SI algo hay que agradecer a la campaña electoral, oficialmente recién inaugurada, es que ha huido de debates existencialistas. Nohay, de momento, invocaciones orteguianas a cómo conllevar el problema catalán, ni seminarios infinitos sobre si Ramon d´Abadal tenía o no razón cuando aseguró que la contrariedad irresuelta de este país no era saber desde cuándo éramos catalanes, sino desde cuándo somos españoles y qué clase de españoles somos. La dialéctica se ha centrado en las promesas, sólo perturbadas por una filmación. El irrepetible Adolfo Suárez elevó a una categoría mágica las ofrendas electorales, porque cuando acuñó aquel "puedo prometer y prometo" no concretó nada, aunque la mayoría le creyó con una sabiduría intuitiva. Pero el inconmensurable Julio Anguita se pegó tantos años hablando de programa que acabó trepanando nuestro maltrecho bulbo raquídeo. Tanto es así que, a estas alturas de la democracia, casi nadie se cree los compromisos electorales. Ese profundo escepticismo hacia lo que prometen los candidatos se extiende a ocho de cada diez electores. La historia se repite, una vez más. Hace más de 80 años, en las elecciones al Reichstag, los alemanes ya vivían similar descreimiento. En sus Crónicas berlinesas (Minúscula, 2006), el periodista Joseph Roth narró la campaña de mayo de 1924 como una secuencia de promesas exageradas a conciencia, de frases y metáforas que eran comprimidas en eslóganes atropellados. Y eso que la agitada República de Weimar en nada se parece a la Catalunya actual. Eso, al menos, deseamos.