Ayer se escenificó en el Parlamento la ofensiva anunciada el lunes por el secretario general del PP, Angel Acebes, contra la aproximación del Gobierno a ETA y Batasuna. Visiblemente molesto por el calibre de los ataques, que en realidad no son nuevos, el presidente Zapatero, en una apelación que tampoco es nueva, invitó al PP a reflexionar sobre el uso partidista de la política antiterrorista.
Tiene sus puntos débiles la operación del Gobierno para terminar con ETA. En este rincón de El Confidencial se han comentado en numerosas ocasiones. Puntos débiles y, en mi modesta opinión, graves errores de planteamiento. Sobre todo, estos tres: el primero, embarcarse en la operación sin tener el apoyo o la complicidad del PP, como pilar derecho del sistema; el segundo, fiarse de unos individuos moralmente despreciables: los terroristas y quienes les apoyan, y el tercero, tratar con ETA y Batasuna sin imponerles previamente, como condición innegociable, que el objetivo de los tratos es alcanzar un cese de la violencia sin retribuciones políticas, como Navarra, el marco político o la autodeterminación.
Pero de esas objeciones, razonables, discutibles en todo caso, argumentables y compartidas por muchos dirigentes políticos, tanto del PSOE como del PP, no se puede derivar una sospecha tan brutal como la formulada ayer por el líder del PP, Mariano Rajoy, cuando acusó desde el escaño al presidente de encaminarse "hacia la rendición del Estado democrático ante una organización terrorista".
El portavoz del PP, Eduardo Zaplana, complementó luego la enormidad de Rajoy al acusar a Zapatero de haber practicado el "vale todo" para alcanzar el poder y seguir practicándolo para mantenerse. Si esa pedrada verbal no encubre la enésima alusión a la masacre del 11-M como la gran palanca del PSOE para conquistar la Moncloa, que me perdone Zaplana, pero eso parece.
La cosa venía caliente desde por la mañana en el Senado, donde el portavoz del PP en la Cámara Alta, alguien habitualmente tan sensato como Pío García Escudero, afeó la condición moral de un partido, el PSOE, capaz de estar negociando con ETA mientras los etarras asesinaban a un militante de ese mismo partido, en alusión al atentado que costó la vida a Joseba Pagaza en febrero de 2003 en Andoain (Guipúzcoa).
Suma y sigue. Rajoy sabrá lo que hace. Habrá echado sus cuentas sobre la estrategia que cala mejor en la opinión pública. Se supone que el estado mayor del PP ha decidido que la soflama es rentable ("traición", "claudicación", "entreguismo", "rendición"). Se trata de apostar por la sospecha de que los españoles creemos en serio que el Gobierno de la Nación se ha puesto de rodillas ante una banda terrorista, mientras en la otra parte queman sedes oficiales del PSOE, hablan de "bloqueo" y se quejan de la represión del Estado contra sus militantes.
Sin embargo, uno piensa modestamente que la actuación parlamentaria de los dirigentes del PP rebasó ayer los umbrales de lo tolerable en la reprobación de los planes de Zapatero para acabar con el terrorismo.

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