El actual escenario energético europeo, caracterizado por la intensificación de diferentes maniobras políticas y corporativas de gran envergadura, evidencia un predominio del interés económico que por su unilateralidad puede perjudicar logros y esfuerzos de política exterior que se han alcanzado en aspectos diplomáticos, políticos y sociales.

Los actores en este escenario son la UE, la especial relación bilateral ruso-germana, el nexo París-Berlín como protagonista destacado en Bruselas, la expansión económica rusa hacia Europa y el proceso de consolidación, integración europea y desarrollo general de los Estados del Este de Europa.

Todo ello se enmarca en un entorno de inestabilidad de los mercados energéticos, en especial, a causa del alza de precios en los hidrocarburos y de los conflictos y tensiones vinculados a Oriente Próximo e Hispanoamérica.

En cuanto a la relación entre París, Berlín y Moscú, aunque la dependencia alemana del aprovisionamiento energético ruso contrasta con las importaciones francesas de suministros procedentes del Magreb, señales políticas como la reciente reunión de mandatarios ruso-franco-germanos –con el sintomático precedente de las celebraciones del aniversario de Kaliningrado en el verano de 2005– inciden en el auge de este vector eurocontinental de alcance ciertamente estratégico.

Esta situación se ha entrecruzado en el ámbito energético con ciertas injerencias políticas en el campo empresarial y con algunos efectos derivados de la ausencia de reciprocidad en las legislaciones estatales dentro de la UE, constituyendo un riesgo para la estabilidad y el principio de solidaridad intraeuropeo.

En el último año, Rusia ha reforzado su protagonismo como suministrador energético. También está logrando penetrar con fuerza en nuevos escenarios, lo cual se evidencia en el acuerdo de Gazprom con E.ON y BASF en Alemania –cuyos efectos se proyectan hacia España en el caso de la presión sobre Endesa–, así como en las negociaciones con Sonatrach en Argelia, que es también un gran suministrador gasístico europeo.

Dichas actuaciones coinciden con la entrada de Rusia en otro mercado europeo de especial sensibilidad, como es la alta tecnología con aplicaciones de defensa; así, la adquisición de una participación de EADS por parte de capital ruso se ha planteado manteniendo a su vez su programa de expansión internacional a través de Rosoboronexport.

Sin embargo, diversos factores muestran una persistente heterogeneidad de sistemas y doctrinas económicos entre Rusia y la UE. En este sentido, no debe olvidarse que Rusia todavía no ha ratificado el protocolo de tránsito y la carta de energía, sin liberalizar ni descentralizar su mercado energético.

Las medidas conducentes a subsanar esta herencia reminiscente del pasado supondrían favorecer la interacción Rusia-UE en su relación energética. Por otra parte, quienes pudieran ver una alternativa a ello en la posible alianza energética sino-rusa olvidan que ésta no parece que pueda constituir una realidad a corto plazo, por lo que el suministro a Europa continuará siendo protagonista de las exportaciones rusas en los próximos años.

La estrategia energética europea no ha de obviar a los denominados países del Este. Los Estados del espacio ex soviético necesitan respaldo por parte de la UE para fortalecer su independencia y su desarrollo, lo cual no puede sino beneficiar a la economía europea en su conjunto, así como a la propia relevancia institucional de la UE. Los Estados del Este de Europa pueden suponer un elemento de equilibrio en la relación de dependencia energética ruso-europea.

Cobra ahora mayor intensidad el concepto de diplomacia de la energía, el cual, desde la UE, Polonia y los tres Estados bálticos –Estonia, Letonia y Lituania–, pueden implementar conjuntamente coordinando sus políticas con otros países del Este de Europa y del Cáucaso Sur, vinculados a las fuentes de energía en torno a los mares Negro y Caspio.

El principal problema radica en que los países del entorno ruso carecen de capacidad financiera para acometer los proyectos de infraestructuras energéticas. Por ello, la UE debe combinar su política energética con la ayuda económica para robustecer la estructura energética de tales países.

Existe el peligro de que, por causa de una política energética individualista o carente de coordinación europea, se perjudique gravemente la entidad de dichos Estados, así como, en definitiva, se dañe la propia fortaleza interna europea y la credibilidad de la UE como actor global.

Dependencia

En Europa del Sur, España, Portugal e Italia adolecen también de dependencia nacional de fuentes energéticas, pero, al tiempo, se posicionan alejadas del vector del suministro ruso.

En este sentido, dichos Estados pueden suponer un contrapeso de decisión sobre política energética en el seno de la UE si logran coordinar sus programas con los Estados del Este de Europa, siguiendo una agenda energética bajo directrices de auténtica cohesión europea. A ello debe añadirse la necesidad de su compromiso en el desarrollo de infraestructuras energéticas, potenciando la inversión exterior y las fuentes alternativas como el bioetanol.

El devenir de la agenda europea energética durante el próximo año 2007, junto con el grado de apoyo de la UE a los avances político-económicos en los Estados del Este de Europa –tanto integrados en la UE como no– patentizarán la redistribución de los espacios de influencia rusa y comunitaria y marcarán el ritmo del desarrollo de dichos países. Todo ello será un elemento que afectará el proceso de consolidación de la UE como actor cohesionado e independiente.

Rafael José R. de Espona. Cónsul honorario de Lituania.