ÁLVARO Pombo es, jugando con sus propios matices para las palabras, un escritor más verdadero que verosímil. No se limita, como la mayoría de sus compañeros de generación, a contarnos historias más o menos apasionantes, sino que las rellena de pensamiento y vuelve, dicho sea con ánimo laudatorio, a la novela filosófica que cursó un par de generaciones anteriores a la suya y que, en más o en menos, bebió en las fuentes de Miguel de Unamuno. Pombo es un escritor para escritores, la destilación exquisita de la creación literaria, y por ello sorprende que los grandes tenderos españoles del libro le hayan concedido el premio Planeta de este año.
No hablo de méritos ni relevancias. Camilo José Cela y Mario Vargas Llosa, entre otros escritores de respeto, preceden a Pombo en la lista de los Planeta. Ninguno de ellos figura en las tablas del éxito comercial, ni en los puntos más altos del escalafón de la más mercantil de las editoriales. Pombo, escritor de enjundias envueltas en una prosa tan brillante como difícil, es uno de los escritores «de culto» que parecen reservados a las minorías y que no caben en una edición que necesita vender un cuarto de millón de ejemplares para cubrir, malamente, su cuenta de explotación.
Con la autoridad que me confiere el no haber concurrido a ningún certamen periodístico o literario, opino que los premios han dejado hace mucho tiempo de ser estímulo para la creación y se han convertido en publicidad descarada y gratuita para sus promotores. Todos los medios españoles, audiovisuales e impresos, le dedicaron ayer grandes espacios al nuevo Planeta. ¿Por qué? Donde está el acontecimiento que, dicho sea de paso, conocíamos en su pormenor hace, cuando menos, una semana. Son generosas páginas de publicidad de un producto mercantil que los editores regalan, sin coste y sin IVA, a uno de los suyos. Algo que entra en su derecho; pero que puede confundir, y confunde, a un público desorientado que, con gran facilidad, puede ver churras en lo que son merinas.
Aguardo el momento de poder leer este último libro de Pombo y espero disfrutarlo tanto como los anteriores. Por eso me extraña su aparición en Planeta, en un mercado literario que anda más cerca de la Feria de Ganado de Torrelavega -valga la comparación en homenaje a la presencia cántabra en la obra de Pombo- que a los supuestos clásicos de elevación al Olimpo. No olvidemos que la ganadora del año pasado fue María de la Pau Janer. Quizá, también en la literatura, convendría trazar una línea, no necesariamente rígida, entre los valores auténticos y los de consumo. En algunos pocos casos coinciden a pesar de los esfuerzos y mistificación con los que algunos editores sacan adelante su industria, no siempre bien llamada «de la cultura». No todo lo que se encuaderna es un libro y Plutón ya no es planeta.

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