He pasado unos días en Madrid, aprovechando el viaducto del Pilar (fue algo más que un simple puente), dedicándome a la antigua, y casi perdida, costumbre de ver teatro. Hacía mucho tiempo que no iba a un teatro, porque en Oviedo no hay muchas ocasiones de asistir a una representación teatral en condiciones, es decir, una obra interesante, de autor interesante, y con actores profesionales que hagan rendir los guiones, sacándoles el mayor grado de realidad posible, la mejor adecuación posible al personaje que tienen entre manos, gestos y voces.
En Oviedo pueden verse a menudo compañías teatrales de renombre, que programan, casi en exclusiva, obras del género cómico y que no exigen del espectador mucho más que el pago de la entrada. Por aquí retozan, cada dos por tres, las empresas y producciones de los Arturo Fernández, Pedro Osinaga, Josema Yuste, cuando no recalan en el Filarmónica los Esteso, el Pajares más comercial y vodevilesco, Chiquito de la Calzada, y otros héroes de la escena clásica universal. Al revés de lo que ocurre en Gijón y Avilés, donde es posible ver compañías de prestigio montando obras de autores reconocidos, en Oviedo nuestros gestores municipales de la cultura han apostado exclusivamente por la zarzuela y la ópera, lo que desde luego no está mal, pero es a todas luces (ya que de teatro hablamos) insuficiente.
Cualquiera que vaya a las hemerotecas y consulte la paupérrima cartelera teatral, de los años cincuenta y sesenta en la ciudad, se encontrará una y otra vez con la compañía de Lina Morgan, la de Zori, Santos y Codeso, la de Paco Martínez Soria, la de Carmen Morel y Pepe Blanco degustando cientos de cociditos madrileños , eso sí, con gran éxito de público y crítica. Bueno, pues en 2006 la cosa no parece haber cambiado mucho. Señor, señor, cuando nos llevarás.
En Madrid, le eché el ojo encima a tres espectáculos teatrales que me interesaban mucho, y de los que había oído hablar elogiosamente. El primero discurría en el pequeño teatro Muñoz Seca, antigua sala de cine, como cualquiera puede advertir reconociendo su estructura actual; el segundo tenía lugar en la cafetería del Teatro Madrid, colindante con el complejo comercial de La Vaguada, diseñado - se nota mucho- por el polifacético César Manrique en pleno barrio del Pilar; el tercero, como remate, era el Santiago Bernabéu, el gran teatro de las pasiones inútiles de la España autonómica. A este último fui para que uno de mis hijos lo conociera por dentro, sin público y sin jugadores, porque no era domingo de partido.
LA PRIMERA de las obras a las que asistí fue La Calumnia , un drama sexista en la América de los años treinta, de la escritora Lilliam Hellman, adaptado y dirigido por Fernando Méndez-Leite, con la meticulosidad y oficio que era de esperar en un director tan escrupuloso con las revisiones literarias, servido por dos actrices espléndidas, Fiorella Faltoyano y Cristina Higueras, y con secundarios tan eficaces como María del Puy. La historia de la amistad profunda entre dos maestras, acusadas de lesbianismo por la delación falsa de una intrigante alumna, que saldaba así una serie de inexistentes agravios que su imaginación había urdido. Fueron dos horas intensas de teatro, de gran teatro de tesis, con un público que rebosaba la sala y que participaba, a su manera, con comentarios de una ardorosa ingenuidad, a favor de la honra atropellada de las dos maestras. Fueron dos horas, repito, de teatro de la mejor cepa, de teatro comprometido con las ideas de tolerancia y dignidad humanas. Una pequeña joya, en suma.
La segunda de las representaciones fue muy distinta. El ladrón de columnas es un montaje escénico que descansa sobre textos periodísticos del escritor Juan José Millás, en concreto, sobre sus celebradas columnas literarias en la prensa española. Dudoso, inicialmente, de cuál podría ser el resultado de semejante propuesta estética, se me despejaron todos los recelos cuando se fue dibujando el perfil de un trabajo finísimo de selección de textual, haciendo que ellos -los pequeños textos de cada columna- adquirieran una unidad profunda, de gran rendimiento dramático, gracias a la inteligente dirección escénica de Eduardo Fuentes, y a la sorprendente labor de tres actores espléndidos, que interpretaron los textos millasianos (la ironía, el estupor, la paradoja, el ácido humor, el quiebro lingüístico) con una frescura contagiosa. Una hora de espectáculo, inyectada de elementos escénicos de parentesco teatral, como la danza, el mimo o la magia, dentro de una austeridad de medios que realza la singularidad del trabajo. Un descubrimiento, vaya.
Y, finalmente, una visita al Bernabéu, el gran teatro de la pasión organizada. El impresionante circo de las gradas vacías, con el estremecedor griterío del silencio, la visita guiada al palco de las vanidades (resistí la tentación de sentarme en la butaca del constructor mayor del reino), la visita a los lujosos vestuarios, a la sala de trofeos y a la tienda de símbolos textiles del madridismo, me produjo una sensación contradictoria de fascinación y rechazo. Un teatro sin actores y sin público. Solo una gran superproducción para un puñado de recuerdos y sombras infantiles. O sea, para los efectos, nada.
Álvaro Ruiz de la Peña. Profesor de Literatura.

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