Carisma, ¡qué palabra ésta! Tanto he oído hablar de ella que he consultado el diccionario etimológico para enterarme de sus raíces y su sentido. Resultado: del griego khárisma,que quiere decir gracia.

En estos días de campaña electoral se van diciendo muchas cosas por parte de los distintos partidos políticos que concurren a ella y oigo comentarios de la gente con respecto a los líderes de si tienen o no tienen carisma, de si arrastrarán a la gente a votar o no, de si su personalidad infunde confianza, en una palabra, de si tienen carisma. Pues no sé, si me remito a lo que define el diccionario, es evidente que el panorama no resulta muy carismático. Realmente, en unas elecciones, no sé qué es lo que induce a votar a la gente, a participar en sus propios gobiernos aunque sea solamente a través de su elección. Los discursos que se pronuncian en campaña tienen algo de carpa de fiesta mayor,como si se anunciara un programa de fiestas locales; se dice, se promete, se censura al oponente, se ensalzan las propias virtudes con una cierta preponderancia, como si se estuviera en posesión de toda la verdad, lanzando improperios contra los adversarios políticos. Tal vez eso sea la inevitable política al uso, lo que seguro que no es, es la gracia.

Y sin gracia no hay carisma. Me remito a una descripción que hace Simone Weil en su obra La gravedad y la gracia:"No ejercer todo el poder de que se dispone es soportar el vacío. Ello va en contra de todas las leyes de la naturaleza: sólo la gracia lo puede conseguir. La gracia colma, pero no puede entrar más que allí donde hay un vacío para recibirla, y es ella quien hace ese vacío".

Ya sé que eso puede sonar a música celestial para los que manejan los poderes o las cosas, pero la gracia tiene que ver con esa música más que con las arrojadizas versiones de la gestión del poder. Tal vez, si los candidatos a las elecciones no formasen parte del lenguaje de los desafueros, tal vez si sus palabras fuesen más de conciliación y consenso que de enfrentamiento, tal vez si creyesen en los acuerdos más que en el vencer de manera absoluta, tal vez... la gracia podría filtrarse tenuemente entre sus rendijas, soportando los vacíos, reconociendo los límites, permitiendo una versión carismática de los engranajes políticos para que las gentes se sintieran más escuchadas que manipuladas, más recibidas que manejadas; en otras palabras, las personas tenidas más en cuenta que la dirección de su voto.

Y es que trabajar en la política requiere modestia, se trata de gestionar de una manera ética las prioridades de las cuestiones del vivir como son el trabajo, la educación, el cuidado de la salud, la vivienda, la inmigración, la protección de los más débiles, y todas las cosas que se derivan de ello. Es trabajo, no aparador ostentoso; es servicio a la colectividad porque es su dinero y esfuerzo y no la utilización de los recursos de todos para beneficiar tan sólo a unos cuántos; es contener lo que vaya surgiendo con serenidad, buscando nuevos senderos para las nuevas cosas. Y en ese trabajo no cabe esa falacia de la identidad catalana como una denominación de origen ya que ése es un país donde entran y salen personas desde siempre y entre todas ellas lo hemos construido, sea cuál fuere su lugar de nacimiento. Como en muchos otros lugares del mundo existe un bilingüismo enriquecedor y unas costumbres que también se hallan sujetas a los cambios que conlleva el paso del tiempo.

El trabajo político no se trata, pues, del honor y la gloria, sino del trabajo sobre las cosas nuestras de cada día. Creo que si los líderes entendieran eso a fondo quizás sus discursos serían más cercanos a lo real y quizás, con más humildad, habría un poco más de vacío por donde pudiera entrar tal vez, la gracia, eso es, el carisma.