Se cumplen 50 años de la muerte de don Pío Baroja y, cumpliendo con eso, los libreros madrileños, barojianos, a quienes dediqué mis primeros artículos, porque eso me parecía muy cosmopolita y parisino, el Ayuntamiento de Madrid vuelve a inaugurar las casetas de compraventa que hace pocos años derribó. Aquello era barojiano, pero esto también, porque los quioscos donde robaba libros González Ruano nos devuelven a la orilla del Sena, donde yo me compraba libros carísimos en francés sin saber francés.

Eso ha sido toda la vida de uno: ir siempre por delante en la literatura y en la vida para no quedarse uno atrás, pero el exceso de prisa mata la curiosidad y se come el dinero. Ultimos tiempos de don Pío, cuando escribía su última novela, inédita, y así la dejó, que es como sigue. Pero ahora se va a reeditar porque Baroja es el más vivo del 98, el que más se lee o el único, y contra esas manías del tiempo no hay nada que hacer. A mí Baroja sigue pareciéndome malo, con boina y sin boina.

Felices 50, reificados en los NO-DO de Pedro J. Ramírez, que los vivió más a tiempo que nosotros, porque los vivió en Nueva York.

Una mañana se presentaba en casa de Baroja, que escribía siempre a puerta abierta, un joven de trinchera azul con máquina de escribir y pinta de rico:

- No puede ser, don Pío, que usted siga escribiendo a mano, a su edad y con su letra. Me he traído sus originales y sus inéditos para ponerle a máquina todo lo que tenga por ahí. Venga, a ver.

Marino Gómez-Santos se nombraba a sí mismo secretario particular de don Pío. Ya hemos dicho que fue y es el más vigente del 98. Uno cree sencillamente que es el más fácil y por eso el más leído. Ahora, con 50 años más encima, quieren hacer de él un Balzac con boina. Pero lo más barojiano de don Pío no era él sino la estela de libros viejos que exhibía en la calle de al lado, donde vivía. En aquellos años de horda masónica quedaba muy esnob darse un paseo por la Cuesta de Moyano viendo libracos de los pornos de los años 20, en una especie de peregrinación o cola como la del Cristo de Medinaceli, pero al revés. En los días feriados bastaba para santificar el domingo frente a la otra cola. Todavía he visto el Jardín Botánico, que hace de contraportada de Moyano, desde casa de Ymelda Navajo, que ahora vive allí, con lo que sale un conjunto de periodismo y literatura que tiene por contrachapeado común las bellísimas ilustraciones de Los miserables.

Vuelven las románticas y simbolistas de París, como apuntaba yo aquí el otro día, vuelven, pero en plan desgarre, que a Baroja le hubiera molestado mucho, porque era un misógino que no se limpiaba las uñas. Marino hizo luego un libro puntual sobre el viejo maestro, que se escribía mayormente con Marañón, porque los otros escritores le daban asco, sobre todo los que no se limpiaban las uñas, que, hasta la llegada de la República, eran los más. Baroja, hoy, hubiera visto que todo está igual, pero no parece que fue ayer sino un conjunto de rascacielos y sindicatos. Hablo con Ymelda de todo esto. Ella está enferma en la cama y entre los dos hemos perdido un juicio en Barcelona. Eso ya no es nada barojiano.