Ante el alud de críticas recibidas por el presidente norteamericano después de la prueba nuclear de Corea del Norte, la relativamente dura resolución 1718 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas constituye un gran alivio para la Casa Blanca.

El partido Republicano, consciente de que perderá las elecciones de mitad de legislatura el próximo 7 de noviembre, lucha como gato panza arriba para conservar su mayoría en el Congreso, o, como mínimo, en la Cámara Alta.

Sólo un evento de la magnitud del test del pasado 9 de octubre –que amenaza la seguridad en Asia, y pone en peligro el régimen global de no-proliferación nuclear- consiguió moderar la obsesión informativa en Estados Unidos con el famoso caso Foley, el dimisionario legislador que se insinuaba a becarios adolescentes.

Los candidatos republicanos, paradójicamente, prefieren lidiar con una crisis mundial antes que con espinosas cuestiones de negligencia en el seno de su partido, que habría antepuesto intereses electorales a la protección de menores de un depredador sexual. Aprovechan la locura del sanguinario dictador norcoreano Kim Jong-Il para recordar a los votantes que el mundo es un lugar peligroso y refuerzan el mensaje republicano de seguridad y liderazgo.

En cambio, los candidatos demócratas subrayan el provocador discurso del presidente Bush sobre el "Eje del mal" en 2002, y los desastrosos resultados de sus políticas en Iraq, Irán y Corea del Norte.

La crisis con el país asiático ha provocado un choque entre los favoritos para las presidenciales de 2008. Respondiendo a las críticas Demócratas de que bajo George W. Bush Estados Unidos perdió el control de la situación, cuando Corea del Norte se retiró del Tratado de No Proliferación Nuclear en 2003 y luego abandonó por completo las negociaciones a seis bandas en 2005, John McCain culpó al marido de Hillary Clinton de fracasar en impedir el desarrollo nuclear norcoreano con un acuerdo marco a tal efecto en los "90 (que Kim Jong-Il no respetó).

En realidad, ambos tienen razón en parte. Tanto Bill Clinton como Bush junior fallaron respecto a Corea del Norte porque ahí Estados Unidos precisa de la colaboración regional de China, Corea del Sur, Rusia y Japón. Sobre todo de los dos primeros, que son quienes menos han ayudado. Rusia tampoco se cubre de gloria, uniéndose a China en el Consejo de Seguridad para contener las sanciones a los proliferadores nucleares Corea del Norte e Irán.

China, como principal patrocinadora del brutal e inestable régimen de Kim Jong-Il, lleva la mayor cuota de responsabilidad en esta crisis. A pesar de sus mejores intenciones, Corea del Sur también sostiene la dictadura en el norte, a un terrible coste humano. Se calcula que unos dos millones de norcoreanos, un diez por ciento de la población, han muerto de hambre en la última década. En hambrunas así no sólo se destruyen vidas, se llega al canibalismo, se pierde todo barniz de civilización y la sociedad queda marcada durante generaciones. Se vio en Ucrania tras la colectivización estalinista en 1932-33 (seis millones de muertos) y en la China de Mao con el Gran Salto Adelante de 1958-61 -récord mundial de hambrunas con más de 30 millones de muertos-.

A la vista de los actuales eventos en la península de Corea, vale la pena recordar que Estados Unidos lideró la defensa de la libertad de Corea del Sur durante la guerra de 1950-53, cuando los norcoreanos invadieron el sur apoyados por China y la Unión Soviética. EE.UU. todavía mantiene ahí más de 30.000 tropas.

Corea del Norte es una aberración política, una tragedia humanitaria y una amenaza mundial. Como la antigua Alemania del Este, nació a consecuencia de una artificial división nacional mantenida por la Unión Soviética para imponer el comunismo. Y como la ex Alemania del Este y la URSS, habría desaparecido hace décadas si no fuera por el apoyo chino.

Rusia y China todavía no están por la labor de afrontar sus responsabilidades históricas respecto a Corea del Norte. Lo mínimo que la comunidad internacional espera es que ayuden en la contención de su riesgo nuclear. La Resolución 1718 de Naciones Unidas indica que por fin se lo han tomado en serio.