55.ª EDICIÓN DEL PREMIO PLANETA DE NOVELA La trayectoria del ganador
Conocí a Álvaro Pombo en Londres, en la década de los setenta. Solíamos vernos en los pubs de mi barrio, el Hand and Flowers, al que yo llamaba, nombre aceptado por todos, Los Caballeros, y el Live and Let Live, que respondía a otro de nuestros lemas: "Vive y deja vivir". Pombo trabajaba entonces de telefonista en un banco, aunque nunca ocultaba que venía de una familia santanderina de abolengo, iba siempre impecablemente vestido y, a pesar de los litros de cerveza que ingeríamos, estaba tan delgado como yo. Era un buen conversador, de ideas tal vez insensatas pero sensatamente expuestas, comedido y algo reservado. Me dio con reservas su único libro publicado, único libro y libro único, Protocolos (1973), mal distribuido y, que yo sepa, ignorado por la crítica. Más tarde me dijo que se iba a presentar al premio El Bardo de la editorial Lumen y me enseñó el manuscrito. En una divertida caricatura que hizo de mí para el suplemento cultural de Diario 16, recogida más tarde en su libro Alrededores (2002), escribe: "Quizá la severidad sea su característica más acusada; una cierta severidad de espantapájaros con barba, capaz de leer tres, cuatro y hasta cinco veces seguidas, lápiz en mano, los originales ajenos (recuerdo que paseaba por Londres el original de mis Variaciones como una partitura desordenada y romántica, cuyo libreto hubiera de escribir él mismo)". Conservo el manuscrito con todos mis comentarios sobre su obra, para enseñárselo si llega a olvidar mi rigor. Porque riguroso con Pombo ya no he podido serlo más: cada libro suyo es una nueva apuesta y un nuevo acierto. Tampoco sé si ha olvidado lo que me dijo cuando le comenté que yo iba a ser parte del jurado del premio El Bardo: "Me lo tienes que dar a mí". Como siempre, no supe si estaba hablando en serio o era una de sus frecuentes boutades.
Pero el libro me había entusiasmado. Competía con muy buenos candidatos: conservo la lista y las meticulosas notas que hizo otro miembro del jurado, Juan Ramón Masoliver. Sospecho que algunos miembros tenían ya a su poeta, pero los argumentos para defender Variaciones, concedido en 1977 y publicado en 1978, eran infinitos. Cuando, casi simultáneamente a la concesión del premio, publicó en La Gaya Ciencia de Rosa Regàs Relatos sobre la falta de sustancia, se confirmaba que habíamos premiado a un escritor fuera de lo común.
No sé si es pura vanidad o una recompensa por nuestra vocación, pero a los críticos nos gusta saber que hemos sido los primeros en apoyar (descubrir, dicen algunos) a un escritor. En el caso de Pombo, sus más abiertos defensores fuimos Rafael Conte y yo. He dicho reiteradamente que, para mí, los narradores surgidos en los años finales del franquismo y de la transición que han aportado algo realmente nuevo a la novela y han devuelto su prestigio al género son Javier Marías, Enrique Vila-Matas y Álvaro Pombo. Y, de paso, son los que más riesgos han corrido, más necesidad de renovarse a sí mismos. Hay un Pombo que sigue una trayectoria bien definida, que va de Relatos sobre la falta de sustancia a una de las novelas canónicas de nuestra narrativa contemporánea, El metro de platino iridiado (1990). La presencia de su experiencia poética está en todas ellas. Es precisamente la oscilación entre un lenguaje prosaico e incluso rastrero y la elevación lírica lo que convierte a su escritura en algo inconfundible. Santander aparece como una evocación pero no como una nostalgia. O, para ser más exacto, hay una evocación crítica de su mundo familiar y una nostalgia por un paisaje dominado por el mar. Añadamos también el humor, un lenguaje filosófico y gramatical que hay que leer también en clave irónica, una enorme capacidad para crear situaciones grotescas y conflictos dramáticos, su genuina y heterodoxa religiosidad, su percepción y sensibilidad hacia el mundo femenino y, por supuesto, la homosexualidad. El reservado Pombo de nuestros pubs de Londres sólo muy tarde me dijo que era poeta. Que yo recuerde, jamás me habló de su homosexualidad, pese a que vivíamos en una sociedad permisiva. Al leer los Relatos sobre la falta de sustancia, donde encara el tema con un descaro que deberían envidiar nuestros poetas de amores hermafroditas, es fácil deducir que uno de los motivos de su huida de España estaba no sólo en el ambiente opresivo y provinciano que se respiraba (ese Madrid quetan bien reconstruye Luis Martín-Santos en Tiempo de silencio),sino en la búsqueda de una sociedad menos reprimida. Lo cual no quiere decir que las relaciones entre homosexuales (generalmente entre hombres maduros y jovencitos frívolos) no sean conflictivas: por el contrario, alcanzan una tensión que supera lo melodramático (esos hombres maduros sin sustancia son realmente patéticos) para llegar a la verdadera tragedia. Llenos, asimismo, de comicidad, como ocurre en El héroe de las mansardas de Mansard (1983) o en Los delitos insignificantes (1986).La comicidad es la nota dominante en Aparición del eterno femenino contada por S. M. el Rey (1993) y en Telepena de Celia Cecilia Villalobo (1995), una escritura distanciada, alejada del mundo más personal del narrador, que culmina en otra novela canónica: Donde las mujeres (1997). Y a partir de aquí, los cambios en Álvaro Pombo se van haciendo más frecuentes y radicales, con la novela histórica La cuadratura del círculo
(1999), en torno a la orden del Císter en el siglo XII, la novela mexicana Una ventana al norte (2004), en torno a los cristeros (tema al que vuelve Juan Villoro en El testigo), El cielo raso (2002), donde homosexualidad y religiosidad ocupan un espacio central, y Contra natura (2005), de nuevo sobre la homosexualidad, de forma más abierta, desgarradora y descarnada que nunca, coherente como lo ha sido Pombo desde su primer libro de poemas y su primer libro de relatos. ¡Pobre Pereda! El ilustre santanderino, de resucitar, volvería a morirse. ¡Pobre Marsé! ¿Por qué no se presentó Pombo al premio el año pasado? El Planeta ha enmendado un entuerto y lo ha hecho a lo grande.

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