La 'pasa' que no deja de pasar, de Cristina Peri Rossi en El Mundo de Cataluña
La mitad de la población de Barcelona está afectada por la pasa, un virus que ataca a la faringe y a los intestinos, y la otra mitad está a punto de contraerla, porque es muy contagiosa.
El nombre es muy ilustrativo: la pasa se pasa de uno a otro; mi portero me dijo que esta noche se va a dormir a un hotel porque su esposa, su hija, su padre y su suegra la tienen. Dudo que pueda llegar al hotel: al rato estaba con náuseas y mal color.
Yo también la tengo; es más, no recuerdo un solo octubre en Barcelona en el que no la haya tenido. Pero la pasa no pasa sólo en octubre: también se puede tener en otras épocas, porque en esta contaminada ciudad es endémica. No sólo vivimos en una ciudad donde el metro cuadrado construido es uno de los más caros de Europa con relación al nivel adquisitivo (es decir, al sueldo), sino en una de las más húmedas y contaminadas. La deliciosa combinación de ambas cosas forma un caldo de cultivo ideal para la reproducción de este virus que, además, tiene una altísima tasa de natalidad, no como los españoles que hemos aprendido a usar el condón o simplemente hemos dejado de hacer el amor, estresados por la hipoteca, los estatutos y la televisión basura.
Como la medicina nunca fue una ciencia ni exacta ni inexacta, quien padece la pasa (usted, yo y casi toda la población de la ciudad condal) puede seguir las instrucciones de su médico y tomar antibióticos y hacer dieta, o todo lo contrario: no tomar antibióticos y hacer dieta. Según qué médico de la Seguridad Social le toque en suerte, le dirá que no es conveniente tomar antibióticos, ineficaces para curar la pasa, hasta que usted o yo, que llevamos una semana de pasa que no pasa, llamemos a otro médico, quien nos dirá, con aire reprobador: «¿Cómo es que no ha tomado antibióticos desde el principio?». Porque los médicos difieren mucho en la especialidad o en los tratamientos, pero todos se parecen en algo: en culpar al paciente de lo que le ocurre. Si tomó antibióticos, usted tiene la culpa de la diarrea (efecto colateral), y si no los tomó de que la infección no remita.
Un médico amigo mío sostiene que el problema, cómo no, son los pacientes que se han vuelto muy impacientes. Dice que antes la gente sabía aceptar las enfermedades con más resignación, que ahora todos quieren estar sanos.
El médico me mandó a la cama en el sentido menos concupiscente del término, y me di cuenta de que verdaderamente debía de estar muy mal de salud, porque encendí el televisor.
Yo tengo el televisor en el dormitorio no para dejar de hacer el amor, como muchas parejas, sino para casos de enfermedad.Pero es inútil: en cuanto consigo que los ojos dejen de lagrimear por el catarro, me pongo a leer un par de libros que hay en la mesilla.
Es lo bueno de la pasa: me pone al día con la literatura. Mientras no pasa, leo la última novela de Antonio Muñoz Molina y el último libro de Juanjo Millás. Entonces, deseo que la pasa no pase.
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