Anda el personal aún traspuesto tras el espectacular movimiento orquestal pergeñado por el singular Luis del Rivero en Repsol YPF, al tiempo que los expertos devotos del análisis por fundamentales vagan como alma en pena por los riscos de la perplejidad, la sangre manando a borbotones por las venas abiertas en canal de la duda metódica. ¿En qué me habré equivocado yo? ¿Qué hice mal durante mi paso por Wharton? ¿Qué lectura académica esencial me perdí en Stanford para no entender ahora nada de lo que está pasando? ¿Es que estamos todos locos...?
Es la pregunta del momento en España. Y es que de nuevo España asombra al mundo, hasta el punto de que las más reputadas escuelas de negocio tendrán que enviar a Madrid un día de estos a sus mejores expertos para que se enteren de lo que vale un peine como un caso de grande, que los tiempos no están cambiando, querido Dylan, es que están patas arriba.
Es verdad que razones de fondo se pueden esgrimir bastantes a la hora de tratar de explicar el tsunami de las empresas constructoras –“de infraestructuras”, prefiere decir un amigo que trabaja en una de ellas- que ha invadido el sector energético español cual mancha de aceite: que si la necesidad de diversificar el negocio; que si la desaceleración de la construcción; que si las vacas flacas de la obra pública; que si los constructores, en la estela del gran maestro Floro, son expertos en el trato con los poderes públicos... y otros argumentos de parecido porte.
Pero, ¿qué ha pasado aquí? ¿es que alguien con mucho poder, un inesperado deux ex machina ha tocado el claxon y todos se han aplicado en tropel a tomar posiciones a la carrera, como si de una rifa se tratara? ¿Por qué pasa lo que está pasando este otoño y no el anterior? Más curioso aún resulta el fenómeno si se repara en que todas las operaciones registradas desde el 25 de septiembre siguen la misma pauta de conducta, reproducen el mismo formato: todas son tomas de participaciones financiadas a crédito –sin recurso- y por el mismo banco, el Santander de Emilio Botín, convertido en el auténtico banquero del Régimen.
De semejante operativa se infieren algunas conclusiones, la más evidente, a la par que alarmante, de las cuales, es la existencia de connotaciones políticas muy peligrosas para la ya precaria salud de nuestra democracia y los zarandeados derechos de los consumidores. Es verdad que en el mercado hay quien sostiene que la debilidad de este Gobierno es tal, su bajo nivel de cualificación tan evidente, que el mundo del dinero le ha perdido el respeto al poder político y se ha puesto a hacer negocios a calzón quitado, acogido al viejo ¡ancha es Castilla!
Pero esa es una explicación que no resiste la prueba del algodón de siglos de sometimiento –interesado, cierto- del mundo del dinero al poder político, por más que ocasionales March o Romanones hayan sido capaces de invertir coyunturalmente la tendencia. Y lo que está pasando, desde el punto de vista del poder político, es que el Gobierno del señor Zapatero ha llamado a capítulo a cuatro o cinco señores, los ha sentado con un banquero, les ha convidado a pastas con chocolate espeso y los ha conminado a salvar a la patria, asegurar la españolidad de unas empresas cuya mayoría del capital está desde hace tiempo en manos de fondos de inversión extranjeros. A cambio, el visto bueno para que el ramillete de los elegidos y sus próximos, a golpe de información confidencial, eleven a la enésima potencia sus ya ingentes fortunas. ¡Especulad y enriqueceos, malditos! La colusión entre política y negocios, tradicional desgracia histórica española, en su más espléndida versión.
No sé por qué, o tal vez lo sé demasiado bien, lo que está ocurriendo estos días se parece como dos gotas de agua a lo sucedido a finales de los ochenta y principios de los noventa, bajo la égida de Felipe González, con aquel ministro, ahora en faenas de intermediación con cargo a E.ON, diciendo aquello de que España era el país de Europa en que más rápidamente podía uno hacerse más rico. El Gobierno como cómplice necesario en los grandes pelotazos del momento. Antes y ahora. Una realidad que de nuevo se hace evidencia, y es que, en el fondo, el socialismo se entiende mucho mejor con los ricos que cualquier derecha liberal que trate de ser fiel a su ideario de respeto al mercado.
Lo único que ha cambiado es que los modestos millones de pesetas de entonces se han convertido en estratosféricos millones de euros. Y que los tipos de interés rondan hoy el 3%, mientras entonces andaban por el 15%, una diferencia nada sutil que explica el por qué las constructoras se han convertido en una especie de hedge funds, apalancadas al máximo, convencidas en el fondo de que jamás van a tener, porque no iban a poder, devolver el principal, y que en el juego de los sobreentendidos no tendrán más obligación de atender al pago de los intereses generados por eso que ya llaman “deuda perpetua”.
“¡Pero esto no puede acabar bien...!”, gritan por las colinas de la desesperación conceptual los amantes del viejo orden, ya saben, esos locos que aún sostienen que el nivel de endeudamiento de una sociedad no debe sobrepasar un determinado porcentaje de sus recursos propios. Es obvio que los grandes barones de la construcción y sus secuaces van a tratar de rentabilizar esas inversiones, y es también obvio que en sectores regulados tan aviesa intención acabará aflorando en la tarifa, es decir, en el bolsillo del consumidor. Pero, envueltos en la bandera española como estamos, ¿a quién puede eso importar?

Escribe un comentario