A diez días de la jornada de reflexión, se van consolidando las perspectivas anunciadas. Mas transmite una imagen incomparable de seguridad y convicción; Montilla no remonta (ni es probable que lo haga con su Catalunya social, pues no convence a su electorado potencial y ahuyenta al catalanista); Carod y Puigcercós defienden la posición; Saura transmite un mensaje claro y nada ambiguo; Piqué se hace respetar, sobre todo por los moderados dentro de su campo natural de pesca, no sé si tanto por el electorado central del PP, al que no satisface el ardor guerrero.
A veces, oyéndoles hablar, se diría que Piqué anda más alejado del PP hispano que Montilla del PSOE. Paradoja y mundo al revés, Montilla parece un delegado de Zapatero, Piqué un autónomo de Rajoy, no digamos del dúo AZ (Acebes-Zaplana). En términos generales es de agradecer (lo de Piqué), pero veremos hasta qué punto es eficaz. La firma del líder convergente ante notario es una opa nada amable al electorado pepero, así como un reconocimiento al pueblo en general ALCANZARAde que su desconfianza hacia los políticos está bien fundamentada.
De todos modos, si CiU alcanzara su objetivo, conseguir que las izquierdas sumen menos de 68 diputados, la tentación de situar a los populares como rueda de recambio sería poco menos que irresistible (recuerden que Mas no ha descartado los acuerdos concretos o frecuentes con el PP), ya que no tendrían otro modo de evitar convertirse en rehenes de ERC o satélites del PSOE. Si la izquierda no llega a la mayoría absoluta, CiU bailará con todos en el Parlament.
¿Es garantía de buen gobierno, de estabilidad? No, según mi modo de ver. Todo lo que no sean pactos estables, con mayorías cantadas de antemano, puede llegar a ser un avispero. La única garantía de gobierno estable monocolor de CiU sería el hundimiento del PSC el 1-N, que no descarto, combinado en las próximas generales con una victoria rascada, no holgada, de Zapatero. Por otra parte, si están de acuerdo conmigo en que no puede haber buen gobierno si los gobernantes no son los mejores o no están en la banda alta, convendrán que desde el primer gobierno de Pujol no hemos hecho más que retroceder. Cada vez se ha ido a consellers menos preparados, más anodinos, sin currículo, con menor perfil ideológico y peso político. La lista de consellers de los últimos gobiernos de Pujol es que daba grima, la del primer tripartito era aún peor (siempre con alguna excepción, claro); la actual ha conseguido descender. Continuará así, no lo duden. Proseguiremos en la banda baja, sea quien sea el president. Nuestros líderes prefieren mediocridades fieles a personalidades con empuje y capacidad política.
En cuanto al amor por Catalunya, sigo pensando que no se fabrica sino que se disimula más o menos, según el interés. El frío Saura no lo tiene. Mas no lo tuvo (que viene a ser lo mismo). El
Piqué que conocí años atrás superaba a Mas en este capítulo, lo que me lleva a pensar que también disimula, pero a la inversa. Duran sí tiene, los de Esquerra tanto como los Madí, Oriol Pujol, etcétera, pero con menos distanciamiento. ¿Y
Montilla?
He llegado a la conclusión de que Montilla no sólo desprecia el catalanismo en su fuero interno, sino que ha cometido un error que ojalá le salga caro. Ha pensado: ya que el catalanismo está en horas bajas, se juguetea un poco con él, sin convertirlo en eje de campaña.
La Catalunya social que pregona es la Catalunya en la que lo catalán se arrincona (hasta donde se pueda sin levantar ampollas) en aras de la despersonalización del país.
He hablado bastante a favor del primer secretario del PSC, pero ahora que se presenta tengo la casi certeza de que es más andalucista
Chávez que catalanista Montilla.
De todos modos, si algo llega a pintar por sí mismo en la próxima legislatura, tendrá tiempo sobrado de rectificar. Como hemos visto, no será el primero en volverse catalanista movido por el resorte de la ambición de poder.
Acabo manifestando mi posición en un asunto delicado, que afecta a este periódico y a uno de sus más brillantes colaboradores, Xavier Sala i Martín. La entrevista que le hizo a Montilla era una mina antipersonal cuidadosamente preparada y camuflada, en un territorio donde llevamos decenios sin que se detecte una. So pena de incurrir en fariseísmo, no vale decir, refiriéndose a ésa, que Montilla no resiste una entrevista. A cualquiera de nosotros, y desde luego mucho más a Sala que a mí, se nos puede suspender en un examen de conocimientos sobre nuestra cultura. La Vanguardia hizo bien en publicarla, ya que sólo así responde a su tradición secular de respeto total a las firmas que acoge. Acabo de expresar con libertad y sin pelos en la lengua mi cambio de opinión respecto a Montilla. Lo que no debe hacerse es engañar al entrevistado, dejar que suponga espacio de entendimiento donde se esconde puñalada trapera. Sala i Martín no debería hablar nunca más de ética. La moral pública es muy importante.

Escribe un comentario