La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

16 Octubre 2006

O siete o nadie, de Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia

La escena tiene lugar un mediodía en el interior de un tren de cercanías que cubre el trayecto Tarragona-Barcelona. En una estación, a medio camino, suben a un vagón hasta siete empleados de Renfe, de los que la gente llamamos revisores y que oficialmente - creo- se denominan interventores. Los siete magníficos van acompañados de dos guardas de seguridad de la empresa privada que realiza este servicio. Los revisores proceden a solicitar a los pasajeros los billetes. Dos hombres, inmigrantes norteafricanos, tratan disimuladamente de moverse lejos del grupo de empleados pero son detectados e invitados por los guardas de seguridad a permanecer en su sitio. Inmediatamente, un revisor solicita a los dos hombres sus billetes y se descubre que carecen de cualquier título de transporte válido. Tras un breve diálogo, los hombres pagan al revisor y reciben un papel que les permite seguir el viaje. Desconozco si se trata únicamente de un billete o si también incluye una multa o recargo. Los siete revisores van separándose a medida que el tren avanza y se para en otras estaciones. Su cara feliz es la del deber cumplido.

Durante un rato considerable, el vagón donde nos encontramos parece reunir a todos aquellos empleados que nunca aparecen cuando Renfe nos maltrata con sus repetidas averías, retrasos y arbitrariedades sin explicación. Son siete personas que nunca hemos visto cuando necesitamos información acerca de algún problema que impide el normal desarrollo del trayecto que hemos pagado. Pero su celo persiguiendo a los que se han colado es digno de una medalla laboral.

Ante tal paradoja, me dirijo a uno de los empleados para hacerle notar mi sorpresa al ver que un mediodía normal en la línea exige una presencia tan alta de empleados mientras brillan por su ausencia en los peores momentos, especialmente cuando a primera hora de la mañana o a última de la tarde se suceden incidencias de todo tipo que nos obligan a llegar tarde a nuestras obligaciones. Tampoco vimos - añado- a los revisores cuando las tormentas recientes convirtieron estos trenes en naves perdidas en un agujero negro. El empleado que me escucha me contesta una obviedad: "Mire, yo sólo hago mi trabajo". Ante lo cual yo estiro la obviedad todo lo que la lógica permite: "También es usted la persona de Renfe que se relaciona con los clientes, así que va con su oficio escuchar quejas, además de ser tan eficaz capturando a los que no pagan el billete". El empleado me observa como mira un bañista a una medusa en la arena. Las medusas y los directivos de Renfe pasamos del 0 al 7 a la hora de contar, es la matemática creativa del monopolio estatal.

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