Mucho se ha hablado y escrito de la conspiración del 11M que jalean ciertos medios de comunicación y dirigentes del PP con intenciones que, curiosamente, van en el sentido contrario a las necesidades de este partido, que no son otras que la recuperación del centro, a ver si consiguen salir del estancamiento electoral que detectan las encuestas (las últimas de El Mundo y ABC así lo confirman), y que aunque le recortan algo al PSOE de Zapatero demuestran que el primer partido de la oposición no está al día de hoy en condiciones de convertirse en verdadera alternancia de poder. Y no sabemos si a Rajoy esto le preocupa o le da igual, cómodo como parece que está en su papel de jefe de la oposición, y así hasta el 2008 —a ver si en una curva se estrella el campeón— y pase lo que pase en Cataluña, donde el PP debería ser la gran novedad por su defensa en solitario de España frente al Estatuto catalán, o pase lo que pase al PP en las elecciones municipales y autonómicas del 2007, incluso si se pierde alguna emblemática posición, porque lo de Rajoy son las generales del 2008, y al día de hoy las ve muy lejos y, si hace falta, irá al patíbulo con paso firme y serenidad, hecho un señor.
Lo que no parece, ni da la impresión, es que Rajoy se atreva a reaccionar dentro y fuera de su propio partido, poniendo orden, dando un puñetazo sobre la mesa, cesando a los intrigantes y a los que lastran su posición, o sencillamente convocando un Congreso para por primera vez ser él, porque el anterior que confirmó el dedazo de Aznar bajo la atenta mirada del presidente de honor sólo confirmó de verdad que el equipo saliente del anterior Gobierno y protagonista directo de los errores del 11M y de la derrota del PP el 14M seguía al mando del partido, y ahí está. Y no vivaqueando como Rajoy, sino más bien dedicado a una doble conspiración: la del 11M y la interior del PP, que tiene en su punto de mira, mire usted por dónde, la sucesión de Rajoy.
Estamos hablando de notorios dirigentes del PP, la trinca integrada por Zaplana, Acebes y Aguirre. Los que, presentándose ante sus bases como los más ardorosos guerreros del PP, frente a Zapatero y al PSOE, disfrazan su trama de ambiciones e intereses cruzados, vestidos de víctimas de los ataques del Gobierno y medios afines, para imponerle al partido la estrategia de la crispación y del continuo regreso al pasado (conspiración del 11M). Y todo ello con la ayuda de su ruidosa omnipresencia y la acción concertada de ciertos medios de comunicación, El Mundo, la COPE (ahora también Telemadrid, tras la caza de Diario de la Noche). Unos medios que, respectivamente, actúan como cocina ideológica y altavoces y provocadores de la furia de los sectores más extremos de este partido y de la sociedad, lo que dio pie a Zapatero y al PSOE para hablar del renacer de la extrema derecha.
De esta manera, Rajoy y su equipo de trabajo más moderado y más cercano al centro se encuentran encerrados entre las paredes del triángulo que se forma con el clamor de los militantes y votantes más excitados, la iniciativa sin control o por sorpresa de dirigentes que son a la vez portavoces con gran repercusión mediática —la trinca Zaplana, Acebes y Aguirre— y los medios que imponen su ley y a los que el líder del PP y dirigentes de su entorno o de la periferia madrileña no se atreven ni a hacer frente ni a contradecir por miedo a sufrir las iras de tan poderosos comunicadores, que además tienen ancladas sus naves en las aguas más profundas y ultraconservadoras de la sociedad.
No estamos diciendo que este Gobierno de Zapatero y sus más notorias políticas (como la inmigración, estatutos, negociación con ETA, OPAs, etcétera) no se merezcan una respuesta contundente del primer partido de la oposición. Estamos diciendo que huele a podrido en el cesto del PP y que quienes agitan la bandera de la crispación, convencidos del dicho de “cuanto peor, mejor” y recordando que la crispación general favoreció la llegada de Aznar al poder en 1996, en medio de los escándalos de los GAL y la corrupción, están alejando al PP del centro, por más que ellos se disfracen en su particular carnaval gaditano de liberales.
Un discurso sobre la crispación y el pasado felipismo que ya le han colocado a Rajoy en alguna ocasión, que no se corresponde con la realidad del momento español y que está demasiado lejos en el tiempo porque la crispación más reciente está fijada en la guerra de Iraq y las mentiras del 11M. Pero sobre todo con un discurso y unos modales que producen un profundo rechazo entre los profesionales y los sectores informados de la sociedad —el centro político—, los que por más indignados y preocupados que estén con las iniciativas temerarias del presidente Zapatero no van a votar a este PP que, aislado de los partidos nacionalistas y regionalistas, necesita más que nunca de estos votos para conseguir la alternancia y alcanzar el poder.
Y éste es el cálculo que hacen los medios y dirigentes del PP implicados en la estrategia de la crispación: provocar la bronca nacional, agitar la bases y de paso garantizar así la derrota de Rajoy en las elecciones del 2008, que algunos dan por imparable y que es a lo que está jugando el clan de la trinca convencidos de que, desde ahora, podrían controlar la sucesión del líder e incluso provocar su salida anticipada si en los próximos comicios autonómicos —que se inician en Cataluña— y en los municipales del 2007 el PP no da muestras claras de progresión electoral en las urnas, como un claro castigo al Gobierno y una contundente respuesta ciudadana a lo que estos dirigentes del PP califican como la ruptura de España, entre otras muchas predicciones catastróficas.
Si además de todo ello añadimos que estos notorios agitadores también se dedican a lanzar ataques públicos y soterrados contra otros dirigentes de su propio partido, como ocurrió con Gallardón, Piqué, Camps y Arenas, e incluso contra Rajoy y recientemente contra Aznar. O, ¡cómo no!, a favorecer a sus medios adictos buscándoles financiación (directa o institucional), u otorgándoles descaradas concesiones audiovisuales (como ocurrió con Zaplana en Valencia y Aguirre en Madrid), y de paso a promover el acoso o la destrucción de los otros medios (y no los de sus naturales adversarios, por próximos al PSOE) moderados, independientes o verdaderamente liberales, sin olvidar aquí la persecución de los profesionales y analistas no controlados por dicho clan. Si sumamos todo ello veremos que las manzanas podridas del cesto del PP —convencidas de que ahora son intocables porque de lo contrario anticiparía la crisis a la que parece abocado este partido— están infectando el cesto hasta límites difícilmente soportables por una organización que se dice democrática y que se presenta como alternativa de gobierno al conjunto de la sociedad.
La trinca política y mediática de Madrid son a la vez pirómanos y heroicos bomberos del PP y de la sociedad. Se lían a palos, por ejemplo, con Gallardón y Piqué, al primero le acusan de ser un “progre” traidor a la derecha e incluso ¡a las víctimas del terrorismo!, y al segundo de nacionalista encubierto o timorato español, luego agitan las aguas de la crispación, el Gobierno habla de extrema derecha, los ultranacionalistas se lían a palos con Piqué, y los mismos detractores de sus compañeros se presentan como defensores del PP en Cataluña y luego —tras decir que antes que votar a Gallardón hay que tirar los votos al estanque del Retiro de Madrid— presumen de que el PSOE no es capaz de hallar un candidato para medirse con tan poderoso alcalde del PP. ¿Para quién trabajan?
Si España está tan mal como dice Rajoy y los ciudadanos no lo aclaman como la gran alternativa en el poder, algo falla. O su liderazgo o la trinca política y mediática que hoy tiene secuestrada la estrategia, la imagen y la política del PP. Los que son usurpadores del liderazgo y la propia imagen de Rajoy, y los que serán los responsables de su derrota a no ser que el presidente del PP corte por lo sano, tome medidas o convoque de una vez un congreso extraordinario donde se aborden con solemnidad las grandes cuestiones de España, sobrevenidas y al margen del programa electoral del PSOE, donde se renueve su dirección —liquidando a los conspiradores y los demás del naufragio de Aznar— y desde donde se relance su mensaje alto y claro al conjunto de la sociedad. Y si Rajoy no se ve con fuerzas o no tiene ganas de dar la doble batalla que hay que dar dentro y fuera de ese partido, que llame a Rato y a Álvarez-Cascos, porque el primero tiene liderazgo y el segundo en el PP sabe mandar.

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