Lara una lógica repercusión en los medios de comunicación y, consecuentemente, una nutrida venta de ejemplares, que es de lo que se trata. Pero el paripé de las votaciones da vergüenza ajena. Es completamente innecesario. Quedaría mucho más “honesto” decir que el Jurado se había reunido ya, uno o dos días antes, y que había ido eliminando en sucesivas votaciones a Fulanito y a Menganita. Porque lo de que el premio se vota allí mismo no es que sea mentira: es que todo el mundo sabe que es mentira. Decir a los niños que los regalos de Navidad los traen los Reyes Magos, o Papá Noel, es maravilloso mientras los niños se lo creen. Pero cuando los niños crecen y saben ya que esos cuatro personajes, ¡e incluso el Ratoncito Pérez!, son en realidad sus padres, persistir en el engaño es hacer el ridículo.
En nuestra mesa (había un centenar largo de mesas) se sentaba, cansadísima, una de las eficaces e inteligentes “chicas Planeta”, que se ocupan de la Prensa. No diré su nombre, pero es que no nos cortábamos ninguno. Nos pasaban el papelito con las famosas “quinielas” para que tratásemos de adivinar, entre las diez “candidaturas”, el nombre de los ganadores. Pues todos a voces: “¿Cuál será el seudónimo de Pombo? ¿Y cuál el de Marta Rivera?” Nuestra chica Planeta callaba, con cierto rubor. Pero ¿qué quería que dijésemos? ¿Pretendía que fingiésemos no saber lo que sabía hasta el señor del aeropuerto? Vamos, por Dios…
Lara da el premio a quien mejor le parece y está en su derecho: el que paga es él. Este año ha decidido devolver el prestigio al Planeta premiando a un inmenso escritor y, por lo que dicen, a una notable finalista (ya leeremos los libros). El año pasado se le insubordinó un miembro del jurado, Juan Marsé, quien protestó vehementemente porque a él y a sus compañeros “Reyes Magos” les estaban haciendo avalar con su prestigio dos verdaderas porquerías, las novelas de Maria de la Pau Janer y de Jaime Bayly. Lara arrojó a Marsé a las tinieblas exteriores, pero el escritor tenía toda la razón. Bien lo sabían los lectores, que en gran medida se abstuvieron de llevarse a casa aquellas dos birrias: los resultados de ventas fueron casi tan patéticos como los que obtuvo, en su día, Cela con aquella detestable (y muy poco original) Cruz de San Andrés. Que ya es decir.
¿Es completamente necesario hacer que siete personas de reconocida solvencia intelectual se pongan en la más sonrojada evidencia metiéndolas en el Jurado e “invitándolas” a actuar en la representación de ese “auto de los Reyes Magos”? ¿Cuánto vale, en euros, el prestigio de Alberto Blecua, de Bryce Echenique, de Rosa Regàs, de Pere Gimferrer, de Carlos Pujol o de Soledad Puértolas? (El de Carmen Posadas ya sé que vale menos, ¡pero también valdrá algo, vamos, digo yo!) ¿Por qué razones, crematísticas o no, se prestan esas siete personas a fingir que están votando en la interminable cena, cuando todo el mundo sabe que no es así? ¿Qué les dirán luego sus amigos, sus compañeros de trabajo, sus subordinados si los tienen? ¿Qué les dirá la gente en el super, en el metro, en la cola del cine? ¿No les dará vergüenza? Y repito: ¿Por qué es necesario tratar como a niños a dos mil personas del mundo de la cultura?
Me leeré La fortuna de Matilda Turpin, de Álvaro Pombo, y probablemente también En tiempo de prodigios, de Marta Rivera de la Cruz. Estoy seguro de que disfrutaré mucho con la primera y deseo hacerlo también con la segunda. Pero no volveré a la cena del Planeta. Los niños, incluso los más tontitos y confiados, nos creemos lo que nos manden creer y decimos a todo que sí. Pero lo mínimo que se nos puede conceder a cambio es que las “colitas de rape con coca mediterránea” del segundo plato sean al menos comestibles.
Como no es así, el año que viene será Rita, The Andalousian folk-singer (o sea, “La cantaora”) quien haga de candoroso pastorcico en el belén del señor Lara.

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