No sé si habrán caído ustedes en la cuenta que las tres grandes broncas que ha habido hasta ahora en la precampaña electoral, que gracias a Dios ya ha acabado, han tenido como protagonista ineludible a la televisión, aparato caricaturizado por muchos como la caja tonta, pero cuyos encantos parecen irresistibles a las gentes de cualquier condición social y política.
Primero fue el anuncio a favor de las selecciones catalanas.Un spot televisivo cuya programación fue recurrida ante los tribunales por el joven partido Ciutadans, que consiguió que la jueza prohibiera su emisión. Una victoria jurídica que, si bien impidió que se continuara pasando el polémico anuncio por TV3, no pudo evitar que se bombardeara constantemente a los telespectadores con el contenido de ese mismo anuncio en diversos formatos, por ejemplo con imágenes de fondo del debate sobre la polémica creada.
Después vino el caos de las propuestas sobre los posibles debates a realizar en la televisión. No me negarán que los tiras y aflojas de cada formación, sus argumentos, se asemejan más a una partida de mus que a otra cosa. Con rostros impenetrables, los directores de campaña se lanzan continuamente envites: a dos, a cuatro, en catalán, en castellano y catalán, por una cadena estatal, por la autonómica y así sucesivamente en un carrusel de ofertas que a los que estamos de mirones nos suenan un poco a chino, qué quieren que les diga.
Servidor, a todo lo más que aspira, es a que haya los debates que sean necesarios para que podamos entender las diferencias entre unos y otros, para que veamos su capacidad dialéctica y de respuesta ante situaciones imprevistas. Debates y entrevistas en profundidad que equipos de periodistas realizasen a los candidatos, y no sólo a ellos ya que se supone que las candidaturas de un partido no son como la Santísima Trinidad, en que todo se resume en uno que es el líder indiscutible. Pero esta aspiración topa siempre con la aritmética partidista que es incapaz de montar adecuadamente el puzzle de los diversos intereses, como no sea que todas las piezas tengan el mismo color: el suyo, y por lo tanto de anteponer el interés general de una mejor información al suyo de una más eficaz propaganda.
Y, last but not least, nos hemos encontrado con el ConfidencialCAT, el famoso DVD de la factoría Madí, que ha levantado una polvareda previsible en un terreno en el que hace ya demasiado tiempo que se transita en el filo de lo políticamente lógico. El montaje audiovisual tiene en su concepción un pecado original: los autores no tienen los preceptivos derechos de imagen y han vulnerado al parecer derechos de periodistas y, quizás, de la propia TV3, que se queja de que se hayan utilizado sin permiso imágenes de sus servicios informativos. Aunque más allá de este incidente, se trata de un tipo de propaganda electoral usada en otros países de nuestro entorno, a la que también nos hemos acercado aquí en otras ocasiones.
Ignoro a estas alturas cuál será el desenlace de las reclamaciones sobre la distribución del ya famosísimo DVD, pero me temo que acabará teniendo una importancia marginal, porque la conclusión definitiva es que, ocurra lo que ocurra, tanto CiU como los partidos enzarzados en el debate sobre los debates de la campaña, como los autores del spot en favor de las selecciones deportivas catalanas, han logrado una repercusión mediática de sus propósitos seguramente muy superior a la que hubieran obtenido de otra manera. Y quizás ése fuera el objetivo a perseguir. La creciente inmediatez de los medios está haciendo que saquen cada vez más distancia a la velocidad de funcionamiento de la justicia, y todo el mundo busca aprovecharse de ese agujero. Además, para algo son los políticos los que otorgan las licencias de radio y televisión, ¿no?
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