EL RUNRÚN

Una primogénita, fundacional, construida de cutrez, mugre y caspa, el terror franquista, con la pátina del tiempo diluyéndola hasta hacerla invisible. La de la gauche divine celebrando en La Oca, a escasos metros del patíbulo, el lanzamiento de una nueva revista, Por Favor,con Perich a la cabeza. La mía propia, instalado en un hotelito, lejos del mundanal ruido, cerca de Girona, con mi última novia hasta leer en el Tele/ eXpres que "se había cumplido la sentencia" sobre la cabeza de Puig Antich. La de los productores de la película, antiguos militantes trotskistas, que han hecho un Ventdelplà para la lágrima fácil en la oscuridad de la sala, anónima, sin compromiso. La del pobre Joan Isaac, a quien no le han comprado los derechos de su canciónAMargalida para incluirla en la banda sonora, y la de Lluís Llach, por hacerla y no incluirla. Un simple ajuste de cuentas. Otro más de la transición catalana.

La miseria del propio Puig Antich de delatar en el consejo de guerra a una compañera, cuando el abogado defensor pretendía hacerla pasar por una simple chica enamorada. La del periodista Marcos Ordóñez, hijo de un comisario de policía, que reivindica la figura de Paquito, el policía asesinado, un buen chico a quien le gustaba el cine de Truffaut y dar bocadillos a las chicas en los calabozos de Via Laietana, pero de quien no dice que pertenecía a la brigada político-social o lo que explica el señor Joan Bové: "Yo, de rodillas, brazos en cruz, él detrás golpeándome con una toalla mojada para no dejar huellas". El señor Jiménez-Frontín, filosofo de marras, afirma: "Ya se sabe que la memoria no sólo es selectiva, sino también retóricamente narrativa, pero discutirle a alguien sus recuerdos a partir de hipótesis más que nada lógicas suena a ejercicio indemostrable, un punto retórico". Palabra de profesor.

La miseria de los recuerdos. Eva Serra llorando a lágrima viva en clase de historia agraria en Bellatera, frente a media docena escasa de alumnos. Lluís M. del Puig - el que años después justificó ante mí como diputado del PSC la ilegalización de HB en el aeropuerto de Barajas- apretaba los dientes. Nadie había hecho nada por él y ahora los poscomunistas del señor Saura le plantan el escudo para lavarse la conciencia con blanqueador más blanco: el de las subvenciones. Mientras, el director del filme, el señor Huerga, afirma que se trata de una historia conocida, casi trivial, el ladrón bueno. Las conciencias tranquilas, porque es un arrebato contra la pena de muerte, contra la pena de muerte de un inocente. Pero, por cierto, ¿quién mató a Paquito, aquel chico que daba bocadillos y al que le gustaba Truffaut? La pena de muerte es igual de bestia para los inocentes que para los culpables.

La miseria nuestra de cada día, de mirar hacia otro lado, de no despertar los fantasmas del pasado, los demonios familiares, las patrullas de la FAI, los paseos de madrugada. La película ha cumplido con su función terapéutica, ha convertido a Puig Antich en una caricatura de sí mismo, en una víctima, en otro mártir catalán. Mientras su hermana ríe al lado del actor que le interpreta. Estamos salvados, porque a Puig Antich, claro está, lo mataron los otros, como a Companys. Borrón y cuenta nueva. ¿Por qué llorar?... si no es por nosotros mismos.