EL RUNRÚN
Una definición mínima del término cultura sobrepasaría el espacio que este diario le concede cada día a la sección homónima. De hecho, no cabría ni en toda La Vanguardia de hoy. Eso no quiere decir que todo sea cultural ni que la creatividad deba ser valorada a través de un sucedáneo de la sociología, pero incluso Bru de Sala y sus virtuales interlocutores culturalistas saben que una cultura carece de interés si, cada cierto tiempo, no le queda pequeño el traje que la convención le otorga. Hace años le oí decir a Oriol Bohigas que el Departament (y el Ministerio) de Cultura no debería crecer sino multiplicarse. Es decir, salirse de madre, desmaterializarse y colonizar a todos los otros: Justicia, Industria, Comercio. Me temo que nunca sabremos si funcionaría el invento, pero en cambio constato que aquí, entre los creadores de los sectores a los que la convención social otorga patente de culturales, casi nadie se sale nunca de madre. Digamos que las principales cuitas son por las cuotas de dinero (público) que su gremio es capaz de atraer. De vez en cuando, eso sí, aparece la palabra industria asociada al adjetivo cultural sin ese deje de oxímoron pornográfico que provocaba décadas atrás. Hoy son dos vocablos acoplados con un orgullo digno del mundo gay: todos afirman estar a favor de la industria cultural como quien dice del matrimonio homosexual, bendicen su unión y aceptan que se den un piquito, pero cuando del piquito se pasa al morreo y del morreo al magreo el termómetro de la tolerancia desciende bajo cero.
Por eso, es de justicia que los autoproclamados culturalistas tengan en cuenta a Sánchez Piñol, Baulenas o Galceran en nombre de la industria cultural. Los autores de La pell freda,La felicitat o El mètode Grönholm han protagonizado, desde la literatura catalana, éxitos de una dimensión industrial impensable diez años atrás. Sobre estos mimbres, y no sobre teorías abstrusas, se construye la difusión internacional. Yo no sé si Gimferrer, Porcel o Monzó recibirán algún día un merecido Nobel. Vendría que ni pintado como colofón de Frankfurt 2007, claro, pero puede que el poder nobelístico no esté por la labor. El presente inmediato es, por ejemplo, que Jordi Galceran estrena su nueva obra Carnaval en el Romea, dirigida por Sergi Belbel. Teatro de suspense tan brutal como Paraules encadenades que tiene todos los números para seguir la estela imbatible de El mètode Grönholm,representada simultáneamente en decenas de teatros de todo el mundo. Galceran recibe constantes propuestas de montaje que en teoría debería promover y gestionar la Sociedad General de Autores y Editores hasta el punto de adjudicar la G de SGAE a Grönholm Galceran. Y no. Según Galceran, la SGAE vive pendiente del gremio musical, y en teatro se limita a cobrar los derechos de autor, quedarse su parte con eficacia funcionarial y repartir el resto. De representar, nada de nada. De promover, menos aún. Y eso con una obra que todo el mundo busca. ¡Cuántas obras apetecibles estarán durmiendo en sus archivos! Por eso Galceran ha decidido retirar sus obras del manto protector de la omnipotente SGAE, transformada en GAES a fuerza de hacerle oídos sordos al teatro. También la ley del matrimonio gay obligó a regular el divorcio.

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