La República

Podríamos decir que la unidad de la izquierda es algo tan complicado como históricamente deseado. Con la excepción efímera del Frente Popular en 1936, parecería que la consigna “divide y vencerás” la ha hecho suya esa izquierda sin percatarse de que a quien hay que dividir no es a sí misma. En cualquier caso la cuestión es compleja de abordar, por lo que tampoco pretendo ni me atrevo a hacerlo en estas líneas.

Sin embargo, me gustaría resaltar una condición sin la cual esa pretendida unidad no será posible en el futuro, y que no es otra que el respeto; una condición que se deberá crear – aún no existe – y que será la base sobre la cual deberán emprenderse grandes empresas futuras y mediante la cual se forjarán los grandes cambios que aguardan a este país.

Si consideramos como izquierda a todo el espacio comprendido desde el más radical movimiento anarquista, los comunistas, pasando por la izquierda republicana, y llegando hasta el centro-izquierda socialista, tendríamos una masa social lo suficientemente compleja y heterogénea – y con objetivos tan dispares - como para, a priori, concluir que la tarea unificadora es imposible.

Cuando me refiero a la unidad no hablo necesariamente de la reedición de un Frente Popular, aunque sí de la recuperación del espíritu que lo hizo posible. Es decir, la persecución de un gran objetivo concreto común y el respeto hacia “el otro”.

Se da la circunstancia de que en la izquierda, el poder económico y político está en manos de quienes cuentan con el mayor número de simpatizantes, esto es, la socialdemocracia del PSOE. El poder político- y por ende el económico - de este partido radica en el número de sus seguidores, número que viene determinado por el hecho de que el ciudadano común, sin excesivas inquietudes políticas más que las inculcadas por los distintos órganos de propaganda y con un mínimo sentido de la solidaridad y el progreso, tenderá a ser socialdemócrata. Asimismo, en la medida que una persona siente en carne propia las injusticias sociales, las desigualdades económicas y sus causas, y decide combatirlas, abandona el “progresismo pasivo” y se sitúa a la izquierda de la socialdemocracia, aunque por alguna razón continúe identificado con el partido que la representa.

Mención aparte merecerían ciertos sectores de las Juventudes Socialistas, que integran sus filas con un convencimiento socialista sincero, pero que de ellos dependerá que el rumbo de su Partido siga siendo el actual, ambiguo y sencillamente “progresista en lo social”, o abracen la causa que lo fundó.

La izquierda real, por tanto, se sitúa fuera del oficialismo socialista. Aunque formalmente podría decirse que ésta izquierda está representada por lo que hoy es Izquierda Unida, la realidad es muy distinta. Si algo ha caracterizado históricamente a la izquierda real es su presencia en la calle, y la coalición ha perdido la iniciativa en este campo y ha dejado de ser el referente que comenzó a ser en 1986. En los últimos años, la mayoría de los partidos y organizaciones que la integraron la han ido abandonando, a excepción del Partido Comunista de España, actualmente muy crítico con la dirección de IU y enfrascado en pleno proceso de “reactivación”.

Si el PSOE era el partido que, por lógica social, era el que más simpatizantes tenía dentro de la “izquierda”, el PCE sigue siendo el partido que más apoyo recaba dentro de la “izquierda real”, superando el millón de personas, lo que hace de él una fuerza política con el potencial suficiente como para plantear una alternativa política a medio plazo junto a otras fuerzas, aunque para ello aún no se den las condiciones necesarias.

Sin embargo, a lo largo de los últimos años, del PCE se han desprendido – o han surgido en su entorno - otras organizaciones minoritarias (comunistas) exigiendo de éste más claridad en sus planteamientos y una oposición más contundente al sistema capitalista y a la Monarquía. En la medida en que dichas cuestiones vayan caracterizando la política del PCE ante la sociedad, aquellos otros grupos están destinados – si no quieren desaparecer - a entenderse con el primero, bien reintegrándose en él, o bien formando parte de una nueva “entidad comunista” como en su día apuntase Julio Anguita.

Por su parte, el movimiento más activo durante los últimos años, y podría decirse que el más audaz y combativo ha sido el anarquista. El rechazo de la autoridad política, económica, religiosa y cultural, y el de cualquier forma de opresión y explotación no puede más que convertir a ese movimiento en un referente para un importante sector de la izquierda real, y un ejemplo de rebeldía para parte de la izquierda política.

La izquierda es, por tanto, una entidad heterogénea de progreso, con tantas personalidades y matices como cometidos únicos e intransferibles. La unidad de acción sólo podrá forjarse con el ejemplo y el respeto mutuo. El día que esto sea aceptado por todos dicha unidad será posible, para lo cual cada uno deberá .abandonar la falsa idea de que es poseedor exclusivo y absoluto de la razón.

Socialistas, vosotros tenéis la enorme responsabilidad de ser el referente de la mayor parte de la izquierda, aquellos que lo son por una mera cuestión de humanidad y fraternidad. Haced honor a vuestro nombre y abandonad las turbias aguas del liberalismo.

Comunistas, tenéis la capacidad de sacrificio, el compromiso y la disciplina como para plantear y organizar la alternativa; la experiencia necesaria para explotar las contradicciones de un sistema que debe ser cambiado.

Anarquistas, sois un referente libertario y tenéis la capacidad de crear desde abajo y el espíritu combativo necesario para afrontar la ardua tarea del cambio.

Republicanos de izquierda, una vez hicisteis posible el entendimiento entre la izquierda con vuestra capacidad de emprender un debate sereno y constructivo, un debate que vuelve a hacerse necesario para conquistar el futuro.

Para el común entendimiento será necesario aprender a abandonar lo abstracto – las ideologías - y bajar a lo concreto; “lo concreto une y lo abstracto divide”. Hoy la izquierda tiene una razón excepcional para concretar un proyecto común: la Tercera República.