CUANDO Adolfo Suárez dijo su recordado «puedo prometer y prometo», no necesitó notarios que dieran fe de su compromiso con la sociedad. Era su promesa electoral, y punto. Ahora parece que los políticos tienen más decaída su credibilidad y están obligados a ser efectistas. Esperanza Aguirre adquirió el compromiso de reducir las listas de espera, con la contrapartida de dimitir si no lo conseguía. Y ayer, Artur Mas acudió a una notaría a firmar sus compromisos, y dice que así los ciudadanos le podrán exigir cuentas y responsabilidades.

¿Qué hacemos ante ese gesto? ¿Lo aplaudimos o lo tomamos de cachondeo? Personalmente, lo aplaudo sólo por dos razones: porque es imaginativo y anima la campaña, y porque demuestra un sentido contractual de la petición de voto. Hasta ahora parecía que las promesas electorales se sembraban a voleo: la que caía en tierra fértil, fructificaba; la que caía en terreno estéril, se olvidaba. Y hubo un líder, Tierno Galván, tan cáustico que dijo en frase inolvidable que las promesas electorales «están para no ser cumplidas». Artur Mas demuestra, como mínimo, que tiene voluntad de cumplir.

Pero también lo tomo a cachondeo, porque sospecho que sólo se busca el impacto. En el fondo, cuando un político se ve obligado a buscar la garantía notarial, está confesando una oscura desconfianza en el sistema parlamentario. Al ciudadano no hay que pedirle la adhesión a un proyecto, porque ya la otorga con su voto. Y la medida del cumplimiento se juzga en las elecciones siguientes. El auténtico despacho notarial está en las urnas, tanto para formalizar la adhesión como para hacer pagar las frustraciones. Eso es la democracia. Si hay que acudir a una notaría para ganar crédito, es que las instituciones y mecanismos del sistema no sirven y la palabra política no es sinónimo de confianza .

Y sólo Dios sabe la cantidad de error que se contiene en su otro compromiso de «no firmar ni establecer ningún pacto permanente o estable con el PP para gobernar en Cataluña la próxima legislatura». ¿Cómo se puede asegurar eso? ¿Quién le dice que de un pacto con el PP no dependerá que en Cataluña se haga una política radical de izquierda, si así lo impone Esquerra a Montilla? ¿Es más peligroso pactar con un partido democrático como el PP, atrayéndolo incluso a aceptar el Estatuto, o permitir que vuelva a gobernar el tripartito que, según su famoso deuvedé, ha sido un desastre para Cataluña? Y, sobre todo, ¿qué cantidad de posibilidades de poder arroja por la ventana? Todo esto es una ficción para buscar el voto más catalanista, que suele castigar a CiU cuando se aproxima a la derecha estatal. Y produce mucha pena: una vez más, la derecha se deshace en banderías.