La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

17 Octubre 2006

La vida es así, de Suso de Toro en La Vanguardia

En la película Salvador se reúnen muchos hilos, verdaderos nervios, que trenzan la cuerda de nuestra memoria colectiva, ese lugar tan incómodo que nos sigue costando tanto visitar. La película es una imagen que arde de una España que se debatía entre la sumisión y la rebeldía, un retrato al rojo de una sociedad catalana que reventaba las costuras del régimen. Y llena las salas de cine de Catalunya al mismo tiempo que en Madrid triunfan Volver,un viaje a la raíz personal y manchega, y Alatriste,la decadencia del imperio de los Habsburgo vista por un soldado profesional que identifica a aquella monarquía absoluta con la idea de España.

Parece que esas tres películas, por su tema y por el éxito que tienen en un lugar y en otro, retratan a dos sociedades bien distintas. Una más conservadora y otra más moderna. Y creo que es cierto en el sentido más evidente de la palabra, en el de la cultura política, pero podría no serlo tanto en un sentido más amplio, pues, a la hora de la verdad, quizá tengan más espectadores y hagan más caja las películas que aparentan ser más conservadoras. Así que creo que debemos pensar que, de un modo o de otro, hay vitalidad actuante allí donde parece haber sólo conservadurismo, y sería un error para Catalunya complacerse en su madurez cívica.

Sí, la sociedad catalana es más democrática, liberal y culta que esa España que se nos emite hoy desde Madrid. Se demuestra de forma constante en la vida diaria, en los resultados electorales, en las movilizaciones contra la guerra, hasta en los gustos literarios o cinematográficos. Pero se puede ser inteligente y dinámico y tropezar con los límites de la realidad. Lo que llamamos la realidad se rige por una ley férrea, por la ley del poder, que es lo que lo estructura todo. Y el nacionalismo casticista español, el castellanismo, tiene un verdadero poder ideológico, su ideología no sólo empapa a las estructuras y a los servidores del Estado, sino que traspasa las fronteras electorales de un partido a otro, es la verdadera ideología nacional española. Creo que ésa es la verdad, aunque a uno no le guste.

La realidad es muy dura y así Catalunya ve la casi imposibilidad de realizar ese sueño nacional, que, aunque suavemente, existe: ser nación con Estado propio, e incluso siente que España no la reconoce ni la quiere y que el Estado existente le regatea lo que merece y que pone todo tipo de dificultades a sus iniciativas. Es una situación muy dura saberse con personalidad propia y con valor, y no ser reconocida, no poder realizarse.

Para afrontar esa situación que nos cuestiona y nos crea inseguridad, que devalúa la imagen que se tiene de uno mismo, es comprensible la actitud de fabricar con la imaginación una envoltura que envuelva bien esa realidad intolerable. Así, parece que Catalunya confía en que su capacidad y creatividad económicas, su nivel cultural, le permite la autosuficiencia, le permite vivir ignorando a la España realmente existente. Y ahí creo que es cuando nace esa cierta suficiencia catalana. Algo así como un "ni nos quieren ni nos comprenden ni los necesitamos" que suena en sordina en la sociedad catalana. Es un error. En primer lugar, porque lo que llamamos España penetra en lo que llamamos Catalunya por debajo, por encima, por el medio y por detrás. Hasta tal punto la traspasa, que no podrían separarse nervios y músculos a no ser con gran dolor. Pero, además, esa suficiencia se basa en una minusvaloración de las capacidades que tiene hoy la sociedad española, bastante dinámica a pesar de sus problemas estructurales y sus debilidades culturales, políticas. Y se basa también en una sobrevaloración de la situación en que se está, en la confianza en esa autosuficiencia. No se puede vivir sobreviviendo, viviendo de un modo limitado, la vida exige transformarse y crecer continuamente.

Esa conciencia de ser autosuficientes es característica de ambientes sociales que se sienten protegidos y al abrigo de las incidencias. Sin embargo, los trabajadores, los profesionales, los empresarios saben que la vida es móvil y compleja, que no pueden vivir infantilizados dentro de una burbuja o en un castillo encantado. Pero desde la Catalunya de hoy se emiten signos que parecen de ingenuidad o de infantilización. Quizá la borrachera de ideología, de fantasía nacionalista, que inyectó la derecha española en la vida pública haya desencadenado una reacción también de fantasía en la sociedad catalana. Quizá. Pero creo que el boicot al cava debiera haber servido para despertar a los límites de la realidad, a la dureza del juego. Y así quizá las maniobras desde Catalunya en el sector energético habrían sido menos ingenuas, habrían tenido más en cuenta la profunda implicación que se fraguó en España en los últimos años entre la derecha política y el negocio, entre la ideología y la energía. No, hoy en España no hay libre mercado, al menos para las empresas catalanas o vascas. La realidad es así y hay que tenerla en cuenta.

Pero los signos de inmadurez, o de frivolidad, se suceden, como la increíble ocupación del aeropuerto de El Prat por sus trabajadores. Como el llegar a suspender un encuentro de ministros europeos porque no se puede garantizar el orden público. Para que algo así suceda, o bien existe una amenaza muy grave, entonces hay que preguntarse cómo se ha llegado a algo así, o bien simplemente hay un grave problema de incompetencia gubernativa y hay que preguntarse la causa de ese desastre. Pero es que en los últimos tiempos llegan en cascada los debates mal planteados y que al final siempre se vuelven contra la propia Catalunya, desde un pregón hasta la camiseta de una selección. Parece que exista una corriente de trivialidad, de falta de responsabilidad, que atraviesa transversalmente la sociedad catalana y que anula sus potencialidades y no es sino un autodestructivo signo de impotencia.

Catalunya existió, existe y va a seguir existiendo nacionalmente, no hay duda. Pero no va a poder realizar modelos irrealizables de nación, la realidad existe para todos. Tendrá que ser creativa y de acuerdo con su camino histórico y su naturaleza y su situación tendrá que ir ensayando su propio modelo, que probablemente le permita ser la maestra de España. Y no lo que hoy parece ser, esa alumna de buenas notas que se sabe injustamente suspendida y está enfadada con la maestra.

El Estatut, con sus límites, es un instrumento nuevo, creo que habrá que insistir en su carácter instrumental, no esencial, y en el futuro utilizarlo para ser una sociedad competitiva, forzosamente imaginativa. Como fue siempre Catalunya. Es cierto que hay gente que tiene un destino más fácil, que le viene dado, y que hay otra gente que tiene que hacer el doble de esfuerzo. Pero es que la vida es así.

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