SI Artur Mas se convierte en el próximo presidente de Cataluña con el apoyo activo o pasivo del Partido Socialista, las elecciones generales de 2008 -o antes- serán un trámite para José Luis Rodríguez Zapatero, al que le bastará con asegurarse que Convergencia i Unió no pueda aliarse con el PP para arrebatarle el Gobierno de España sin riesgo de perder el de la Generalitat. Y eso es probablemente lo que va a ocurrir a tenor de las encuestas de la recién comenzada campaña catalana, que pronostican un triunfo convergente por la mínima, lo que dejará a Mas a merced de las alianzas que quieran tejer sus rivales. La reedición del tripartito se perfila como una opción matemáticamente viable, pero resulta difícil que Zapatero esté dispuesto a jugarse su propio sillón para sentar a un charnego en el de la plaza de Sant Jaume.
Con un resultado parecido al de los sondeos, la decisión final estará en manos del presidente del Gobierno, y acaso ya esté tomada desde la famosa tarde de los pitillos en la Moncloa. Quedará por aclarar si se forma esa coalición sociovergente -CiU más PSC- que entusiasma a los poderes fácticos de Barcelona o si los socialistas prefieren dejar que Mas gobierne en minoría, rehén de una moción de censura tripartita en el caso de que se atreva a aproximarse al PP. El candidato de Convergencia lo sabe y ya ha emitido al respecto una señal, al dirigirse a un notario para certificar que no pactará con los populares, como un anexo solitario del ignominioso repudio firmado en el Tinell.
Desde que llegó al poder, el rasgo más coherente del proyecto de Zapatero ha sido el de poner al PP fuera del juego democrático. Ése era exactamente el guión del Tinell, pacto del que Maragall hizo autocrítica no para admitir su espíritu excluyente, sino para reconocer que había sido un error explicitar con toda crudeza el destierro político de un adversario. A estas alturas, la convergencia del PSOE con los nacionalistas sigue siendo el seguro de vida del zapaterismo.
El presidente no tiene ganadas las próximas generales, pero la única posibilidad del PP consiste en adelantarle por unos puntos, volcando la actual correlación de fuerzas. En esa hipótesis, para Zapatero sería vital garantizarse que CiU no repita el pacto del Majestic, y para eso no tendrá mejor herramienta que la llave de la Generalitat guardada en su bolsillo. Esa llave no será esta vez de Esquerra, sino del PSC. Montilla arranca la campaña con cara de chivo expiatorio, pero es un hombre de partido y hará lo que tenga que hacer. Por eso es candidato; Maragall jugaba sus propias bazas y ya no era fiable.
A la postre, la obsesión anti-PP se ha transformado en el eje real de la política española. Ya es triste que un candidato haya tenido que prometer ante notario que no dialogará con el partido apestado. Y, sobre todo, es triste que en la España del siglo XXI se pueda hablar con ETA, pero no con una fuerza que representa a casi la mitad de la nación.

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