Los republicanos se encaminan hacia una derrota electoral en la que la guerra en Irak vuelve a colocarse en el espejo de la de Vietnam.
Algo pasa cuando un panegirista entusiasta se vuelve detractor obcecado y la emprende con el asesinato biográfico de la misma personalidad a la que antes casi rindió culto. Y sobre todo cuando esa mutación se convierte en metáfora de un fenómeno político más amplio cuyas implicancias futuras aún es difícil estimar.
Dos nombres contiene esa metáfora: los del presidente de los EE.UU., George W. Bush, y del reputado periodista Bob Woodward cuyo tercer y más reciente libro —"Estado de Negación"— acaba de ser publicado. Bush no necesita introducción especial y Woodward casi tampoco para el lector razonablemente interesado en la política de ese país.
Woodward es uno de dos cronistas —el otro es Carl Bernstein— del escándalo de Watergate de mediados de los años 70 cuyos artículos en The Washington Post obligaron a Richard Nixon a abortar su segundo mandato presidencial con una renuncia, la primera en su clase en la historia institucional de esa nación.
Aquel trabajo les valió a ambos autores un codiciado Premio Pulitzer y el mote de "perros guardianes" de la democracia estadounidense. Aunque Bernstein salió luego de la pantalla de radar de la opinión pública, Woodward perseveró en su rol de periodista investigativo estrella y en la carrera empresaria en su diario.
En algún momento, sin embargo, Woodward encontró que era más funcional a su objetivo abandonar la condición de "perro guardián" para convertirse en mascota faldera de los poderosos. Lo hizo durante los años de Ronald Reagan, consagrando en biografías aduladoras a personajes como William Casey, una de las figuras más oscuras de la inteligencia estadounidense, que en los 80 condujo la CIA. El cambio no importó demasiado, sus libros siguieron siendo éxitos de librería y, además, se vio beneficiado por un acceso directo y privilegiado a las fuentes más exclusivas.
Pero no fue sino hasta la llegada del actual mandatario que perfeccionó su nuevo estilo no crítico de narración en dos volúmenes "Bush en Guerra" (2002) que narra el inicio del conflicto declarado por Bush contra el terrorismo después del 11/S y "Plan de Ataque" (2004) que da cuenta de la planificación de la invasión a Irak y la ocupación de ese país.
Baste con decir que de esos libros, Bush emerge casi con la dimensión de un estadista y, ya que no como un intelectual, como un hombre de ideas profundas y sólidas.
Que este Bush haya sido distinto del que todos conocen al cabo de seis años —empujado por la ideología antes que por la realidad, con una adicción casi patológica por la mentira como política pública y tan inculto como para confundir dos países de Europa, no ya del Africa— importó poco a los fines del cronista. Tan elogiosas fueron estas publicaciones que los hombres de relaciones públicas de la administración rutinariamente incluían a "Plan de Ataque" en la lista de lecturas recomendadas sobre su jefe.
En este tercer volumen aquel Bush idílico es redibujado, patas para arriba. El personaje deja de dar respuestas elaboradas para ser reducido a frases simplonas (como por ejemplo "¿Y qué me importa Corea del Norte?" en una reunión en la que sus asesores se demoraban en detalles sobre el plan nuclear norcoreano), deja de lado su carisma de líder para seguir dócilmente las belicosas consignas de su vicepresidente, Dick Cheney, respecto de Irak y hasta se muestra como un patético adolescente de 55 años al que gratifica más empeñarse en un concurso de flatulencias con su alter ego político, Karl Rove, que atender las complejas cuestiones que llegan hasta el despacho oval de la Casa Blanca.
Desastres de la guerra
Un libro más que denueste a Bush tampoco es, a esta altura, un evento singular. Ni siquiera la hipótesis central de "Estado de Negación" es demasiado destacable: Bush mintió al país para invadir Irak y sigue empeñado en esconder la verdad.
Difícilmente Woodward pueda reclamar estar siquiera entre los primeros diez millones de personas que se han dado cuenta de lo que a esta altura es apenas una verdad de Perogrullo. Una de las más recientes encuestas conocidas (The New York Times/CBS) muestra que el 83% de los compatriotas de Bush está convencido de que mintió o tiene algo que esconder respecto de Irak, un descreimiento que sigue escalando, aun cuando los niveles de aceptación sobre Bush se hayan recuperado algo. Hay, sin embargo, una pregunta posible sobre el cambio en alguien como Woodward y tiene que ver con qué potenciales "permisos" puede tener un escriba del sistema de poder —no un crítico veterano— para emprenderla contra Bush. ¿Qué ha vuelto tan vulnerable al presidente? ¿La necesidad de algunos sectores de comenzar a desembarazarse de él?
Son buenas preguntas para hacerse, cuando las elecciones en la que los republicanos pueden perder el control de una o ambas cámaras del Congreso están a días de consumarse y los sondeos de opinión muestran que nunca, desde 1992, el poder legislativo tuvo menos consenso (16%) en la población.
La guerra en Irak se ha convertido en una carga tan pesada que no pocos candidatos republicanos temen ahora que Bush acuda a sus actos de campaña para respaldarlos. Y el desastre de la guerra en Irak es ya de tal magnitud que hasta Bush ha aceptado la comparación del conflicto con la Guerra de Vietnam y en especial la ofensiva norvietnamita que en 1968 marcó el punto de inflexión para la voluntad estadounidense de proseguir con la guerra. Aquel momento hundió a Lyndon Johnson en el descrédito y lo obligó a renunciar a los planes de una reelección.
Aun si Bush pierde la mayoría en una o en las dos cámaras, el resultado de superficie será menos espectacular; la mejor diferencia en número será mínima, con seguridad. Pero su último bienio en la Casa Blanca puede verse castrado.
ocardoso@clarin.com
Copyright Clarín, 2006.

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