Como las campañas electorales han prescindido hace mucho del adoctrinamiento ideológico, de la pedagogía política y de lo que antes se llamaban programas de partido, nos vamos centrando, cada vez más, en la descalificación permanente del contrario. Y no como enemigo de clase (concepto que ya ha desaparecido del lenguaje), sino como gestor, más o menos corrupto, o más o menos ineficaz, del sistema económico inamovible del que todos participamos. En ese sentido, lo que hemos de acreditar ante la audiencia es que nuestro producto, y la marca que lo representa, lava mucho mejor, y mucho más blanco, que el de los otros competidores, por alguna razón misteriosa que tiene que ver con la secreta composición química del detergente utilizado. Se trata, por supuesto, de algo imposible de comprobar en el momento,y por tanto hemos de entregar nuestro voto a la promesa que mejor nos motive la confianza, precisamente por su eficacia en hacernos desconfiar de quien, en una ocasión anterior, nos prometió lo mismo, o algo muy parecido. Así pues, no es de extrañar que las campañas electorales no sólo no se distingan demasiado de las comerciales sino que utilicen sus mismos métodos, con preferencia los audiovisuales. Entre ellos el vídeo, que en los últimos tiempos ha adquirido una importancia decisiva en la tarea de demolición de la honra ajena. El vídeo es un medio de reproducción de uso masivo en el ámbito doméstico y, por alguna razón que yo no sabría explicar muy bien, los dirigentes de esas campañas le atribuyen un valor de autenticidad muy superior al de cualquier otro formato de parecidas características. Al anuncio filmado por un cineasta profesional se le supone una sofisticada y perversa intención suasoria, pero el vídeo transpira un honrado, vulgar y hogareño punto de vista que lo mismo sirve para grabar una alegre primera comunión que un coito conyugal con pretensiones pornográficas. Y en los últimos años hubo bastantes vídeos políticos de esa clase que produjeron no poco escándalo. La moda la lanzó el PSOE ya declinante de Felipe González que difundió uno contra el PP en el que aparecía un dóberman que ladraba y enseñaba los dientes con ferocidad. Después, tuvimos el que pretendía desprestigiar al periodista Pedro J. Ramírez, presentándolo en una escena erótica privada con una ciudadana negra, mientras él vestía un corpiño rojo y unas medias de señora. Más tarde, el antiguo portavoz del primer Gobierno del PP, Miguel Ángel Rodríguez, produjo otro para la Fundación que preside José María Aznar, culpando al PSOE de haber sembrado el odio contra el PP, después de los atentados del 11-M. Y ahora, con ocasión de las elecciones catalanas, Convergencia i Unió, distribuye uno en el que supuestamente se desvelan las maldades perpetradas por el gabinete presidido por Maragall, por si los electores no estaban ya suficientemente informados. La idea de que tres partidos de izquierdas coligados en un Gobierno regional constituyen un espectáculo obsceno, semejante al de un trío erótico en pleno funcionamiento, está muy extendida entre cierto público de la derecha. Y se necesita de un vídeo para certificarlo.
« Colgados de la brocha, de Javier Morán en La Nueva España | Inicio | Carta de un médico al Presidente, de Ángel Colmeiro en La Nueva España »

Escribe un comentario