Aún recuerdo cuando Jorge Herralde (el editor que descubrió y cuidó a Alvaro Pombo) nos instaba a él y a mí -vistas nuestras charlas en el programa televisivo que dirigió Manuel Hidalgo- a postularnos como cómicos de la legua o a hacer bolos duales, conferencias al alimón y cosas por el estilo, muy teatreras...

No toca hablar de mí, pero es bien cierto que Pombo tenía una espléndida veta histriónica, que le da un dickensiano aire de profesor chiflado que, al socaire del bufón, le permite a su modo soltar y cantar las verdades del barquero. Alvaro Pombo es un católico heterodoxo, un heterodoxo homosexual porque, entre otras cosas, no le gustan las bodas gays (preferiría «las bodas de la semejanza») y casi ya un escritor heterodoxo, pues no escribe, sino que dicta -y pule- igual que hacía Marco Tulio con su esclavo ilustrado.

Pombo tiene un sabio aire locatis y una puesta en escena propia (menos cada vez) de un temperamento fogoso y sanguíneo. Ama la filosofía y la poesía, pero ante todo es un narrador preocupado por la hondura y el pulso de la prosa. A menudo, en sus discursos teóricos, se va por los cerros de Ubeda, pero es mejor porque la momentánea pérdida de la claridad le lleva cerca del monólogo interior o de la afortunada digresión del pensamiento lírico. Ha escrito novelas regulares y otras muy buenas, como El metro de platino iridiado o Contra natura, verbigracia. Yo le quiero a Pombo porque conozco que sus ásperos momentos de cántabro mal romanizado esconden una gran ternura, un cierto infantil desamparo -como el mío- y ese portentoso afán de no pedir nada menos que lo que un filósofo llamó -en la vecindad de Schopenhauer- «los años salvajes de la filosofía»: claridad, razón, fortaleza, equilibrio, sin pesimismo en su caso.

Pombo posee el don (poco filosófico pero muy novelístico) de tener un privilegiado oído para el discurso popular y, más en particular, para la charla de las mujeres. Por ello, refleja tan bien -y parece que vuelve a hacerlo en la novela galardonada- el decir de la mujer media, esa «maruja» que tanto ha avanzado y tan por delante va, pese a ciertos tics antiguos. Histrión, académico, gay, lo mejor de Alvaro Pombo está en su modo de contar, callejero e intelectual al tiempo, y en su generalizada heterodoxia.

Dice García de la Concha que las reuniones de los jueves en la Academia a lo que más se parecen es al palique de un club inglés. Eso le encantará a Pombo, que aprecia también un oporto al caer la tarde. Con todo, ojalá sea también en ellas un poco díscolo y gamberro, como lo éramos juntos en aquella tele del pasado, que hoy, visto lo visto, se diría la Crítica de la razón pura. ¡Quién nos lo iba a decir cuando temíamos estarnos dando a la plebe!

El Planeta (con sus sombras) ha acertado de lleno con el amigo Pombo, alto novelista y estupendo actor de sí propio. Él, igual que Hegel, conoce de sobra que «el mundo es un silogismo cristalizado». El pensamiento quiere resolverlo, la novela entrar dentro del vidrio. Como Pombo, el cántabro que se añora romano.

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