EN UNA reciente investigación sobre la izquierda nacionalista, que publiqué hace cinco años, creo haber demostrado la lógica impecable que subyace, desde 1964, en la evolución de la UPG. Primero fue la unificación y articulación de la izquierda nacionalista proclive a la ruptura democrática; y después la creación del BNG (1982), que sirvió de cauce para la reconducción de la UPG hacia las formas políticas de la transición, hacia la aceptación de la autonomía, y hacia la unificación -entre el centro y la izquierda- de todo el nacionalismo gallego. También sostuve en aquella publicación que el artífice ideológico de la evolución de la UPG, entre 1972 y 1982, era y es Paco Rodríguez, al que Galicia le debe más de lo que solemos reconocer.
El liderazgo de Beiras fue, sin duda, el más relevante, ya que, haciendo un extraordinario desgaste de autoridad y dedicación, y un sacrificio impagable de sus brillantes expectativas personales, amplió las bases del BNG, unificó todo el nacionalismo en una amplia representación parlamentaria, y creó la alternativa de gobierno que hizo posible el relevo del PP y la experiencia de un cambio democrático que tanto necesitaba el país y sus paisanos.
El tercer hombre es Anxo Quintana, que, criado en los pechos ideológicos del beirismo, y obligado a romper con la tutela nutricia que mermaba su liderazgo, está encargado de convertir al BNG en un partido moderno, capaz de gobernarse y gobernar dentro de una compleja coalición de izquierdas, y obligado a realizar la síntesis entre las viejas camadas populares , que tanto añoran la estrategia de oposición, y los amplios electorados -reales o potenciales- que buscan un contrapunto democrático a la hegemonía del PP y un moderador imprescindible del centralismo casi enfermizo del PSOE.
Con este bagaje analítico que acabo de resumir, ya les dije hace tres semanas que la puntual derrota de Quintana en el consello nacional del BNG no era más que el comienzo de un proceso que sólo el propio Quintana puede ganar. Y por eso me alegra que los reputados estrategas de la UPG hayan aceptado el pasado sábado que la asamblea de diciembre será la última a la vieja usanza, antes de que un partido dotado de un liderazgo claro -con un portavoz nacional que reúna también las funciones del antiguo presidente del consello- afronte los difíciles retos que tiene el BNG antes de las elecciones del 2009.
No diré yo que existan hombres imprescindibles. Pero sí que hay coyunturas en las que sólo un líder puede evitar el colapso de un proyecto que está a punto de coronarse. Y ese hombre se llama, en este momento, Anxo Quintana, al que la brújula, por suerte para todos, le funciona perfectamente.

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