Los presupuesos generales del Estado se aprobaron como si tal cosa. Casi no fue noticia. De cinco enmiendas a la totalidad, sólo quedó en pie la del PP. Se comprende que al día siguiente, en ambas cámaras, arremetieran con enormes afirmaciones, anunciando la rendición y entrega del Estado a ETA. ¿Tanto incomodan la seriedad y solidez de Pedro Solbes? ¿Y su sintonía con Antoni Castells o el saber discutir con Mas y Duran Lleida?
No es cosa de ningún misterio: desde el primer día de Gobierno Zapatero, la opinión pública española supo que la economía quedaba en buenas manos, del mismo modo que, en Catalunya, tranquilizó los ánimos el nombramiento de Castells. Entre Madrid y Barcelona ha prevalecido un clima de confianza respecto a la conducción de la política hacendista. La clase empresarial es lógico que sea suspicaz ante los socialdemócratas. Pero a la vista de experiencias externas, singularmente británicas y escandinavas, más que en las teorías se fija en la capacidad y sensatez de las personas; sin olvidar nuestra dependencia de la marcha de las más potentes economías.
Por fortuna, da la casualidad de que la conexión de hombres como Solbes y Castells y también de expertos cual Joan Colom, con Bruselas, Luxemburgo y Estrasburgo, viene de lejos. Pues allí, en Europa, sus respectivas gestiones les valieron parte del crédito personal. Para mayor solidez, completa la buena fama del cuadro de los hispanos la competencia y autoridad que reconoce la Europa comunitaria al actual comisario Joaquín Almunia.
Se explica, por tanto, que los presupuestos generales del Estado español, considerados responsables por la gran mayoría del Parlamento, resulten asimismo fiables en altas esferas occidentales. Con el añadido de que las autoridades españolas han decidido, por fin, dar la batalla a las corrupciones inmobiliarias que ennegrecen el mapa peninsular y de los archipiélagos. La culpa, en buena medida, se atribuye a las mafias fraudulentas que aquí han econtrado mayores facilidades aún que en otras partes, donde pecaron de permisivas e irresponsables.
En definitiva, todos los gobiernos viven sujetos al confusionismo creado a propósito por grandes poderes ultracapitalistas sin fronteras. Ello no es óbice para contrapesar la labor destructiva y de torpedeo del sistema democrático al que obedecen los sembradores de alarmismos, en un afán de reinstalar regímenes autocráticos.
Se trata de un combate sin fin, entre extremistas y gentes moderadas antidemagogas y defensoras del Estado de derecho. Que las hay, igual en el centroderecha que en el centroizquierda, y entre infatigables emprendedores partidarios de la iniciativa privada, que entre profesionales progresistas. En el Círculo de Economía que acaba de trasladarse a una sede de mayor amplitud, se dan cita más de un millar de socios que dan ejemplo de la conciencia de economía justa y social que anida en nuestra sociedad. Pervive el espíritu del gran Vicens Vives.

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