VIAJAR en avión se ha convertido en un suplicio, y últimamente casi en una actividad de riesgo. A las amenazas terroristas hay que sumar las huelgas salvajes -de pilotos, de personal de tierra, de controladores- que te dejan en tierra sin previo aviso, los retrasos cada vez más habituales por saturación, niebla o tormenta, las pérdidas de equipaje, el overbooking, la clavada de los taxis y la propensión de ciertas estrellas de la arquitectura a convertir los aeropuertos en pistas de medio fondo. Ahora la UE nos quiere obligar a partir sin champú en el equipaje, reduce las maletas de cabina, impide el uso de ordenadores a bordo y considera un sabotaje llevar encima un cortaúñas. Las compañías comprimen el espacio vital de los pasajeros, suprimen los refrigerios y hasta te dejan sin periódicos. A todo nos adaptamos, qué remedio, pero al parecer aún quedan sobresaltos inesperados.
El Ministerio de Magdalena Álvarez, mujer tan sensible a los asuntos de la navegación aérea que se ganó merecidamente el apodo de Lady Aviaco, ha anunciado de repente su decisión de efectuar controles de alcoholemia y estupefacientes... ¡a las tripulaciones de las aeronaves! Si se trata de una venganza contra la reputación del aguerrido y muy corporativista sindicato de pilotos, la patada ha rebotado en el sufrido trasero de los usuarios de la aviación civil, perplejos ante la posibilidad de que estén siendo transportados por profesionales en estado de intoxicación etílica o bajo el efecto de psicotrópicos. Por si no hubiese cundido una psicosis suficiente de atentados potenciales, dada la obsesiva preferencia que los chicos de Bin Laden sienten por todo lo que vuela, Fomento nos pone delante de las narices una hipótesis aún más pavorosa: la de hallarnos a doce mil pies de altura en manos de un piloto dipsómano, fumeta o atontado por los ansiolíticos. El síndrome del conductor ciego, en versión aeronáutica.
Magdalena, mujer, estas cosas no se hacen así. Si hay algo que controlar, que se controle, pero en sigilo para que no cunda el pánico. Cualquier departamento de seguridad que trabaje con público sabe que lo peor son siempre los estados masivos de alarma; ante la eventualidad de un incendio en hora punta, el último recurso es hacer sonar las sirenas y dejar que los bomberos entren a la vista del gentío. Lo único que nos faltaba en los aviones era imaginar que el tipo que va a los mandos puede llevar la gorra del revés o andar hasta la corcha de antidepresivos. Si está la cosa como parece y el personal va a menudo, en efecto, curda o colocado, lo mínimo sería servir copas gratis al pasaje y repartir diazepán para mitigar la ansiedad. O para ponerse en igualdad de condiciones.
Sí, sí, más vale prevenir, que diría Rubalcaba. Pero al menos que nos expliquen cuántos casos han motivado la medida. Merecemos un Gobierno que no nos acojone.

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