En realidad, difícilmente será la última campaña, porque no sería lógico que un talento como el de Karl Rove se desaprovechara una vez retirado de la política activa George W. Bush, pero las elecciones legislativas norteamericanas del próximo 7 de noviembre pondrán el punto final a una etapa profesional de uno de los gurús electorales más famosos de la moderna historia de Estados Unidos.

Rove ha contado en más de una ocasión cómo conoció a Bush júnior, al que la derrota de su padre ante Clinton en las elecciones presidenciales de 1992 motivó dedicarse a la política. Ya había intentado, sin éxito, conseguir un escaño en el Congreso federal en el año 1978, pero ahora era distinto: había dejado la botella, se había casado con Laura, era un cristiano renacido y aspiraba a un cargo ejecutivo, nada menos que a gobernador de Texas, el segundo estado más populoso de la Unión.

Con botas, tejanos y su vieja zamarra de cazabombardero, recuerda Rove, el joven Bush ya no lo era tanto (48 años), tampoco era brillante ni buen orador, ni la inteligencia o la cultura parecían ser sus mejores virtudes. Sin embargo, especialmente en las distancias cortas, poseía un chispeante sentido del humor y estaba desprovisto de cualquier signo de la arrogancia o el clasismo que tanto perjudicaron la imagen de su padre. Y, sobre todo, estaba dispuesto a seguir a pies juntillas los consejos y recomendaciones de Rove.

En esa campaña de 1994 y como les pasaría a tantos otros en años posteriores, la gobernadora de Texas, una gran dama de cabellos blancos y lengua afilada llamada Ann Richards, menospreció al ex director general de los Texas Rangers. (Gracias a los consejos de sus amigos, por fin Bush júnior se había forrado,ya que su inversión inicial de 600.000 dólares en ese equipo de béisbol se transformó, con su venta, en 15 millones de dólares.) Mientras Bush se refirió a Richards en todo momento como "señora gobernadora", Richards le llamaba sistemáticamente "ese tarado" (this jerk).El día de los comicios, aprovechando entre otras cosas su solícito cultivo del voto hispano, Bush se impuso con un 53% de los votos. Tras una plácida legislatura, en la que pactó sin tensiones con la mayoría demócrata en la asamblea, en 1998 fue reelegido con casi el 70% de los votos y la mitad del voto hispano.

De la elección presidencial del 2000 se recuerda, por supuesto, el escándalo de Florida, así como que acabó siendo decidida por el Tribunal Supremo, pero la movilización de los cristianos evangelistas diseñada por Rove en estados en teoría competitivos como Tennessee - estado natal de Gore-, Arkansas - el de Clinton- o West Virginia - feudo demócrata en las elecciones de 1988, 1992 y 1996- propició que los tres estados se decantaran por Bush. Si sólo uno hubiera votado por Gore, éste habría ganado.

La proeza de Rove - y de Bush, claro- fue aún mayor en las presidenciales del 2004. Aunque el senador Kerry logró ocho millones más de votos populares que Gore - de casi 51 a más de 59 millones-, los de Bush crecieron más de 11,5 millones (de 50,4 a 62 millones). Se calcula que una cuarta parte del voto total y una tercera parte del voto republicano pertenecen a la llamada derecha cristiana. Karl Rove se enfrenta ahora a su reto más difícil: que el Congreso no cambie de manos, lo que haría tremendamente miserable la vida de Bush en sus dos últimos años de mandato. La clave, en los templos.