La tocata y fuga de José Bono en el concierto disonante de las elecciones de Madrid, donde el melómano Gallardón permanece de solista, se ha convertido en un punto de referencia que da idea de la capacidad política de unos gobernantes que dieron prueba de su habilidad en las rocambolescas aventuras del Estatuto de Cataluña, ahora llevadas al cine negro por Artur Mas, y que tienen en sus manos el inquietante suspense de las negociaciones con ETA, como sea y al precio que cueste, lo que es para preocupar.
Como dice la canción, «si así está el caminito, cómo estará el pueblito». Después de lo de Bono, ¿qué no podría pasar en esa macabra danza con lobos del proceso negociador, donde prima la obsesión del éxito -mayoría absoluta, premio Nobel de la Paz, la Historia, etcétera- de un presidente que se juega mucho en el envite? Un desafío que va de la oportunidad al oportunismo y donde no se escatiman gastos: concesiones a De Juana Chaos; soluciones jurídicas para Batasuna; disposición del fiscal general del Estado; y vista gorda cuando ETA aparece y dispara en Oyarzun o la «kale borroka» se vuelve a pasear.
Zapatero sabe que la negociación con ETA es la tercera pata de su proyecto para la legislatura, en conexión con la reforma estatutaria y el pacto de gobernabilidad con los nacionalistas, camino del modelo de Estado federal o confederal por el que apostó incierto el presidente, modelo que tiene en las elecciones catalanas su primera prueba de fuego y aparente inicio de solución si de Cataluña sale la gran coalición de CiU y PSC y Duran Lleida entra en el Gobierno español, cumpliendo Zapatero la palabra dada a Mas para lograr la reforma del Estatuto catalán, luego adornado con la cabeza de Maragall.
La negociación con ETA es la prioridad, y en Moncloa saben que, si fracasa, la crisis podría beneficiar al PP en las elecciones y a Bono en el PSOE, donde el ex ministro de Defensa continúa siendo la reserva españolista del partido. Por ello, el presidente del Gobierno quiso enfrentarlo a Gallardón, matando dos pájaros de un disparo: encontrar candidato para ayudar a Simancas en la Comunidad y oficiar el tercer entierro político de Bono, una vez vencido por Gallardón.
Zapatero, que lo había derrotado en el congreso federal del PSOE del año 2000, luego, por sus discrepancias sobre el Estatuto catalán y la negociación con ETA, lo destituyó como ministro cuando le convino y cuando se había tragado el Estatuto, enviándolo al ostracismo y acompañado de maledicencias, algunas oriundas de la Moncloa y otras del PSOE.
Pero Bono resucitó, era el deseado por el partido en Madrid y se dejó aclamar. Y una vez recibido el homenaje que le debían, se marchó. Bono quizás habría preferido el puesto de candidato a la Comunidad de Madrid porque sus oportunidades habrían sido más altas y porque en ese cargo hay mucho poder (aunque también incompatibilidad para ser diputado). Pero Zapatero no soportaría a un Bono españolista de presidente en la Comunidad de Madrid. Otra cosa sería que ese reto lo asumiera -como se especula- la vicepresidenta De la Vega, si Simancas le abre paso, ahora que quedó claro que el presidente no tiene a quién recurrir.
A ver si tenía razón Rajoy cuando anunció que el tapado era Blanco. Rajoy merecería acertar su pronóstico, pero eso no iba a ser suficiente para el PP, porque si España está tan mal como dicen él y su partido, ¿por qué no lo aprecia la mayoría de ciudadanos, que sigue apostando, según las encuestas, por Zapatero y por el PSOE? Es verdad que una muralla mediática audiovisual protege al Gobierno de igual manera que una ruidosa orquestina de medios que se dicen afines al PP emborronan el mensaje de Rajoy, mientras algunos de sus dirigentes permanecen en el pasado velando la conspiración del 11-M.
Pero esto no es suficiente para explicar su escasa recuperación electoral, motivo por el cual el PP debe reflexionar sobre la necesidad de relanzar su proyecto y de renovar portavoces más que notorios y faltos de credibilidad en aras de un mensaje nítido y centrado para el conjunto de la sociedad. ¿Acaso con un congreso extraordinario del PP?
Esperar resignados el resultado de los comicios catalanes y acudir a las elecciones de 2007 a la espera de los errores del Gobierno y de si ETA decide o no anunciar su final antes de la cita de las municipales es poco hacer por parte de un partido que necesita ganar y acusa a Zapatero de haber improvisado -por su debilidad parlamentaria- un programa de Gobierno que no figuraba en su campaña de 2004, dañando la convivencia de los españoles y el pacto constitucional.
Si Zapatero cambió sobre la marcha, el PP debe reaccionar de manera similar, con una respuesta política, ideológica y de liderazgo que no se preste a confusión. Y eso no se consigue con conferencias sectoriales, ni con una convención como la que sirvió para dar ánimos a Aznar y descubrir a Sarkozy. Este PP se merece un congreso y, sobre todo, se lo merece Rajoy para que cuando llegue el momento de la contienda sea él, y no otros entrometidos, el autor y responsable de lo que entonces pueda ocurrir, que siempre será mejor de lo que las encuestas anuncian si se produce el giro al centro y la clarificación. Quedan siete meses para la ocasión.

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