La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

16 Octubre 2006

El negro blanco, de David Torres en El Mundo

Almodóvar daría lo que fuese por filmar la biografía de Michael Jackson. Imagínense: un tipo que empieza por ser negro, luego se pinta de blanco, después se acuesta con niños y finalmente se viste de mujer (pamela y bolso incluidos), todo al tiempo que intenta que la nariz no se le caiga a cachos. Al lado de esta versión hardcore de Peter Pan travestido de Pinocho, el guión de Kika parece escrito por Jomeini. Ni el genio inefable de la Mancha, auxiliado por una intoxicación de centollos, podría parir semejante epopeya en blanco y negro. Pero es que la realidad se permite caprichos que el cine no soñaría ni en technicolor.

Si algún día quisiera poner sus recuerdos por escrito (cosa en verdad poco probable), Michael Jackson tendría que inaugurar un nuevo género biográfico. No sólo es que no tenga ni pajolera idea de lo que es o lo que quiere ser: es que tampoco se acuerda de que una vez, hace muchos años, fue negro. Que hubo un tiempo en que tenía la nariz ancha y era el menor de cinco hermanos en vez de un clon de Nuria Espert. Pero ha llegado a tal punto de descomposición molecular que ya no se acuerda ni de su padre. Para explicarse a sí mismo, más que unas memorias, necesitaría un Estatuto, que es el punto límite de la literatura experimental, la costa de la muerte que no se atrevió a rozar Joyce, lo más abstruso que las letras humanas han echado al mundo desde el Finnegan's Wake.

Como metáfora del ser posmoderno, Michael Jackson es un auténtico chollo. Pero si encima fuera español, la verdad, no tendría precio. Entonces sería posible estudiar su personalidad de acuerdo con los delirios esquizoides de este solar eterno donde nadie quiere ser lo que es ni lo que fue. Moros persiguiendo a cristianos, cristianos persiguiendo a judíos y a moros, judíos y moros escondiéndose bajo el disfraz de cristianos. Catalanes que no quieren ser españoles, vascos que tampoco y gallegos que ya veremos.

En este reino de la deconstrucción perpetua, Zapatero sonríe sin saber quién es, quién fue ni quién será. ¿Español o catalán? ¿Un negro que quiere ser blanco? ¿O viceversa? Un día llama a los senegaleses para recibirlos con los brazos abiertos y al siguiente los envía de vuelta a su país con una patada en el culo. ¿Un niño caprichoso? Decapita a la candidata de Madrid sin siquiera proveerse de una cabeza de recambio, o bien se sienta y se levanta al paso de las barras y estrellas según le dé el aire en la chola. ¿Una mujer con pamela? Para eso ha inventado la paridad ministerial, que es al feminismo lo que al racismo un autobús de Alabama: todas las mujeres que se sienten en los ministerios de atrás.

Para ser un negro auténtico, a Zapatero le pasa lo que a Michael Jackson. Que tenga cuidado o cualquier día se le cae la nariz a cachos.

© Mundinteractivos, S.A.

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