Esta semana hemos recibido un llamamiento para levantarnos contra la pobreza. A pesar de las grandilocuentes declaraciones de los países ricos, los objetivos fijados por la ONU para erradicarla están muy lejos de cumplirse en los plazos comprometidos. La pobreza es una forma de violencia extrema. Afecta a mas de tres mil millones de personas; pero aún en ella existen diferencias de raza, origen y sobre todo de género.
Las mujeres y las niñas no disfrutan de acceso igualitario a la educación, a los medios de producción y la propiedad y control de los bienes, y padecen de forma endémica la falta de igualdad de derechos dentro de la familia y de la sociedad. No es un problema exclusivo de los países en vías de desarrollo.
A partir de la década de los ochenta el número de familias monoparentales -mejor diríamos monomarentales- ha venido en continuo aumento y son éstas las que ingresan en mayor medida en las grandes bolsas de pobreza de nuestras urbes. El tercero de los objetivos del milenio hacía referencia a la igualdad entre los sexos en la educación primaria y secundaria. La fecha límite, el año 2005. Sin embargo, del total de menores sin escolarizar en el mundo, el 60% son niñas y dos tercios de los más de ochocientos millones de analfabetos son mujeres. La dedicación de las niñas desde la más tierna infancia a las tareas domésticas justifica en muchas sociedades la exclusión de las niñas del ámbito escolar puesto que las familias se representan como una mala inversión el gasto en educación de quienes ya tienen un rol definido. Las expertas alertan sobre el círculo vicioso que genera la exclusión de las mujeres del mundo educativo. Los niños que crecen en la pobreza a menudo resultan afectados de manera permanente por la falta de alimento y de oportunidades.
Pero además, la pobreza alcanza también a las mujeres en los hogares que son excluidos, por ingresos, de la bolsa de pobreza general: ellas recibe menos para comer, obtienen menor atención en salud y educación, usan vestimenta más pobre, gozan de menos tiempo libre o tienen menos control sobre la economía familiar. La pobreza, pues, va adquiriendo rostro de mujer. Sólo nos queda esperar que, como en muchos otros problemas que nos afectan, esto no sea un motivo para que cunda el desánimo en el propósito de erradicarla.
Rosario Hevia. Magistrada.

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